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¿Lagunas económicas? para cocodrilos

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6:54:37 a.m.

Unos po­cos kilómetros al sur de Manzanillo, a ciudad oriental de Cuba, la fauna continental tiene una joya exquisita por lo que allí ha logrado la mano del hombre en defensa del equilibrio natural.

Parece un pedazo virgen del vasto Delta del Cauto, arrancado de allá y traído aquí; porque tanto cocodrilo junto de la especie Acutus ya no es posible verlo en su medio originario, a no ser aquella zona en que sale al mar el río más largo de Cuba, asiento de la mayor población de este tipo de reptil en todo el orbe.

De esta especie, Manzanillo tiene el criadero más grande del país —de los nueve que existen, sin contar los otros dos del Rombífer, endémico de Zapata—, con más de nueve mil ejemplares que ocupan hoy los estanques enormes y los corrales de desarrollo, atendidos por medio centenar de hombres temerarios.

Al cabo de 23 años la rutina diaria se repite en el lugar, con peligros y todo; sin embargo, ayudar a reproducir la vida de un modo artificial no ha cansado a su gente, o por lo menos no de la manera en que sí los tiene preocupados la incertidumbre y la inercia sobre el futuro y la sostenibilidad del centro.

“Adscrito al Programa de Cocodrilos —que administra la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna—, el criadero tiene como objetivo esencial la reproducción de la especie Acutus, a fin de reintroducirla en las áreas donde antes existieron o sus poblaciones se encuentren diezmadas”, explicó a Granma Gabriel Cisneros, biólogo especialista de la unidad empresarial de base (UEB) Guacanayabo.

Con tal propósito empezó en 1991 el fomento de la finca cocodrilera enclavada en el Refugio de Fauna Humedales de Manzanillo, que en materia de conservación y reproducción, hoy supera las expectativas iniciales de los gestores que trasladaron allí dos envíos de animales desde la Ciénaga de Birama, en la desembocadura del Cauto.

“Desde entonces, la masa creció sostenidamente hasta llegar a la población actual de 9 311 ejemplares, de los cuales, excepto los 371 reproductores originales (70 machos y 301 hembras), todos nacieron en el centro”, acota Mario Pérez, biólogo de la unidad.

“Lo más descollante son los índices de natalidad (67 %) y supervivencia (85 %) obtenidos aquí, superiores a la media universal de los criaderos, y por supuesto, a los precarios números de la reproducción en ambiente natural,” asevera.

El manejo comienza en la colecta de huevos, una operación de altísimo peligro que realizan entre cinco hombres: tres para inmovilizar la cocodrila con varas y lazos, y dos especialistas (biólogo y médico) para descubrir y recolectar los huevos en la tierra (22 por nido, aproximadamente).

“Estamos hablando de estanques minados de reproductores que llegan a superar incluso los cuatro metros de largo y son capaces de alcanzar altas velocidades en tramos cortos. Por eso el cuidado extremo y el diseño de las cercas bajas, para saltar en caso de peligro”, subraya Mario.

“Los huevos se llevan a la incubadora para garantizar un óptimo desarrollo embrionario. Los pequeños nacen entre 70 y 85 días. Luego pasan a la sala de inicio hasta vencer un año de vida —el periodo crítico de la supervivencia—, con alimentación diaria y una reorganización por tallas cada tres meses, a fin de evitar la competencia.

“Una vez en los corrales consolidan su desarrollo por etapas. Ahora disponen de un techado traslúcido que regula el calor, sobre todo en el invierno, para mantenerlo cerca de los 22 grados óptimos para el crecimiento y la obtención de tallas de hasta 60 centímetros en el primer año. Con eso garantizan supervivencia, aptitud reproductiva y adaptación al medio natural.

“Al cabo de 23 años —concluye el biólogo— los reproductores son los mismos del inicio y están en plena madurez sexual, pero ninguno de los nacidos aquí todavía alcanza esa condición, aunque por la talla hay una mayoría apta para la comercialización…, la soñada comercialización”.

