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Cuba y Estados Unidos, Raúl Castro y Barack Obama, fueron el centro de la Cumbre de las Américas. En términos cinematográficos, aportaron interés previo —teasers incluidos— y una línea argumental definida al encuentro hemisférico, y aun cuando no hubo el gran anuncio, el gran paso adelante que se esperaba, mucho —e importante— ocurrió. 

Por encima de temas candentes y de rutina que estaban en la mesa de la séptima Cumbre de las Américas, desde varias semanas antes era aguardado en medios políticos y de prensa el encuentro de los dos mandatarios, envuelto en el suspenso por el posible retiro de Cuba de la Lista de estados patrocinadores del terrorismo y anticipado por la conversación telefónica que sostuvieron ambos el miércoles y el largo diálogo (más de dos horas) entre el canciller Bruno Rodríguez y el secretario de Estado John Kerry el jueves en Panamá. 

¿Hubo algún avance en la capital panameña o todo siguió como antes? 

Desde finales de la década de 1950 no había un encuentro formal entre presidentes de Cuba y Estados Unidos. Si se atiende al discurso del mandatario cubano en la reunión (el detallado recorrido por la política y los actos anticubanos de diez administraciones estadounidenses, del que excluyó a la de Obama, a quien consideró un hombre honesto), a los varios apretones de manos y lo hablado por ambos, se pudiera concluir que Panamá fue el segundo paso estratégico luego del anuncio del 19D. Un paso de consolidación. En el istmo, Raúl y Obama refrendaron lo hecho hasta ahora y coincidieron en que sus equipos negociadores sigan adelante. 

“¿Cuántos presidentes hemos tenido? Diez antes que él, todos tienen deuda con nosotros, menos el presidente Obama”, dijo el mandatario cubano. A su turno, Obama afirmó que EE.UU. “no será prisionero del pasado” con Cuba ni con la región, y se mostró  convencido de que si continúa el diálogo bilateral habrá progresos pese a las “diferencias”. “No estoy interesado en disputas que, francamente, empezaron antes de que yo naciera”, dijo. 

El mandatario cubano reiteró a Obama la disposición de Cuba al “diálogo respetuoso y a la convivencia civilizada” con Estados Unidos “dentro de nuestras profundas diferencias”. Más tarde, en su histórico encuentro en un salón del centro de convenciones que acogió la Cumbre, Obama señaló que “estamos en condiciones de avanzar en el camino hacia el futuro (…) Con el tiempo es posible que podamos pasar página y desarrollar una nueva relación entre nuestros dos países (...) En algunas cosas estaremos de acuerdo y en otras no”. 

“Puede ser que nos convenzamos de algunas cosas, pero de otras no (...) Tenemos muchas diferencias y una historia compleja, pero estamos dispuestos a avanzar en las reuniones para establecer relaciones diplomáticas. Lo fundamental es que estamos dispuestos a discutir de todo, incluso sobre derechos humanos y libertad de prensa. De esas y de otras cuestiones, de Cuba y también de Estados Unidos”, indicó por su parte Raúl Castro e insistió en que deberá hacerse con “paciencia”. 

Al igual que otros países hallaron fórmulas para zanjar diferendos o brechas en sus relaciones, Cuba y Estados Unidos parecen apostar en esta nueva fase por “el acuerdo sobre el desacuerdo” y la voluntad de reconstruir los vínculos pese a las diferencias y a todos los “ruidos” que rodean el proceso. Relación civilizada, basada en el respeto mutuo —han aclarado ambas partes—, cimentada en el convencimiento de que otro rumbo sería irracional en esta época. 

Poco después de su encuentro el sábado con el presidente cubano, el jefe de la Casa Blanca dijo a reporteros que “la Guerra fría ha terminado… Cuba no es una amenaza para los Estados Unidos”. Algo más tarde, tras arribar a Washington y ya bajo fuego republicano por su encuentro y apretón de manos con Castro, Obama “reincidió” al declarar que su conversación con Raúl fue “franca y fructífera”. 

