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Uno de los personajes más emblemáticos de la cultura cubana, Elpidio Valdés, arriba a su cumpleaños número 45. Transcurrió casi medio siglo desde que el 14 de agosto de 1970 el semanario infantil Pionero publicara la historieta “Elpidio Valdés contra el Gun Market”, original del matancero Juan Padrón. 

No era, sin embargo, la primera concebida por Padrón con el protagonismo de ese mambisito que irrumpía con intrepidez. Había dibujado antes Elpidio Valdés contra los Ninyas, que se desarrollaba en Japón en torno a las andanzas del samurái Kashibashi.

En entrevista concedida a Cuba contemporánea, Juan Padrón revela a Luciano Castillo cómo se las ingenió para insertar nada menos que un mambí en pleno Medioevo nipón:

“Se me ocurrió que el personaje iría a las aventuras de otros personajes. Así, fue a Japón con Kashibashi, luego al planeta Marte con Talkitos Tars (Tars Tarkas, el amigo de John Carter, personaje de Edgar Rice Burroughs en la serie de novelas de Una princesa de Marte), y otros caracteres que, al final, no dibujé”.

Al rememorar el proceso de diseño de los rasgos de Elpidio, si tuvo variaciones o bocetos antes de que estuviera satisfecho, Padrón explica: “En esa época yo era muy desesperado y trabajaba a la prima, a la primera, así que lo dibujé, y como quedó así empezó. Luego, para los animados, tuve que variar el diseño para que no lo deformaran los animadores”.

Otra pregunta se impone cuando nos remontamos a los primeros, aunque nada vacilantes, pasos sobre el papel del insurrecto criollo:

—¿Cuál fue la primera historieta en que se independizó de la de Kashibashi y cobró vida propia Elpidio?

—Cuando en la trama de la historieta de Kashibashi apareció Elpidio, que era un personaje secundario, me gustó tanto que paré el trabajo y empecé de nuevo con Elpidio de protagonista y Kashibashi quedó de secundario. Nunca terminé aquella primera historieta de Kashibashi.

Pero los límites de una página semanal en el esperado Pionero pronto fueron insuficientes para las inquietudes de Juan Padrón, nacido en el valle de Guacamaro el 29 de enero de 1947.

Desde niño, allá en el batey del ingenio azucarero Carolina, en la provincia de Matanzas, a Juan Manuel y su hermano Ernesto les gustaba mucho contar cuentos, leer historietas, dibujar otras propias con guiones que inventaban a partir de lo aprendido en libros sobre cómo hacerlas escritos por el famoso dibujante español Emilio Freixas, filmar cortos en 8 mm, también sobre sus argumentos originales, y ver cuanto dibujo animado les era posible.

Su primo Jorge Pucheux, que trabajaba como asistente de cámara en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), invitó al joven Juan Padrón en una de sus incursiones a la capital a visitar el Departamento de Animación, fundado en 1960.

Juan, que nunca cursó estudios de dibujo, se sintió fascinado ante aquel mundo y en contacto con esos profesionales, entre ellos el australiano Harry Reade, aprendió ingeniosas soluciones y el uso de la tinta china. Ver cuadro a cuadro en una vieja moviola las películas producidas por Walt Disney le permitió detectar algunos errores que no descubrió en la gran pantalla al verlas una y otra vez. 

Padrón reconoce la influencia ejercida en él por el dibujante y animador catalán Juan José López, del que fue discípulo hasta finales de los años sesenta, y poco después la fraterna relación con el experimentado Tulio Raggi. Aunque no estaba seguro de cuándo ocurriría, era consciente de que, tarde o temprano, el personaje de Elpidio Valdés cobraría vida propia y saltaría machete en mano de las páginas de la historieta al celuloide.

“Siempre quise hacer animación -recuerda-. Logré entrar a colaborar en el ICAIC por la Unión de Pioneros de Cuba, haciendo primero unos cortos sobre asuntos y temas de pioneros, didácticos, etc. Elpidio llevaba casi tres años en el semanario Pionero y los niños lo conocían, así que presenté un guion titulado Una aventura de Elpidio Valdés, y se hizo en 1974.

“Pero la historia se repite: por problemas técnicos, salió primero la segunda película corta, Elpidio Valdés contra el tren militar. Luego se detuvo la producción para que los iluminados pudieran estudiar si el personaje convenía (o era veneno) para la infancia. No es broma, algún iluminado dijo que era un Super Ratón cubano, un asco, que se copiaba la manera de hacer de los animados americans. (Como ves, me gusta más usar american que estadounidense)”.

