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Por Mercedes Rodríguez García

 

Por el ímpetu y bravura con que enfrentaron al enemigo —salvando la distancia de 83 años que los separan en el tiempo—, dos hombres nacidos el mismo día adquieren en la historia aureola de estrategas militares, combatientes por excelencia y jefes de elevado prestigio. Hoy, sus recuerdos alcanzan «luces propias» y se erigen como ejemplo por la contundente dignidad de sus acciones.

Me refiero al general Antonio Maceo y Grajales y al comandante Ernesto Guevara de la Serna. Sobre el primero dijo el segundo en un memorable discurso por el ani­versario 66 de la caída del Titán de Bronce: «Fue uno de los tres grandes pilares en que se asentó todo el esfuerzo de liberación de nuestro pueblo». Aquel 7 de diciembre de 1962 no se hablaba aún del Guerrillero Heroico en que se convertiría un lustro después.

Pero eso sí, ante aquel pueblo fervoroso reunido en el Cacahual, se alzaba la voz del siempre rebelde Che Guevara, del querido, admirado y carismático argentino en funciones de gobierno, al que todos respetaban porque nadie le superaba en ejercer con firmeza y disciplina el mando. Habría que haberlo visto y oído entonces para percibir que hablaba con la Revolución bien metida en la cabeza y repleto el corazón de huellas, semillas y caminos de luchas maravillosas y muertes heroicas.

Parecía como si el Comandante hubiera sido el General Antonio, redimensionado ahora el rumbo com­­pleto de su vida, «el sentido del sacrificio para la liberación definitiva del pueblo», las fuerzas más importantes, las expresiones más altas de la Revolución de aquella época. Como Maceo, él también acudió a la lucha ardiente en que se debe arrebatar por la fuerza la libertad y no mendigar derechos.

Por eso el Che se sentía útil. Porque el hombre más útil y más real es el que mejor sabe ocupar el lugar que debe, el que le correspondía en ese momento histórico de construcción del socialismo en Cu­ba. La maravillosa isla caribeña, que empezaba una nueva etapa de la historia de América. Esa misma América Latina de las venas abiertas por la que más tarde él entraría y quedaría: eterno.

Por eso el Che quiso hablar del Maceo de la Invasión. Del hombrísimo mulato que cruzó la Isla de una punta a otra y llevó el fuego revolucionario a provincias que no lo habían conocido en la anterior etapa de la guerra de liberación. Misión semejante le había encomendado Fidel, 63 años después, ya librados memorables combates en el Oriente cubano, y puesto a prueba el valor y la firmeza del rebelde argentino. Y para ello, como él mismo dijera del Mayor General del Ejército Libertador «se necesitaba un inmenso poder de organización, una inmensa fe en la victoria y en la capacidad de lucha de sus hombres, y un poder de mando extraordinario para ejercerlo día a día, durante años de lucha, en condiciones extremadamente difíciles...»

No era su discurso copiado ni dictado, ni frío ni distante, ni opor­tunista ni calculado. El bronce del Titán ya venía siendo bronce en Gue­rrillero, y en el crisol de su pecho fundíase la misma fe encendida en el porvenir de todo lo noble de la Humanidad, de cada una de las frases de Maceo, a quien catalogó como ejemplo de un revolucionario que lucha por la liberación de su país.

No repitió ni citó hasta el cansancio tanto de pensamiento que tenía Maceo, y a él lo unía. Solo estimó oportuna «esa frase que está inscripta al costado del Monumento: “Quien intente apoderarse de Cu­ba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”».

El Titán le iba por dentro. Cuba también. Y Cuba se había comportado a la altura de Maceo en ese mismo año de 1962 cuando se de sencadenó la denominada Crisis de Octubre. Ni la amenaza de una intervención militar directa de los Estados Unidos la atemorizó. Ni un posible ataque nuclear la amilanó.

Por eso las palabras del Titán le resonaban tan hondo. «Porque todas las frases de Antonio Maceo, de Martí o de Gómez, son aplicables hoy en esta etapa de la lucha contra el imperialismo, porque toda su vida y toda su obra, y el final de su vida, no es nada más que un jalón que marca el mismo largo camino de liberación de los pueblos».

Habría que haberlo visto y oído para imaginar al Che en su discurso, ni luengo ni premioso. Suelto, sí, de admiración, anhelos y deberes. Vuelto ya al camino con su adarga al brazo, tocado él mismo por las estrellas que conquistó el Titán a punta y filo de machete.

Juntos deben habitar dirigiéndose miradas y saludos, signados más que por una coincidencia histórica, por el final de sus vidas, «por ese mismo jalón que marca el mismo largo camino de liberación de los pueblos». Regando en sus palabras todo el bronce del universo. Dándoles pavor a los poderosos. Tejiendo con hilos de amor la Patria Grande, que es la humanidad toda.

Nota:

Los entrecomillados pertenecen al discurso pronunciado por el comandante Ernesto Guevara en el acto por el ani­versario 66 de la caída del Titán de Bronce, efectuado en el Cacahual el 7 de diciembre de 1962. (Ernesto Che Gue­vara. Escritos y discursos, Tomo 6, Editorial Ciencias Sociales, 1977)