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Para Ulises Toirac reír es una cosa muy seria. No es para menos, pues más de 30 años de su vida los ha dedicado al humorismo, y aunque últimamente no se le ve en la pequeña pantalla cubana, sin dudas su rostro es uno de los más queridos y reconocidos de ese arte en el país.

Su físico bastante peculiar ha dado vida a disímiles personajes que le han secuestrado el nombre, al punto de que quizás algunos no lo reconozcan por Ulises Toirac, pero nadie duda cuando le hablan del entrañable guajiro Matute o el pícaro ladronzuelo Chivichana.

Como muchos de los cómicos cubanos, Ulises posee una simpatía natural que no nace de una formación actoral profesional, sino de esa gracia criolla que nos destaca en el mundo como una de las tierras más alegres y sonrientes, esa por la cual el propio artista ha afirmado muchas veces que en Cuba “si se le da una patada a una piedra salen 20 humoristas”.

Exhibe el orgullo de ser parte de una generación pródiga, la que en los años 80 del siglo XX se formó en diversas universidades y desde el movimiento de artistas aficionados posicionó nombres de grupos como La leña del humor, Nos y otros, La seña del humor y Onondivepa, este último dirigido por el propio Toirac.

Su más reciente espectáculo, ¿Ya chequeaste a los niños?, lo llevó recientemente a la ciudad de Camagüey, donde la colega Lianet Leandro López lo entrevistó para Cuba Contemporánea.

—Desde hace un tiempo no se le ve mucho en Cuba. ¿En qué y dónde está trabajando Ulises Toirac?

—Últimamente me he dedicado mucho al teatro, el medio donde trabajé incluso antes de hacer televisión, y que me gusta muchísimo pues me permite decir lo que yo quiero de la forma en que quiero. Hace tres años estrené un espectáculo que llevé a Estados Unidos como parte del intercambio cultural, y el año pasado concebí ¿Ya chequeaste a los niños?, que se estrenó en La Habana y ahora estoy tratando de llevarlo a varias provincias para que lo disfrute una mayor cantidad de personas. A la vez trabajo en otros proyectos, como una función especial de Sabadazo que se hizo en 2014 también en Estados Unidos, y que según tengo entendido se va a repetir en 2015. Fue una experiencia muy linda porque el público estaba ávido de ver aquella función.

—Sabadazo fue un programa de alto rating a principios de los 90 del siglo XX en la televisión cubana. ¿Por qué cree que todavía genera esa nostalgia tanto dentro de Cuba como en la emigración?

—El problema con Sabadazo es que la última oleada migratoria cubana hacia el norte del continente, fundamentalmente, fue en 1994, y en esa fecha el programa estaba en el pináculo de la fama. Esas personas tienen recuerdos muy bonitos del programa y fue muy especial para mí pues mucha gente me identifica con Cuba, con su barrio. En marzo o abril debo presentarme por tercera vez en Estados Unidos, con esa función especial, y además para estrenar allá el unipersonal ¿Ya chequeaste a los niños?

—Ya sabemos que los cubanos en ese país lo reciben con gratitud y alborozo. Y otros públicos, el nativo y de otras latitudes residentes allí, ¿cómo se conectan con el humor cubano?

—Miami, donde han ocurrido mis presentaciones hasta ahora, es fundamentalmente una ciudad de emigración latinoamericana y es muy difícil ver al propio nativo estadounidense allí. Sí se mezclan muchas nacionalidades y es muy interesante para los artistas, porque de pronto te ves actuando delante de un público muy diverso y cuyos espectadores no dominan los códigos por igual.

«El humor es algo muy específico de los países, pues se nutre de cosas particulares de cada uno, y al trabajar para un público de esa composición se deben buscar mecanismos que lo universalicen y a la vez permitan que te conozcan en varias culturas. Así, mucha gente me busca en Internet y de otras nacionalidades me contactan, y eso es muy bueno, porque te promociona en otras partes del planeta».

—El intercambio cultural sostenido entre Cuba y Estados Unidos desde hace algunos años fue sin dudas un preámbulo del acercamiento actual entre ambas naciones, en pos de restablecer sus relaciones diplomáticas y en otros ámbitos. ¿Cuánto pueden haber contribuido los artistas con su trabajo a esa aproximación?

