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Por Mercedes Rodríguez García

Ya no puedo ser tan «divertida» como antes debido a esas estrellas de generala que llevo sobre mis hombros. Ganadas en cientos de batallas domésticas y profesionales durante mi existencia, me han dado viso de honorable santaclareña y abuela empedernida.

Sin embargo me considero una mujer entusiasmada por lo que hago con gusto, asunto vital para mantenerme motivada y  con la alegría habitando mi frágil  anatomía. Y si no tanto las piernas, al menos sí el músculo primario y esta testa que conservo lúcida, erguida y trimestralmente colorida en la peluquería. ¡Ah! y también siempre dispuesto eso que unos llaman espíritu; otros, alma, y que yo prefiero definir como influjo  positivo, vigor que alienta y fortifica el cuerpo para obrar.

Porque dicen los psicoterapeutas que las malas actitudes del día a día son consecuencia de acontecimientos o experiencias pasadas, causantes en mucho de la baja autoestima, el miedo, el estrés, la ira, el resentimiento y la incapacidad de generar o manejar un cambio. Por eso perjudican y dañan la vida, la forma en la que te desenvuelves todos los días y la manera con la que te relacionas con los demás.

Tú eres una persona «muy autovalidante», me dijo cierto día una amiga psicóloga, que hace muchos años reside en Canadá. «Autosuficiente, querrás decir», le rectifiqué creyéndome autorizada para definirme a mi misma, mucho más conociéndonos ambas desde los tiempos juveniles del bachillerato. Entonces  me ripostó: «No, señora, auto-va-li-dan-te, que es la persona que cree en ella y en las cosas que hace, que no espera a que los demás la hagan por ti».

Bueno, bienvenido el nombrecito, que desde entonces forma parte de mi vocabulario activo y suelto cada vez que me tropiezo con una de esas personas no auto-va-li-dan-te que quiere, con sus desmotivaciones, resabios, enfados ,envidias y resquemores crónicos, echarme a perder el día a día, aunque desde hace varios me sobran razones para quejarme, sin lamentarme. Ya verán.

Ahora mismo me encuentro prisionera en casa, un apartamento en el último piso de un edificio de doce plantas, privado desde hace más de 20 días de sus dos elevadores, por lo que evito descender para luego tener que subir de vuelta 169 peldaños. Un ejercicio que recomiendo a los funcionarios de Vivienda Municipal, máximos responsables de la situación creada a partir de un convenio que hay que volver a convenir con La Habana, desde donde tienen que venir los mecánicos para reparar los ascensores, rusos, digitales, con espejos, colocados hace apenas dos años pero sometidos a los abusos y desafueros de los usuarios por razones extra e intravecinales.

Bueno, valga la digresión a ver si el problema se resuelve sacándolo a la luz pública, porque de todas maneras el «deporte» de subir y bajas cientos de escalareras sirve también para mantenerme motivada. ¡Claro!,  porque según los especialistas en cuestiones del ánimo y los pensamientos, la actividad física pone a una de buen humor y brinda la satisfacción de estar haciendo algo bueno por ti misma, aunque en mi caso —y el de mis vecinos— resulta exagerado y proclive al infarto y la sacrolumbalgia.

Es por ello que pienso con mente positiva porque los pensamientos negativos te convierten en una mujer amarga y resentida. Así que vengan o no vengan los mecánicos,  ya me veo sonriente y fresca como una lechuga, apretando el botón que subirá y bajará el aparato desde el primero al piso 12, donde habito.

Pero mientras tanto, y en la medida que subo o bajo los escalones, voy repitiendo frases positivas, como «paciencia», «sin agitación», «sí se puede», «mañana cobro»… Y otras similares que voy reiterando durante el día, de acuerdo con la situación. Practique usted, no lo dude. Las afirmaciones son palabras cargadas de potencia para asumir la práctica.

Aunque el mejor consejo que dan los psicoterapeutas para cambiar de actitud y ser más positiva, es reprogramarse, capacidad que debían tener los elevadores en un chip, o los equipos electrodomésticos sometidos a los vaivenes de los cortes eléctricos imprevistos. Pero una sí, una puede reprogramar su subconsciente con pensamientos positivos, que también dan seguridad y fe.

¡Ríase!, sí, enseñe la cajeta. Hay que darle humor a sus días. El humor es un gran motivador. La vida se lleva mejor con humor, ya que la risa y el positivismo te liberarán del estrés y las actitudes negativas. Sé divertida, pero no sólo para agradar a los demás. Sé divertida todo el tiempo, desde adentro, sin depender de la aprobación de las personas, y mucho menos, de un elevador que no sé porque no pueden arreglar los mecánicos de Santa Clara y sí los habaneros que fueron los que se entrenaron en Moscú. No importa que ocasionan gasto en transportación, combustible y alojamiento cada vez que vienen a mi gloriosa ciudad.

Por todo esto y más, una última recomendación: Cambie el discurso Cuando alguien le pregunte cómo está, no le salga conque le duelen las piernas o cuanto hueso tiene. Dígale  «Fantástica» o «Súper bien». A la mayoría le gusta estar rodeada de gente con buena «vibra», y no que siempre traiga la cara larga o le hable de problemas y más problemas.

Ya lo sabe, sea auto-va-li- dante,  manténganse motivada, piense con mente positiva, practique ejercicios, ríase hasta de usted misma, combata el miedo, el estrés, la ira, el resentimiento… Y no piense mal de los demás, pero denuncie públicamente lo mal hecho, y si no la escuchan «eleve» su queja, alguien terminará oyéndola.