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LA TECLA CON CAFÉ

Cuando el deber obliga al sacrificio

Cuando el deber obliga al sacrificio

 

 

13/07/2013 19:30:48


Por Mercedes Rodríguez García


Sobre alegrías han de levantarse los pueblos y no sobre dolores. Pero en las horas aciagas de la Patria, el corazón se vuelve temerario y reviven las fuerzas nobles del espíritu; la muerte cabalga generosa y la gloria se torna apetecida. Es la hora en punto de los hornos, el minuto sublime del esfuerzo, el segundo supremo de la vida, ese instante de la consagración humana porque es de verdad cuando el deber obliga al sacrificio. 

(Exergo basado en Alegato de Defensa LA Historia me Absolverá, de  Fidel Castro Ruz)


No ha cumplido los 13 años y ya a Osvaldito le cortan sus sueños de un tirón. Se terminaron la escuela, las canicas, las postalitas Susini, el bate y la pelota... ¡A trabajar! Pero el niño no se queja, solo de vez en cuando le pregunta a Felicia, su hermana, si algún día se acabará la pobreza, porque «ya lo tiene aburrido».  Y ella, ¿qué le va a decir? «No sé, no sé. Dale, duérmete ya a ver qué pasa mañana».

Y mañana amaneció igualito, aunque con un poquito más de alegría:

—Vamos, Osvaldito, vístete, no te demores, que el barbero nos está esperando.

—¿Otra vez, papá? Si ya nos pelamos la semana pasada.

—No vamos a pelarnos, vamos a que Manuel Vizcaíno te ponga a trabajar con él; si tienes dotes y le demuestras responsabilidad y dedicación, a lo mejor te enseña a pelar.

—Pero a mí eso no me gusta, papá.

—No importa, ahora no se trata de gustos, sino de necesidad.

Fue así como el hijo de José Socarrás y Antonia Martínez aprendió ese oficio, que llegó a dominar no sin antes barrer mucho pelo y hacer cuanto mandado requería su maestro, lo mismo para la casa que para el negocio. Pelar y afeitar no le gustaba, pero en Santa Clara ¿a qué más aspirar? Había que esperar, y si lograba reunir el dinero necesario, entonces «cualquier día de estos» irse a probar suerte a La Habana. Pero sería lo mismo.

Machado gobierna en Cuba con una política represiva, encarcelamientos, torturas y asesinatos.

Como todo trabajador de la época, Osvaldo permanece al tanto de la situación revolucionaria creada, la cual estallará  el 12 de agosto de 1933 con la huida del dictador.

A decir verdad, se siente decepcionado. Un gobierno tras otro, ¡y nada! La misma política militarista y represiva de Batista como jefe del Ejército.

Ya ni leer la prensa se puede. La fuerte censura silencia la verdad, y por si fuera poco, grupos gansteriles que controlan el negocio de la droga, la prostitución y los juegos prohi¬bidos se adueñan de las calles habaneras.

El Partido Ortodoxo promete cumplir las promesas traicionadas por los auténticos; el carisma de Chibás, decisivo en la aceptación del pueblo, le atrae grandemente. En las elecciones de 1952 Osvaldo cifra sus esperanzas, frustradas de nuevo por la asonada militar que asaltó el poder el 10 de marzo. El gobierno militar de facto sustituye el Congreso por un Consejo Consultivo, elimina la Constitución del 40 y establece los estatutos constitucionales. Liquida la libertad de expresión, de reunión, de huelga, y establece la pena de muerte.

En La Habana Osvaldo siente como nunca antes la pobreza y la marginación. Mas, por suerte ha encontrado trabajo como parqueador de autos, frente al Parque Central. Pese a su carácter reservado ha logrado establecer contactos con algunos revolucionarios ortodoxos y también militantes del Partido Socialista Popular (PSP). En franca rebeldía ofrece declaraciones a la prensa.

El 14 de octubre de 1952, el periódico Hoy publica la entrevista. En esta el obrero Osvaldo Socarrás Martínez se pregunta:

«¿Dónde están las fuentes de trabajo que iban a crear? ¿Donde está el bienestar que dijeron tendría el pueblo? [...] En mi oficio de parqueador no hay límite para la labor. La cuestión es trabajar para comer y costear el alojamiento [...] Mi situación es peor que antes y [...] ¡qué duro es pasar hambre! Aquí donde me ve, solo tengo treinta y tres años, y parece que tengo veinte más [...]».

Las palabras de Osvaldo fueron conocidas por el pueblo. La policía y los cuerpos represivos batistianos lo fichan y buscan por todas partes. Al fin, logra contactar, a través de Juan Manuel Márquez, con los hermanos Ameijeiras Delgado, quienes más tarde lo llevan a conocer personalmente a un joven abogado cuyas primeras actividades políticas se habían desarrollado en el medio universitario y las filas de la ortodoxia.

Fidel, quien preconiza una nueva estrategia de lucha armada contra la dictadura, le causa una gran impresión. «Es Martí en persona», le dice al padre el 18 de julio de 1953, durante una visita a su casa en la calle Padre Tudurí, en Santa Clara. En aquella oportunidad saluda a su hermana Felicia y se despide de su madre.

Muy poco o nada se sabe del paso de Osvaldo por su ciudad natal. Semanas después del 26 de julio de 1953, la familia se enteraría extraoficialmente de que su hijo, nacido el 27 de noviembre de 1918, era uno de los protagonistas del asalto al Moncada.

Aquel histórico día una singular caravana de tres autos avanza rumbo al hospital Saturnino Lora. En el primero, conducido por Abel, va Osvaldo junto a cinco compañeros más. Por tres horas se enfrentan al enemigo. El ataque del ejército se concentra en ellos en la última etapa de la acción, hasta que, agotado el parque, deciden vestirse con la ropa de los enfermos. Los jóvenes detenidos en el hospital son llevados al cuartel Moncada y entregados a un teniente y varios soldados, quienes los golpean, atropellan, mancillan y, finalmente, asesinan.