—Tenemos muchas razones para entendernos, desde la proximidad geográfica hasta la cultural. Los artistas somos una especie de vanguardia en este acercamiento para empezar a dialogar y enseñarle a los públicos a coexistir. Por eso ya cada vez es menos frecuente ver que a un artista cubano le hagan un acto de repudio cuando actúa allá, y cada vez hay más interesados en actuar aquí, sobre todo norteamericanos. Es una lástima que más artistas cubanoamericanos no quieran venir a Cuba por varias razones, allí hay mucha tela por donde cortar. Creo que nuestro trabajo enseña a las personas a apreciarse y respetarse mutuamente, y el hecho de que los artistas nos estemos moviendo entre una y otra orilla facilita otras interacciones que vendrán después. Podemos decir que somos la vanguardia, los embajadores de esa coexistencia.

—La televisión en Cuba es el medio que más público reúne, y aunque su presencia fue habitual durante mucho tiempo, ya no se le ve allí. ¿Por qué?

—Desde el punto de vista organizativo, la televisión actualmente tiene muchos problemas para brindar un producto final de calidad, y es una de las razones por las que no trabajo ahora en ese espacio. Si bien la de Cuba es una de las que más arte tiene en el mundo, la organización de esa industria atraviesa dificultades como la indisciplina laboral y las consabidas carencias, y es muy difícil hacer un programa donde uno actúa, escribe, dirige y tiene una serie de responsabilidades. Yo creo que di un servicio bastante largo y estoy contento de haber trabajado en tres programas de gran rating como Sabadazo¿Y tú de qué te ríes? y ¿Jura decir la verdad? Por supuesto, si cambiaran las condiciones me encantaría volver porque la televisión es una de las cosas que más amo.

—Fuera de la pantalla, la presencia de los humoristas cubanos también se hace fuerte en teatros de todo el país y otras instalaciones. ¿Eso significa que tenemos un humor saludable en Cuba?

—En esa presencia que a través de giras ha permitido el intercambio entre los artistas y públicos de todas partes está, sin lugar a dudas, la encomiable labor del Centro Promotor del Humor, al cual no pertenezco, pero que ha logrado una unidad sin precedentes para esa manifestación como movimiento artístico.

“Sin embargo, a la par de ese sano desarrollo hay un problema muy grave y es que se ha tergiversado la función del humor como arte. Hay personas que han llegado al humor no por una necesidad expresiva artística sino económica. No es lo mismo ser simpático y ganar dinero que tener algo que decir, ser simpático y tratar de proyectarlo en el trabajo. En ese sentido, la balanza se ha inclinado más hacia esas personas que quieren vivir de su simpatía.

“No tengo nada en contra de quien gane su sustento haciendo chistes en cabarés, pero debe haber un balance para que la gente pueda escoger, aun cuando las propias dificultades económicas y sus consecuencias en los sistemas de valores condicionen que también los públicos opten por la risa fácil, más allá del humor inteligente enarbolado por muchos de esos artistas que se formaron a partir de los años 80. Por eso parafraseo y sostengo la máxima de “dime de qué te ríes y te diré quién eres”.

—A Ulises Toirac se le identifica por su físico tan particular. ¿Nunca ha sentido miedo de emplear su rostro en función del ridículo?

—En el humor hay una dosis muy grande de ridículo, todos los humoristas lo emplean y caen en eso. Miras cualquier película de Charles Chaplin y su personaje queda constantemente en ridículo, porque de cierta manera el espectador se desnuda a  través de él. Uno desarma a la gente a través del ridículo, y yo lo uso mucho, cuando quiero que el público rinda sus armas lo utilizo e inmediatamente la gente acoge lo que le estoy diciendo. Para mí es muy fácil, no solo por el físico, sino también porque domino las herramientas para hacerlo.

—Por último, una pregunta cliché si de entrevistas a humoristas se trata. ¿Es cierto que es más difícil hacer reír que hacer llorar?

—Eso lo dicen los que hacen llorar. A mí me es muy fácil hacer reír a la gente. El lío es hacerlo con algo que yo quiero decir, ahí la cosa se complica un poco más porque entonces hay que buscar la forma de decir lo que quieres sin que en el público se ericen o se pongan bravos, porque les toca de cerca, y lo acepten de buen grado. Nunca he podido hacer llorar a nadie, ni creo que pueda.