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Por Mercedes Rodríguez García 

Equivocada de profesión y algo “quemada” por trasnochar meses y meses con libros de Medicina, me vi sumergida de pronto en el mundillo periodístico, y un día invernal de los años 70, frente a frente con uno de los  escritores más famosos del momento, a quien —lo juro— jamás había visto en fotografías. Pero de él sabrán más adelante, pues constituye el motivo central de esta anécdota que me han pedido recupere para la (¿mi?) historia. 

Sin antecedentes sociales ni genéticos al respecto, mi probada y apasionada afición por la Literatura resultó la primera carta de triunfo para, desde el humilde puesto de secretaria del director del periódico Vanguardia, “colar” de vez en cuando en la página dos del diario villaclareño crónicas del acontecer cultural y alguna que otra reseña de libros que, por aquel entonces, dormían el sueño de los invendibles en los estantes de las librerías. Una gestión publicística que no aportó ni un centavo de más a mi pírrico salario de empleada, mucho menos un ejemplar gratuito de aquellos a los que les sacaba pulpa de donde no existía masa. 

Pues  fue en este ambiente de franquezas y zancadillas donde me convencí de que nada me afiliaba ya al bisturí, si no a la incansable y autodidáctica lectura de la Teoría y Práctica del Periodismo, amén de toda la poética, cuentística, novelística y ensayística que caía en mis manos. Por eso seguí el consejo de quienes me apreciaban y disfrutaban de mis escritos: “Mercedes, matricula un curso para trabajadores en la Universidad Central de Las Villas”.  

Y sin pensarlo dos veces, en 1974, integré la nómina de los pioneros en la especialidad de Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana, al tiempo que asistía cada lunes por la noche al Taller Literario bajo el patrocinio de dos poetas locales: Félix Luis Viera y Roberto Orihuela, con el devenir también narrador y dramaturgo, respectivamente. 

Ya pasaban las cinco de la tarde y yo, dale que dale, a las desgastadas teclas de la máquina de escribir del no menos desgastado colega Otto Palmero, maestro y amigo hasta los últimos días de su vida. Inspirada, danzando junto con las mil musas que llegan a los veintitantos años, rescribía un cuento titulado “Por donde caminan las jutías”, el cual pensaba enviar —y mandé y gané— a un concursoauspiciado por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). 

Con el ojo izquierdo y la mente en el Olimpo de la creación, vislumbro tres figuras a contraluz. Sin dejar de “machucar” a la deteriorada Underwood contesto a las preguntas que me hace el único desconocido del grupo: —Buenas tardes, ¿qué escribes?—Nada, un cuento.—¿Te gusta la Literatura?—Sí, soy miembro del Taller Literario y estudio Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana. Y vuelvo a jurarles que lo expresé como si se tratara de un sueño cierto del que podía mostrar pruebas irrefutables, o del más arduo magisterio en ciencias cosmenológicas y cibernéticas. 

Y, ¿que has leído de los escritores latinoamericanos?

Y le relacioné una extensa lista que incluía a todos los del BOOM sin excluir, como es lógico, a los clásicos del continente. 

Pero ¿a quién tienes entre tus preferidos?

—Pues los de BOOM: Rulfo, Borges, Cortazar, Fuentes, Vargas Llosa, ¡y por supuesto, a García Márquez. (Risitas de los dos restantes del grupo: Ángel Álvarez y Arturo Chinea, director y jefe de información)

—¿Qué has leído de ese último señor?

La mala hora y Cien años de soledad, la novela que ahora lee fascinado todo el Mundo.

—¿Te gusta Cien años...?

—Sí, algo extensa, con un final metafísico; creo que se le pueden quitar unas cincuenta cuartillas… 

El personaje no comentó nada más, tampoco Ángel ni Chinea. Para mí se trataba de uno de los tantos visitantes que concurrían a diario al periódico: artistas de la televisión y la radio, políticos extranjeros, cantantes, trabajadores destacados, militares de alta jerarquía…Segundos antes de marcharse, entró al departamento un joven alto, fuerte. Sacó de su estuche un rollo de película Kodak de 1000 ASA, lo puso en la cámara y sin flash, apretó el obturador. Solo en ese segundo sin luminiscencia, comencé a… 

—Bien, muchacha, sigue escribiendo tu cuento, que cuando yo vuelva a escribir Cien años de soledad, te prometo que le voy a quitar algo más de cincuenta cuartillas. Ahora deja que Gabito nos saque una foto.   

Y el domingo 6 de mayo de 2007, mientras leía el artículo de Luis Raúl Vázquez Muñoz, El libro que cambió al mundo, en el periódico Juventud Rebelde, me percaté que no estaba muy desacertada. Según relata el propio García Márquez, el escritor argentino Jorge Luis Borges le comentó en una oportunidad: “Le sobran cien páginas”: En eso de eliminar yo había sido más piadosa. Ahora, treinta y tantos años después, frente a la Pentium 4, recordaré el día que conocí al Gabo y la Mala Hora en que no pude recuperar aquella foto que nos tomó Gabito.