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Cuentan que Fernando era un muchacho corriente en los años del preuniversitario, físicamente no destacaba mucho, no era de gran estatura, pero a mí se me ocurre, sin haber visto una foto, que entonces, como ahora, sus ojos debían revelar una personalidad seria, afable, serena. 

Rafael Hojas se encarga de decirme que no estoy tan lejos de la verdad. Él conoció a «Fernan» —como le dicen quienes son cercanos— en esa etapa en la Isla de la Juventud. «Allí compartimos estudios, profesores, amistades, el campo... Aunque no estábamos en el mismo año aquel escenario era muy cómodo para que todos nos relacionáramos, independientemente del grado que estuviésemos cursando, interactuábamos mucho». 

«Él tenía desde entonces una característica muy peculiar, cuenta Hojas, y es que era bien agudo en las cosas que decía. Siempre fue una persona seria, pero no escapaba a la gracia de los cubanos de hacer chistes, compartir, divertirse». 

A la distancia del tiempo, Rafael está seguro de que aquella escuela fue muy importante en la formación de Fernando como hombre y como persona de bien, y que su agudeza se ha ido modelando con el tiempo. «Hay que ver las cosas que escribe, con el rigor con que las dice. Él ha evolucionado muchísimo desde que lo conocí hasta ahora: ahora es mucho más grande, independientemente de que es un hombre de estatura pequeña». 

Después de aquellos años, cada quien tomó su rumbo. Los amigos solo volvieron a encontrarse al terminar la universidad. 

«Nos vimos en África, creo que por casualidad. Recuerdo que estaba en una de las misiones y nos detuvimos para reaprovisionarnos en una unidad en el sur de Angola y escucho que me dicen: "¡Muñeco!", que es como le llamaban a la gente que llegaba nueva. Yo miré para todos lados para ver de dónde venía la voz y si era conmigo, aunque el único que tenía allí un uniforme nuevo era yo. Cuando miro bien, era Fernan. Ahí nos saludamos y conversamos un ratico». 

«Volví a verlo de nuevo en noviembre de 1998, en una foto, solo dos meses después de su arresto. Era un recorte de un periódico miamense que hablaba del encarcelamiento de ‘es-pías cubanos’ y Fernando aparecía con el rostro desaliñado, como si hubiera pasado primero por un maltrato. Estaba barbudo, despeinado y eso fue un impacto muy duro, ver a Fernan allí».

Mucho tiempo ha pasado desde entonces y justamente que haya transcurrido tanto, es de las cosas que lamenta Rafael. La profesión, el Periodismo, le permitió vincularse a la lucha por dar a conocer el caso de los Cinco, pero, confiesa, siente mucho no haber podido hacer nada más que escribir.

Para él, poder hablar con Fernando un día en que entrevistaba a su madre Magali Llort, fue como un regalo. Del mismo modo considera una carta que le enviara el antiguo compañero de estudios y que recibió en diciembre del 2013 y en la cual, «con un exceso de humildad», agradece lo que estaba haciendo el periódico Trabajadores en apoyo a la causa de los Cinco, «cuando somos nosotros quienes tenemos que agradecerles», comenta.

Ahora espera que el camino de regreso a casa se torne corto, que el amigo devenido Héroe «es-té el menor tiempo posible en una prisión de inmigración y que pueda disfrutar cuanto antes de su mamá, de su esposa, de la familia; y ya veremos entonces cuándo podemos reunirnos».

«En Cuba —dice— tenemos la suerte de contar con hombres con el corazón en el centro del pecho, y Fernando es uno de ellos. No creo que todo el mundo esté dispuesto a dar la vida a cambio de nada. Eso implica riesgos e implica una capacidad de entrega muy grande».

Quizás por eso no lo sorprendió verlo en aquella foto, entre los que estaban presos, aunque sí dolió, —confiesa. Pero si algo ha sabido siempre del amigo, es que es de esos que llevan bien firmes las ideas. «Él no se raja».

(Fuente: Granma)