La prueba más rotunda de que los prisioneros fueron matados brutalmente, sin misericordia, quedó registrada en las actas de constitución de la Sala de Vacaciones del Tribunal de Urgencia levantadas en el cementerio de Santa Ifigenia cuando los médicos forenses examinaron los cadáveres de los revolucionarios; todos ellos verdaderas «Pruebas de horror» que conforman el capítulo 8 del libro La Generación del Centenario en el Moncada, escrito por Marta Rojas.

Para la posteridad, a punto de cumplirse 60 años de la gloriosa gesta, queda lo heroico del gesto y los recuerdos de Melba Hernández, la Heroína del Moncada, sobre Osvaldo Socarrás:

«Fue la última persona que vi, y observé que, no obstante ser un hombre ya maduro, tenía una expresión resuelta y entusiasta, que no se diferenciaba en nada de la de sus compañeros mucho más jóvenes».

«QUIERO PARTICIPAR EN LA HISTORIA» 

En 1953 Elpidio es uno de los pocos integrantes del Movimiento que conoce el verdadero objetivo de la acción insurgente que tendría lugar el 26 de julio, y para la cual Fidel le asignó encomiendas muy específicas, como colaborar con Abel Santamaría Cuadrado y Renato Guitart Rosell en la organización de una acción armada que llevarían a cabo en Oriente.

Como miembro de una célula, sabía muy bien que la discreción y la disciplina constituían aspectos de estricta obligatoriedad, y cualquier infracción resultaba causa inapelable de expulsión. Ahora, dada la confianza depositada en él, estaba más seguro que nunca. ¡Al fin llegaba la hora de transformar en acción trascendente la voluntad del pueblo!

A su familia le dijo que viajaría a Pinar del Río, a pasar unos días en una finca arrocera.

—¿Y mamá te creyó el cuento?, le preguntó su hermano mayor, Carlos, también vinculado a la juventud ortodoxa.

—No sé, pero a ti puedo decirte algo: Voy a la muerte, tengo la seguridad de que voy a morir, pero la causa que defendemos no admite demoras. Estoy enfermo de asco desde que se encaramó en el poder el tirano.

—No seas fatídico, Elpidio.

—No, soy objetivo. Y no puedo ni quiero hablar de esto, lo que hay que hacer se hará. Yo seguramente no podré verlo, pero surgirá una Cuba nueva, limpia y diferente.

Las instrucciones para la selección de los asaltantes fueron dadas a los jefes de células. Según escribe Mario Mencía en el volumen II de El grito del Moncada, entre los más decididos se escogerían, preferiblemente, los que no tuvieran hijos. Pero ni siquiera los más decididos podrían ir todos, ni de todas las células. El límite lo determinaba la escasa cantidad de armas disponibles.

Y para adquirir aquellas armas, pertrechos y cubrir los gastos que implicaba la acción, el Movimiento logró reunir la suma de $16 480,00. ¿Cómo pudieron juntar esa cantidad? Durante el juicio, una vez terminada la lectura de los cargos, Fidel mismo da la respuesta: «Prescindiendo muchas veces hasta de las necesidades más perentorias, como la comida y la luz, hasta de los instrumentos de trabajo, que muchas veces vendieron o empeñaron». Luego, en su alegato de autodefensa La Historia me absolverá, destaca particularmente el gesto del revolucionario sagüero Elpidio Sosa:

«Con mayor orgullo que nunca digo que consecuentes con nuestros principios, ningún político de ayer nos vio tocar a sus puertas pidiendo un centavo, que nuestros medios se reunieron con ejemplos de sacrificio que no tienen paralelo, como el de aquel joven, Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se me presentó un día con trescientos pesos "para la causa" [...] Hace falta tener una fe muy grande en su patria para proceder así, y estos recuerdos de idealismo me llevaron directamente al más amargo capítulo de esta defensa: el precio que les hizo pagar la tiranía por querer librar a Cuba de la opresión y la injusticia».

A Santiago llegó Elpidio a mediados de julio. La víspera del asalto no se le nota ni serio, ni triste, ni preocupado; tampoco, alegre en exceso. En él resaltan el pelo negro y ondulado, y unos espejuelos de marco oscuro que atemperan la miopía, pero a la vez le endurecen el rostro. Si sonríe lo hace con amplitud, de manera que el fino bigote se estira de comisura a comisura, y le da un toque de sensualidad a los labios.

Faltan apenas horas para iniciar las acciones en Bayamo y Santiago. Sobre las tres de la madrugada comienzan a prepararse los hombres que se encontraban en La Granjita. Algunos bromean mientras se ponen el uniforme del ejército que iban a combatir. A uno le quedaba ancho; a otro, estrecho; a un tercero, el pantalón no le llegaba al tobillo...

—Elpidio, pareces un general con esa gorra.

—Me queda bailando, pero no hay más.

—Dime una cosa, ¿no tienes miedo de que te maten en esta?

—No, morir en la acción siempre es mejor que caer prisionero. Yo soy un hombre que quiere luchar; yo quiero participar en la historia. Pero no sé por qué tengo un mal presentimiento.

—Deja eso, Elpidio, ¿qué hora es ya? Son más de las cuatro, apúrate.

—Sí, Fidel ya está ahí, seguro que encabronado por el tiro que se escapó.

Elpidio Casimiro Sosa González fue el único integrante de la célula de Antonio (Ñico) López  Fernández que caería en las acciones del 26 de julio de 1953. Sus premoniciones se cumplieron. Cayó en la lucha. La historia lo abrazó como protagonista.

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