Elpidio Valdés, ¡felizmente!, derrotó con su intrépida carga de cubanía y con las tropas de admiradores que enseguida convocó, aquella resistencia inicial de ciertos funcionarios retrógrados. El rescate por el ingenioso mambí de su caballo Palmiche, capturado por los españoles, significó la incorporación de Juan Padrón al ICAIC y el inicio de una exitosa serie.

El intrépido personaje descarrilaría un tren militar; explicaría la transformación del machete de instrumento de trabajo del campesino cubano en arma de combate de los mambises; difundiría los distintos toques de corneta del Ejército Libertador; asaltaría un convoy con pertrechos de guerra; cumpliría en Nueva York la misión de organizar una expedición con armas para los insurrectos en la Isla; entrenaría a su inseparable potrico; burlaría el cerco de las tropas que pretendían atraparlo; derrotaría a los rayadillos colaboradores del ejército español y forzaría la trocha para llevar balas a sus compañeros de armas… 

Al cabo de cinco años de arrojadas acciones y divertidas peripecias, Elpidio Valdés (1979), realizado por Juan Padrón al precio de 30 000 dibujos y cerca de 500 fondos, devino el primer largometraje de animación en la historia del cine cubano. Apasionado por la historia, las investigaciones emprendidas en bibliotecas y museos de Cuba y España las reunió en El libro del mambí (1975).

Sin dejar de cabalgar en Palmiche, este personaje acogido en Cuba por todos prosiguió sus aventuras en dos cortos (Elpidio Valdés y el fusil y Elpidio Valdés contra la cañonera), hasta que en 1980, año en que realizó este título, a Padrón se le ocurrió la idea de desarrollar los Filminutos con chistes para adultos. 

Doce mil dibujos conformaron Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983), el segundo largometraje. Con el fin de no encasillarse ni repetirse, por no ser esa creación la única que por su innata ductilidad le interesaba, Padrón intercaló títulos como N’vula (1981) y ¡Viva papi! (1982). Abordó en estos otros temas con variadas gradaciones del humor y un estilo y ritmo inconfundibles, sin traicionar su principio de que “hacer una historieta es hacer cine y viceversa”. 

Le siguieron los no menos exitosos seis números de la serie Quinoscopios (1985-1987) sobre propuestas del humorista mendocino Joaquín Lavado (Quino) y el tercer largometraje de animación: ¡Vampiros en La Habana! (1985), devenido filme de culto en todo el mundo.

En un momento en que llegó al agotamiento por tanto trabajar sobre las ocurrencias de este mambí, Juan Padrón recurrió entonces a dos veteranos compinches, Tulio Raggi y Mario Rivas, para en compañía de ellos continuarlas en casi una decena de cortometrajes entre 1988 y 1991, en los que Elpidio Valdés ataca a Jutía Dulce, es capturado, desafía al 5to. de Cazadores, emprende la campaña de verano, se ve involucrado nada menos que con la abuelita de Weyler, arremete junto a Palmiche contra los lanceros… y se casa con María Silvia. 

Más se perdió en Cuba (1995), serie televisiva de seis capítulos coproducidos con España, prosiguió las aventuras de Elpidio Valdés, inmerso ahora en el complejo período de la guerra hispano-cubano-norteamericana. Fue sintetizada para su exhibición en los cines cubanos como Contra el águila y el león (1996). En los albores del nuevo siglo, el creador no vaciló en dejarlo al cuidado de Tulio Raggi, quien en solitario realizó dos cortos: Elpidio Valdés contra el fortín de hierro y Elpidio Valdés se enfrenta a Resóplez.

Todo indicaba que Elpidio Valdés ataca Trancalapuerta (2003), tres décadas después de su aparición en Pionero, había marcado la despedida de Juan Padrón del personaje con su “¡Eso habría que verlo, compay!”. 

Los espectadores cubanos no queríamos admitirlo, y si por tanto tiempo le insistieron en la secuela de la saga de los bebedores de Vampisol hasta que concibió Más vampiros en La Habana (2003), ahora retorna, para dotar de vida, con nuevas tecnologías aunque sin el encanto de los innumerables dibujos, 45 años después, para celebrar su cumpleaños en Elpidio Valdés ordena Misión Especial. Si hay vampiros para rato, Elpidio Valdés también vuelve a la carga, ¡y de qué manera!, porque llegó para quedarse.