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9:52:21 a.m. 

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que Senel Paz era el mejor guionista de diálogos en español. Senel se lo toma como un elogio del Nobel, pero no se puede soslayar que su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo (Premio Juan Rulfo, 1990) constituye un clásico de la literatura cubana y referente literario universal, con decenas de traducciones y versiones para cine —la célebre Fresa y chocolate—, el teatro, la pintura y hasta el musical. 

Ahora mismo tiene un éxito arrollador en Buenos Aires una adaptación para las tablas, mientras él escribe en La Habana un guión para una nueva película y sigue la saga de los personajes de sus cuentos y novelas, siempre en la adolescencia o la primera juventud, siempre bregando contra el hombre unidimensional y la intolerancia. 

“Escribo por necesidad”, afirma. 

—Eres el gran rompedor de barreras literarias de tu generación. Lo dice uno de los críticos más importantes de Cuba, Francisco López Sacha. 

—Sacha es sin duda un gran crítico literario, pero con los amigos se entusiasma demasiado, por eso todos aspiramos a que despida nuestro duelo cuando llegue el día. Yo escribo por inspiración y necesidad, no me preocupo por el lugar que me toque en el panorama literario, que ni importa ni es posible determinar uno mismo. 

—Según Diego, el homosexual de tu célebre cuento, sabemos qué necesita la Revolución cubana. Según Senel, ¿qué es lo que no necesita?

 

—No necesita la verticalidad, el machismo entre los machos, la retórica, los periódicos tal como los hacemos hoy, el temor a los jóvenes. 

—¿Qué es eso del machismo entre machos? 

—Sólo nos quejamos del machismo como la relación abusiva del hombre hacia la mujer, pero existe una relación machista entre los hombres que es muy peligrosa, sobre todo cuando se entrevera con la política. Es la permanente confrontación y comparación de las bolas, la idea de que las tuyas tienen que ser más grandes y dominantes que las de los demás. 

—Parece un chiste. 

—Pero es algo grave, explica por qué Cuba da consejos y hace críticas a terceros, pero no las admite, no escucha. También explica la verticalidad, que un funcionario (un político) no haga suyo lo que propone uno de abajo. Si hablamos de una ley de cine, pongamos por caso, tiene que proponerla el funcionario, no el cineasta. Ya sabemos que en Cuba pueden ser machistas los hombres, las mujeres y los gays. 

—¿Qué está pasando en la literatura cubana hoy día? 

—Nos estamos levantando. 

—¿Y en el cine? 

–Nos estamos hundiendo. 

—¿Cómo enfrenta la cultura cubana los cambios que se están produciendo en la isla? 

—Con impaciencia, con muchas ganas de participar y con poca participación efectiva. Tiene que ver con aquello de las bolas de que hablamos. A veces parece que lo mejor que hoy puede hacer un artista por la cultura es orar para que nuestros funcionarios tengan buenas ideas… o sobarle las bolas, lo que cada cual prefiera. Pero lo que uno quiere es actuar, participar. 

—Entonces, ¿cuáles son los cambios más importantes en años recientes? 

—Los climáticos. La isla se está calentando. 

—¿Qué relación has tenido últimamente con la literatura mexicana? 

—Un descubrimiento, un rencuentro y una noticia. El descubrimiento, Juan Antonio Parra; el rencuentro, Francisco Hinojosa; la noticia, lo que dicen los amigos de la novela más reciente de Gonzalo Celorio. 

—¿Dónde estabas cuando murió Gabriel García Márquez? 

—En la ciudad de México. Primero como presagio. Salí a caminar por esas calles del Centro en las que venden libros viejos y veía muchos títulos de Gabo y eso me dejó la certeza, la inquietud, de que su muerte estaba próxima. Y así fue: dos días después llegó la noticia. Estaba en la ciudad que murió. 

—¿Quién era Gabo para Senel Paz? 

—Gabo fue para mí inspiración como escritor, como hombre y como maestro. Debo aclarar que no alcancé la categoría de amigo de Gabo; sólo tuve muchas oportunidades de estar cerca de él, de auxiliarlo en trabajos y de disfrutar de su simpatía. Si lo hubiera admirado menos, tal vez hubiera podido conquistar su amistad. Fue mi culpa que no sucediera. 

(Fuente: Progreso Semanal/ Rosa Miriam Elizalde)