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6:32:29 a.m.

Por Pedro de la Hoz

El incremento sostenido del número de turistas que arriban a Cuba tiene que ver tanto con el crecimiento de las capacidades de alojamiento, las conexiones aéreas y marítimas y el desarrollo de una infraestructura adecuada, pero también de la opinión que se haga, antes y después, el visitante del destino seleccionado para vacacionar.

Tierra pródiga, como otras del Caribe, por las bondades del clima y la naturaleza, Cuba no es solo una opción de sol y playa y nunca lo fue, puesto que antes de 1959, cuando la inmensa mayoría de los turistas provenían de Estados Unidos, se vendieron menos las ardientes arenas de Varadero y mucho las facilidades para el juego, el comercio carnal y el frenesí festivo que presagiaban convertir a la isla, mediante una operación diseñada de conjunto por la satrapía local y la mafia, en una versión antillana de Las Vegas.

Mucho hemos tenido que lidiar, sin embargo, para presentar otra imagen del destino Cuba luego de la refundación de la industria turística desde los años 90 del siglo pasado hasta la fecha.

Lo más fácil es apelar a tópicos y estereotipos, como la silueta de la mulata insinuante que trató en algún momento, manipulada por turoperadores foráneos y domésticos, de servir de gancho promocional, —peligro latente que aflora por resquicios incontrolados— o la estampa paradisíaca de una tierra de maraqueros tropicales dispuestos a compartir un exuberante coctel bajo una palmera.

No se trataba solo de imágenes. La remergencia del sector coincidió con una ardua etapa de resistencia ante las duras condiciones materiales de los 90 en la que hubo gente que perdió el rumbo e hizo trizas valores. Lo más evidente, y contra lo que se ha librado una batalla frontal, fueron los nichos de prostitución, proxenetismo y actividades ilícitas conexas, pero en el subsuelo se enraizaron rémoras que aún se manifiestan en determinadas y marginales prácticas de acoso y rebusque.

He visto —nadie me lo ha contado— en La Habana, Santiago y Holguín guías de turismo de sospechosa voluntariedad, y oído ofrecimientos de toda especie, dichos en baja voz por sujetos que con la mirada detectan la posible presencia de agentes del orden para abortar el asedio.

Contra el malandraje y ciertas lacras que resultan no ser tan subterráneas como parecen, toda prevención es poca y lo amerita un país donde los niveles de seguridad del turista alcanzan cotas impensables en otros lugares de la región.

Pero esa es solo una parte mínima y corregible de la imagen. Otra mucho más compleja pero urgida de encauzar se vincula con la idea que pretendemos que el turista —o los turistas, porque confluyen visitantes de diversas procedencias, hábitos, costumbres, edades e intereses, algo que no siempre se considera— se lleve del país.
Creo se ha entendido, al fin, que pocos, salvo los que prefieren tumbarse en la playa, o desconectar aislados del mundo u optan por instalaciones autosuficientes en las cayerías, vienen a encerrarse en un hotel. El conocimiento del destino está en las ciudades, la calle, la gente, y sobre todo, en la cultura viva de una sociedad portadora de una fuerte identidad que no es congelada, sino en plena transformación y desarrollo.

Sin embargo algunos gestores apuestan todavía por recrear escenografías extemporáneas. Una cosa es preservar y mostrar tradiciones legítimas y otra bien distinta promover desusados figurines y antiguallas ficticias. Ninguno de los personajes que tratan con el turista en nuestras calles se merece el destino de los falsos Lenines que cobran en Arbat por posar en una fotografía ni la reproducción de un cabildo tiene que competir con esos enclaves temáticos del Far West donde se juega a asaltar una diligencia.

Por largo tiempo, desde el V Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la vanguardia intelectual ha insistido en que no hay necesidad de crear una cultura para el turista sino lograr que este se inserte de manera natural y orgánica en la trama cultural del país, la cual tiene mucho que ofrecer, aun cuando se requieran ajustes, replanteos y nuevas proyecciones en sus mecanismos y estructuras organizativas, funcionales y promocionales.

Lo cierto es que en el proceso previo al VIII Congreso de la UNEAC, que sesionará en la capital el 11 y  el 12 de abril próximo, sin excepción, hubo cuestionamientos e insatisfacciones acerca de cómo se refleja la vida cultural en los ámbitos frecuentados por el turismo, que van desde el desaprovechamiento del talento en los espectáculos de los centros recreativos —en muchos lugares todavía prevalece la música grabada— y la baja calidad artística de ciertas representaciones que devalúan las esencias folclóricas hasta las insuficiencias de una información oportuna de los festivales, eventos y programas que puedan atraer a posibles visitantes.

Tales carencias hacen incompleta la imagen cultural de la nación. En lugar de contentarnos con cifras a primera vista alentadoras valdría investigar cuánto más, a partir de la incidencia de nuestras potencialidades culturales, podríamos crecer y estimular el índice de arribos, la duración y repitencia de las estancias y la eficiencia de las operaciones turísticas.

No basta con firmar acuerdos y protocolos entre las instituciones culturales y las autoridades del turismo —documentos conceptualmente irreprochables—, ni de propiciar encuentros interminables y reiterativos en las comisiones que en el seno de la UNEAC abordan en todo el país el tema.

Se impone una relación  fluida y puntual, económicamente fundamentada y culturalmente responsable, que armonice unos y otros intereses en favor de un interés mayor: continuar incrementando el arribo de visitantes al archipiélago y, más importante aún, las utilidades para el turismo y la cultura.