El domingo -una vez más defendiendo la nueva política del presidente-, el secretario de Estado Kerry recalcó a ABC que Obama “ha decidido valientemente cambiar una política que no ha funcionado” y calificó de “buena” su reunión con el canciller cubano, subrayando que habrá “un proceso de transformación”. 

Kerry confirmó, además, que Obama decidirá en “los próximos días” si se retira a Cuba de la Lista de estados patrocinadores del terrorismo, en la que ha sido incluida desde 1982. Según dijeron funcionarios de la administración a CNN la pasada semana, el Departamento de Estado ha recomendado excluir a la Isla. 

Una vez emitido el presumible visto bueno del mandatario a la retirada de Cuba de esa lista, estaría más libre de obstáculos el camino para la reapertura de embajadas en Washington y La Habana y el restablecimiento de relaciones diplomáticas, un hito que implica un peldaño superior en el diálogo y la institucionalidad bilaterales y que sin dudas generará —tal vez a un ritmo más rápido— nuevos desarrollos. 

Ese paso, además, podría destrabar para Cuba ciertos cerrojos que obstaculizan sus relaciones y operaciones financieras internacionales, e incluso desbrozar reticencias de países e inversionistas cuando la Isla necesita unos 2 500 millones de dólares anuales en IED para concretar sus perspectivas y urgencias de crecimiento económico. 

Todo esto era impensable el 16 de diciembre de 2014 y una quimera en diciembre de 2013, cuando aquel saludo breve entre Raúl Castro y Barack Obama en los funerales de Mandela generó reacciones e hipótesis de todo tipo en momentos en que avanzaba ya el hermético proceso de acercamiento que desembocó en el anuncio del 17 de diciembre. Desde esa fecha, ya conocida como 17D, han pasado menos de cuatro meses. 

En ese corto espacio de tiempo hemos visto a delegaciones -presididas por mujeres- celebrar tres rondas de conversaciones para el restablecimiento de relaciones diplomáticas; otra ronda sobre derechos humanos; contactos en áreas como la de telecomunicaciones; el encuentro entre los responsables de Relaciones Exteriores y los presidentes, y los cambios al régimen de restricciones emitidos a mediados de enero por el Departamento del Tesoro. 

Hemos sabido sobre el restablecimiento de la comunicación telefónica directa; empresas que han iniciado aperturas hacia Cuba como Mastercard o Airbnb —en este caso, con innovaciones que sortean los obstáculos vigentes—, y muchas otras que han expresado interés en hacerlo; delegaciones legislativas y empresariales estadounidenses de alto nivel visitando La Habana, mientras en Estados Unidos se analizan las oportunidades que ofrece el país caribeño en foros como la reciente Cuba Opportunity Summit, en Nueva York. 

En esa cita, según CNN, Frank Del Rio, CEO de Norwegian Cruise Lines, uno de los pesos pesados del sector de cruceros, dijo que “Cuba presenta probablemente la mayor oportunidad —fuera de China— para hacer crecer nuestra industria”. 

Alana Tummino, director de política en la entidad empresarial Council of the Americas, consideró que el retiro de Cuba de la Lista de estados patrocinadores del terrorismo “será el primer paso en una serie de pasos que harán que sea más fácil para las empresas estadounidenses hacer negocios allí”. 

El interés va más allá de Estados Unidos, y alcanza a la Unión Europea -que no quiere quedarse atrás y pone mayor acento en sus conversaciones con Cuba mientras llegan a la Isla o se anuncian visitas de alto nivel-, e incluso a países tan lejanos como Japón y Australia, que aprecian un entorno más confiable para los negocios en el actual escenario. 

Se mueve el proceso entre Cuba y Estados Unidos, aunque quizá no tan rápido como se esperaba tras el 17D, y de paso se refleja en las relaciones de la Isla con el resto del mundo. En Panamá, los presidentes de los dos países acaban de doblar la apuesta. Un movimiento pragmático al que deben seguir otros -con el apoyo mayoritario de cubanos, cubanoamericanos y estadounidenses, según encuestas en los dos países- en un entorno no exento de obstáculos. 

(Fuente: CC / Darío Carrazana)