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7:41:13 a.m.

Por Amado del Pino

Cada vez que leo una nota o comentario sobre la inminente celebración en Cuba de la Feria del Libro, me detengo en el nombre de Raúl Ferrer. Un par de veces me he dicho: “bueno, es todo un centenario lo que se celebra, pero ya he escrito alguna vez sobre él”.

Lo que pasa es que quisiera que fuera literal lo que enuncio en público y que el simpático maestro de escuela, el dinámico promotor cultural, el buen poeta Ferrer hubiese llegado de verdad a los cien años y acompañara a los lectores con sus anécdotas y su carisma. Casi nunca ocurre. Cuando el centenario del importante escritor español Francisco Ayala —que sí llegó vivo y lúcido al festejo— le comentaba medio en broma a Tania: “eso sí es negocio, participar de la propia fiesta, estar en el banquete del centenario”.

Raúl Ferrer fue uno de los primeros poetas de que tuve noticia. Mi padre era como él maestro de escuela, y se habían conocido fugazmente. A mi viejo

—hombre y trabajador de a pie— no es que le tentara retomar aquella relación para darse importancia y menos para algo práctico.

Lo del leve trato personal era una anécdota que daba paso a la admiración por los versos de Ferrer, especialmente por el clásico “Romance de la niña mala”.

Mi única hermana lo declamó muchas veces ante la presentación de su maestro que —me cuentan a mí que llegué después—, tras indicar que recitaría la alumna Martha del Pino, mascullaba orgulloso entre dientes “que es mi hija”.

Con ese romance crecimos y las —afortunadamente varias— veces en que he escuchado la espléndida versión de Pedro Luis Ferrer ha sido con la letra en los labios, mientras gozo de la robustez de la guitarra y la entrega del cantor que es además sobrino (y en buena medida también alumno) del poeta.

En uno de los recitales de Pedro —recuerdo si público o de aquella época en que formé parte de un precioso grupo de amigos para los que cantó en la casa de Dulce, Cristiana y José A. Évora— el trovador citó una obra poco conocida de su tío. Se trata de “Las décimas en Guaracabuya”. Y la anécdota que trajo a colación los versos no tiene desperdicio.

Según Pedro Luis, el tren atravesaba la preciosa zona y un viajero le pidió al poeta que no se centrara tanto en lo social o cívico y elogiara la belleza del paisaje. Al final, Raúl improvisó una cuarteta en la que da vuelta al tema y hace rimar el nombre del lugar con “la bulla” que se formaría en el cuartel por su insistencia en defender –allá por la década del 40 del pasado siglo– a los más desamparados.

Como poeta es breve pero con zonas luminosas la obra de Ferrer. Espero que esta Feria y sus cien años sirvan de pretexto para que se estudie con mayor esmero.

Ahí también me asaltan las visiones personales. En los años de mi servicio social —década de los años 80 del siglo XX; pelo negro, fervor— pocas cosas me gustaban tanto como escuchar al trovador camagüeyano Miguelito Escalona. Hombre de voz poderosa y afinada sensibilidad, dejó entre poco y nada grabado. Pertenecía Miguel —a pesar del buen nivel de sus canciones y de que también tuvo una etapa intensa como profesional— a la estirpe de los viejos cantores de bar, casa, tertulia.

A la altura casi siempre del mismo ron, le pedía a Miguelito que nos regalara su formidable versión de un soneto de Raúl Ferrer. Hace ya bastante que murió Escalona y en otro texto he dicho que nunca ha venido a visitarme en sueños a la manera de aquel amigo que evoca el gran poeta José Martí. Insisto en que si alguna vez lo hace, le reclamaré de nuevo la canción que —desde la probable pero dulce imprecisión de mi memoria— comienza: “con la mirada te estoy haciendo / lo que no puede mi mano hacerte”.

(Fuente: CC)