Comercialización. Esa es la palabra clave para el futuro sostenible de una inversión de 23 años que aún no ha podido pagarse con su propio potencial —existente y bien criado—, y hoy está a la espera de decisiones empresariales con más apego a la lógica económica.

¿Qué hacer con tanto cocodrilo si no hay una salida sostenible, si a pesar de las buenas ideas, estas se han quedado en la intención?

“Los proyectos de la biología requieren plazos largos y altos costos financieros, más cuando el objetivo es la conservación de la especie”, defiende Cisneros. “A estas alturas es que el criadero ha logrado condiciones para pensar en generar ganancias económicas”.

Ya quedó demostrado lo extraordinario y loable que ha resultado allí el principio fundacional de abrir el criadero, en primer lugar, para la conservación del fondo genético de la especie —cumplida con creces— y la repoblación de ecosistemas diezmados; sin embargo, no está de más la pregunta: ¿dónde queda la aspiración económica de un recinto con visibles reservas para pasar algún día de unidad presupuestada a entidad autofinanciada?

Reconforta saber, según la propia explicación del biólogo Cisneros, que por el trabajo de conservación realizado en Cuba ya el cocodrilo de la Isla no figura en el Apéndice I de la Con­vención sobre el Comercio Internacional de Especies Ame­na­zadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES), que regula el trasiego mundial de animales en peligro.

“El Delta del Cauto, por ejemplo, ya no tiene una población afectada; por el contrario, se encuentra bien conservada y va en ascenso debido al trabajo allí”, precisó. No obstante, también dijo que la rehabilitación del área no dependió directamente del envío de ejemplares desde el criadero manzanillero, y que en materia de reintroducción en medios originarios, de este solo han sacado 34 reproductores en el año 2000, para repoblar la Laguna de El Guafe, en el Parque Nacional Desembarco del Granma.

“Hasta ahora no ha sido necesaria otra extracción, aunque hay estudios en curso sobre varios ecosistemas”, aseguró.
Mientras tanto, ¿qué hacer con tanto cocodrilo, si las poblaciones cubanas no tienen deudas con la naturaleza, y por otro lado, la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna no ha estimulado —con la premura económica que requieren estos tiempos—, una explotación rentable del criadero, que tan bien le vendría a un municipio muy necesitado de iniciativas locales generadoras de ganancias contantes y sonantes?

A juzgar por lo que refiere Gabriel Cisneros, una posibilidad para estudiar pudiera ser “la contribución cubana a la repoblación, con ejemplares vivos, de otras regiones del continente donde existe esta especie, llamada también Cocodrilo de las Antillas, presente en varios sitios desde Florida hasta Venezuela y desde México hasta Perú por el Pacífico. Además, del cocodrilo son muy cotizados las pieles, la carne y otros productos.”

En el propio criadero hay evidencias de que hubo gestiones incipientes, pero no pasaron del intento, como demuestra el ranchón a medio construir sobre pilotes, que se soñó una vez para muestrario a modo de show turístico.

“Haría falta terminarlo, así como construir senderos entre los estanques y crear otras opciones atractivas al turismo nacional y extranjero; pero para cada propuesta la respuesta es la misma: son inversiones que necesitan presupuesto, y al final la empresa ni las planifica ni las ejecuta.

“Hoy los visitantes ven el cartel en la carretera y entran, pero es algo fortuito. Ya no funciona como cuando era una propuesta negociada con los turoperadores que llegaban a Bayamo y Manzanillo”, señala Mercedes Linares, directora de la unidad.

El aeropuerto internacional Sierra Maestra, de la urbe costera, recibe casi todo el turismo que ocupa el polo Marea del Portillo, de Pilón, y en la ruta está el criadero, con la posibilidad magnífica de convertirse en opción extrahotelera.

