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7:22:07 a.m.

Por Laura Rodríguez Fuentes (Servicio Especial)

Los fines de semana la Carretera a Sagua amanece con bolsas de basura esparcidas en el pavimento y botellas rotas que relucen a la luz de la luna. Del otro lado de la ciudad, los bancos de los parques aparecen destruidos. Los vecinos se quejan de no haber podido conciliar el sueño debido a la bulla y el estruendo.

A los autores de estas conductas vandálicas se les conoce como tribus urbanas, muchachos que se automarginan y buscan reafirmar su personalidad cometiendo todo tipo de indisciplinas sociales.

Según los psicólogos, muchos adolescentes tienden a comportarse de esa manera cuando se reúnen con otros de su «especie», para sentirse respetados por los demás miembros del «clan». Ciertos comportamientos grupales suelen ser más agresivos que otros, en dependencia de la tendencia o el modo de vida social que practiquen.

En Santa Clara confluyen diferentes estilos e inclinaciones musicales que conforman las conocidas subculturas, término que surge en las grandes urbes, y que define a aquellos grupos con un conjunto distintivo de comportamientos y creencias que los diferencia de la cultura dominante de la cual forman parte.

La mayoría de estas tribus urbanas son una mera imitación de los códigos de la sociedad consumista, y sus afiliados pueden identificarse, generalmente, de acuerdo con el vestuario característico de la secta.

Conozco a muchos padres preocupados porque sus hijos de repente se han declarado «emos». Ellos usan un mechón de pelo hacia un lado que cubre gran parte del rostro, camisetas con alegorías a películas de Tim Burton y tenis, preferiblemente, marca Converse. También amenazan con cortarse las venas para llamar la atención de sus familiares o amigos, aunque en realidad no pasa del chantaje para lograr sus objetivos. Aun cuando no suelen agredir a los demás, por su propensión extrema al pesimismo existencial, su actitud egocéntrica los lleva a escribir grafitis en las paredes de instituciones públicas y hacer alarde de que ser emo, más que una moda, es un sentimiento.

Los que llevan un peinado en forma de cresta son conocidos como punk, y se les ha visto pintando símbolos de anarquía, gritando obscenidades en la calle, pateando botellas vacías o destrozando contenedores de basura, según una encuesta realizada a miembros de otras tribus. Se declaran rebeldes y rinden culto al caos y el desorden social. Además, dicen odiar los estereotipos. Paradójico, ¿no? 

Esos que llevan un «aparatico» portátil de forma y tamaño de una lata de refresco pueden ser mikis o hiphoperos. Su música estridente y de mal gusto monopoliza el ambiente y molesta a quienes buscan un poco de tranquilidad en los parques de la ciudad. Si un defecto tienen los miembros de las tribus urbanas es que pretenden a toda costa ocupar los lugares públicos y hacerlos suyos.

Un ejemplo del daño que ocasionan estos sectarismos, es el mal llamado muro del malecón, al costado del teatro La Caridad, donde confluye todo tipo de pintorescos personajes. La algarabía de las  bocinas ambulantes interrumpe los espectáculos, y la indisciplina de muchos ha deteriorado las paredes y rejas de la institución con pisadas y grafitis. No se puede acusar directamente a determinado grupo, porque todos «encallan» en el lugar cada noche e incluso compiten por los espacios adjudicados a la fuerza.

También los skaters han invadido el Parque de la Audiencia, se pasean por allí en sus patinetas como si fuera una pista oficial de monopatinaje y se adueñan de un sitio que pertenece a todos los vecinos.

Aunque mucho se ha criticado a los frikis por la imagen agresiva que proyectan, hay otros escondidos en «ropa de marca» que son en realidad peligrosos, que visitan clubes nocturnos de difícil acceso monetario para la mayoría de la población. Esos, digamos, pertenecen al club de «los niños de papá y mamá».

Hace poco, una pareja transitaba tranquilamente en su bicicleta, cuando se abalanzó sobre ellos un auto particular por la senda contraria y el conductor vociferó a los cuatro vientos: «¡Los voy a matar!» Dentro del vehículo: unas cuantas jovencitas sonrientes, una botella de ron visible y reguetón a todo volumen. Esta conducta con instintos asesinos fue copiada directamente del filme Rápido y furioso. ¿Por qué tantos padres les confían el timón a sus hijos adolescentes?

La nueva modalidad de metaleros o heavys, nada tiene que ver con aquella generación surgida en los 70. Cada año, cuando se efectúa el Festival Ciudad Metal, pandillas de adolescentes, seudofrikis, relacionan el rock con violencia. Los vecinos de las calles que llevan del Parque Vidal al Sandino han soportado desde que toquen sus puertas a altas horas de la madrugada, hasta que defequen en las aceras como símbolo de «depravación total».

De ninguna manera pretendemos absolutizar ni segregar a un grupo por la manera de vestir. Tampoco, que todos tengan este tipo de comportamiento agresivo. Lo cierto es que las indisciplinas sociales injustificadas de unos estigmatizan a otros, que, aunque pertenezcan a estos grupos, nunca  han molestado a nadie ni han rayado una pared para expresar sus sentimientos.

Pueden hacerse conocer como emos, frikis, skaters, punks, mikis…, la simbología no es tan importante, pero que escuchen su música en casa, compren una libreta para pintar, vayan a la pista del Sandino a montar patinetas, jueguen con un balón, no con las bolsas de basura, y expresen sus sentimientos de una manera menos agresiva. El respeto a la diferencia también incluye la preservación y el cuidado de los espacios comunes.

(Fuente: Vanguardia)