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Justo cuando pensábamos que el mito detrás de la figura de Julián del Casal había sido develado muchos años atrás y que ningún otro aspecto de interés podría aparecer en este siglo XXI, en una falsa pared de la casa de Carmela del Casal aparecieron 1 672 documentos manuscritos por el autor de Hojas al viento.

Los documentos fueron entregados al Consejo Nacional de Patrimonio por uno de sus familiares, para luego ser donados a la Biblioteca Nacional José Martí en enero de 2008, fecha en la cual se creó el Fondo Casal en la institución.

Los manuscritos —dispuestos para los usuarios e investigadores recientemente— contienen 1 092 cartas inéditas enviadas o recibidas en su mayoría por el poeta, las cuales verán la luz en fecha próxima bajo el sello de Ediciones Boloña.

En la edición de este epistolario trabaja el profesor e investigador de la Facultad de Artes y Letras Leonardo Sarría, quien desde hace un tiempo estudia la literatura del siglo XIX y que, además, ha realizado un minucioso estudio sobre la correspondencia casaliana hasta el momento desconocida.

“Se trata, sobre todo, de cartas que Casal recibió entre 1890 y 1893 de parte de grandes escritores, intelectuales y artistas de la época”, comenta Sarría a Cuba Contemporánea, “aunque también se reúnen las misivas que el escritor le enviara a su hermana Carmela del Casal y a su cuñado Manuel Peláez”.

En estas cartas familiares —sostiene el investigador—, se nos revela otro Casal, “aquel que le dice a su hermana que 'estaba arranca´o', una expresión que nadie pondría en boca de uno de los poetas más exquisitos de la literatura cubana.

Nos encontramos con un Casal familiar, quien en todo momento le miente a Carmela sobre su viaje a Yaguajay —donde se había radicado la familia Peláez Casal—, utilizando como pretextos los trabajos de impresión de su último libro y las recomendaciones facultativas de los médicos.

Además, nos iluminan el proceso de su enfermedad, sus recaídas y pensamientos en torno a este tema; aspectos que desde el punto de vista crítico literario apenas tienen interés, pero que desde una mirada biográfica develan una personalidad aún bastante inexplorada”.

También resaltan en el compendio las siete cartas inéditas del poeta nicaragüense Rubén Darío, donde se dejan entrever las conexiones entre Casal y la mayoría de los escritores de finales del siglo XIX cubano y otros intelectuales centroamericanos. Asimismo, “muy interesante resulta el interés de Darío por la publicación del libro de Manuel de la Cruz, Cromitos cubanos (1892)”.

Las cuatro epístolas del pintor francés Gustave Moreau en respuesta a las 12 cartas enviadas por Julián del Casal “completan los silencios de esta comunicación. Como se sabe —explica Sarría—, Casal sentía idolatría por el pintor, tanto así que en su poemario Nieve incluye una sección que se titula ‘Mi museo ideal’, donde escribe diez sonetos inspirados en diez cuadros de Moreau, a quien finalmente le envía los textos”.

“Si bien las correspondencia de Casal a Moreau había sido publicada en 1972 en la Revista Hispánica Moderna por Robert Jay Glickman, nunca se había conocido la respuesta del artista francés, quien envía cartas más prudentes, un poco distantes. Pero donde se destaca una idea fundamental: la pertenencia a una comunidad espiritual por encima de las diferencias geográficas o nacionales. Tema que se reitera en la epístola de Joris Karl Huysmans”.

De esta manera, también se incluye una amplísima correspondencia con Eduardo Rosell y Malpica, gran amigo del poeta modernista; cartas que revelan las lecturas compartidas y los libros que van y vienen, sobre todo de Nueva Orleáns a La Habana. Y, por supuesto, otras misivas con intelectuales y escritores cubanos como Bonifacio Byrne y Enrique José Varona.