“Es que cuando el turista llega está loco por irse al hotel, y de regreso se va directo al avión”, argumenta Roberto Tallo, director de la UEB Guacanayabo.

¿Y durante la estancia no puede proponérsele? — “ECOTUR es la agencia mediante la cual pensamos consolidar la iniciativa, desde una base en Pilón, pero todavía no se concreta”, responde Tallo, sin precisar las causas de una demora demasiado prolongada, que a estas alturas suena más a desinterés que a la morosidad de trámites burocráticos.

Lo cierto es que ha sido una oportunidad, hasta ahora desa­provechada, de estimular la economía local, y tal inercia solo puede generar nuevos rezagos, pues si la espontaneidad de algunos foráneos había permitido reunir hasta junio la anoréxica cifra de 120 CUC, “desde entonces y hasta hace pocos días no pudimos cobrar las visitas debido al vencimiento de la licencia comercial”, alegó Linares, en clara evidencia de que el permiso caducó porque nadie le prestó la atención debida ni en el criadero ni en la empresa, y porque no le han dado prioridad, a juzgar por la ínfima recaudación.

“Esa insolvencia de algún modo ha generado varias insatisfacciones en los trabajadores. El salario ronda los 375 pesos,  pero mes tras mes hay estimulaciones y bonificaciones por el buen trabajo de conservación. En junio se llegó a deberles ese pago adicional desde enero, por falta de financiamiento, y aunque ya la deuda se resolvió, todavía se atrasa hasta dos meses la liquidación debido a las demoras en las certificaciones, mediante las cuales el Servicio Estatal Forestal refrenda el pago adicional”, acota la directora.

A los operarios de los corrales y estanques se les nota cierta pasión, un hilillo de orgullo por la exclusividad de su labor.

Arriesgan bastante, pero han convertido la precaución en casi un instinto; aunque no siempre se libren de alguna dentellada de un pequeño o de la corrida urgente delante de uno grande.

Evidentemente les gusta lo que hacen, pero exigen mejores gratificaciones para su faena singular: “Tenemos problemas con los medios de trabajo, el pago se atrasa, no viene completo y no se vislumbra una posible mejoría. Entonces, ¿para qué tanto esmero y tanta exposición al peligro?”, reclaman, en alusión a las deudas de inicio de año, el retraso de los pagos antes explicados, y al déficit de herramientas para mantener las áreas verdes, la limpieza de los estanques y otras labores.

Una cosa es que no exista el potencial, las condiciones básicas para emprender la explotación rentable de una actividad tremendamente atractiva, exclusiva, que llama la atención de tanta gente solo por curiosidad, por la cercanía de lo exótico, lo peligroso, lo diferente; pero otra es que sea muy lenta la gestión para reproducir en beneficios jugosos una posibilidad real; más cuando la actualización del modelo económico cubano abrió el diapasón de facultades a municipios y empresas a fin de multiplicar ingresos, como proponer al país proyectos de iniciativa local y ampliar los objetos sociales.

En el caso de marras, hay por medio una entidad nacional que ha ganado un prestigio notable en la administración eficiente de algunas maravillas naturales de Cuba, visibles de un modo ejemplar en no pocos lugares de la Isla.

Entonces, ¿por qué no hacerlo también —pensarlo y concretarlo— con este sitio exuberante de Manzanillo, donde la mano del hombre ya hizo el trabajo más fuerte? De estas acciones, en apariencia pequeñas y muy locales, también depende el despertar económico a que aspiramos.

Mover el pensamiento, la propuesta, la gestión incansable por soltarnos las amarras de lo subsidiado, debe aplicarse a lo grande y lo pequeño, para que en verdad la mentalidad cambie empezando por nosotros, se rompa la inercia de “hacer cuando me lo indiquen”, y la voluntad de progresar no nos siga pareciendo demasiado la boca abierta de un cocodrilo en reposo.

(Fuente: Granma)



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