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02/11/2012 18:05:22

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Por estos días más que nunca cobra vigencia una idea del político y teórico hindú Monadas Karamchand Gandhi, hombre de austeridad inflexible y absoluta modestia, que se quejaba del título de Mahatma (Gran Alma) dado —contra su voluntad— por el poeta Rabindranath Tagore:

 

«La fuerza —dijo Gandhi— no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable». Y voluntad indomable resulta condición distintiva de los orientales que, golpeados reciente y rudamente por la Naturaleza en forma de huracán, suscitan diferentes gestos de solidaridad entre sus compatriotas de la brava isla, dañada también en su centro por la violencia de las aguas torrenciales que acompañaron el paso de Sandy.

La desgracia hermana a los hombres. Y pocos son los que no juntan fuerza y voluntad  ante catástrofes semejantes, incluso más allá de doctrinas, políticas e ideologías. Sin embargo —y paradójicamente—  existen quienes apenas le interesan las interrogantes de la vida, por lo que carecen de certezas y convicciones profundas. Muchos solo desean pasarla lo mejor posible y de la manera más placentera.

Hace dos o tres noches, ante las imágenes conmovedoras de las inundaciones en El Santo, y otras alentadores del arribo de un barco con alimentos a Santiago de Cuba —compartidas en colectivo frente al televisor de una amiga— escuché con estupor como uno del grupo dejó escapar en alta la voz:

«Caballeros, el mundo se está acabando, hay que aprovechar todo lo bueno… ¡sabroso y no cuesta nada!... Como decimos los teleluqueños: lo que te den, ¡cójelo!». Lo que para algunos pasó como chiste, —acuñado por una risotada— yo lo interpreté como el flujo amplificado de su conciencia.

A la mañana siguiente coincidimos en la parada del ómnibus. Como le conozco de vista —y también él a mí— se me ocurrió tantear la catadura de quien se expresara con tanto desenfado y ligereza ante el dolor ajeno y un acto de solidaridad internacional. Le pedí que se acercara y que me respondiera qué era para él lo «bueno», y qué, lo «malo». Sin pensarlo mucho, dijo: «Bueno es lo que me gusta; malo, lo que me disgusta». Y de seguido, me ¿aconsejó?: «No se caliente tanto los metales, mi tía, que cualquier día le va a dar un infarto…». Para colmo, una setentona, muy encopetada ella, y «sin vela en el entierro», comentó aprobatoriamente lo dicho por el muchacho: «Hace bien, para que coger tanta lucha si ahora es que está empezando a vivir».

—Ningún muchacho, señora, tiene más de 20 años y está terminando la Universidad, le contesté, enfatizando con toda intención la edad y el nivel escolar.

—No se lo tome a mal, mi hija, hay que saber perdonar, esas son cosas de juventud, expresó a modo de disculpa.

—Pues sí señora, me lo tomo a mal porque ese joven, o cualquiera que piense como él, puede derivar más temprano que tarde en un irresponsable, sin metas ni referencias, en quien los valores humanos son sustituidos por puros intereses personales, sin importar cuan torcidos puedan ser, y todo ello va conformando un hombre incauto, sin brújula capaz de señalar su norte cuando de lo ético se trate.

—Tiene toda la razón, pero el mundo está lleno de contradicciones, y solo Dios sabe…

Y ahí terminó la historia y un diálogo accidental que me sirvió para hilvanar el presente artículo, con el cual no pretendo arribar a conclusiones tendenciosas, sino incitar a la reflexión, a la polémica: sana, sensata, desprejuiciada, sin entrar en conceptualizaciones pedantes o ecuménicas que puedan restarle claridad y coherencia al discurso, enmarcado en uno de los perfiles más preocupantes en el hombre moderno: la indiferencia y el egoísmo.

¿Es capaz el hombre de dar algo sin interés, sin esperar nada a cambio? ¿Se ayuda por sentirse bien uno mismo o se ayuda para hacer sentir bien al otro? ¿De qué solidaridad se trata? ¿La de todos los días, la de ayudar a todo el que podamos, la de compartir, no lo que nos sobra, sino lo que tenemos para nosotros mismos, que es la solidaridad buena?

Un profesor de Economía —buen amigo mío ya fallecido— me explicó durante los duros años del Período Especial el «todo merecido» era el máximo responsables de la ausencia de compromiso personal y social. Al principio no lo entendía, sin embargo el tiempo le ha dado la razón. Ese desplazamiento de la responsabilidad y libertad propia hacia el otro ha provocado que las personas se acostumbren a recibir sin el más mínimo interés en saber de dónde salen las cosas. Un conflicto asentado en el nivel de consciencia y grado de compromiso en los costos materiales y psicológicos de la aparente gratuidad.

La riqueza —me revelaba— primero debe crearse para después repartirse. La riqueza no se produce sin deseos de trabajar, sin responsabilidad ante lo que se hace, sin libertad para afrontar las consecuencia, malas o buenas, de un propósito. Pero tampoco lo que se produce puede tener como único destinatario un pequeño núcleo de personas. Se negaría la esencia humana que es, sin duda, vivir por y para los demás. 

Es innegable que corren tiempos difíciles, que nuestro mundo es al mismo tiempo postmoderno y subdesarrollado. Cada día nos levantamos en medio de contradicciones y obstinaciones a enfrentar las próximas 24 horas. Pero, ¿hasta qué punto nos impiden estas situaciones disponer el corazón para que afloren los buenos sentimientos? ¿Será que no nos han enseñado a amar?

Enseñar a amar, es tal vez la misión más importante de padres y educadores. Educar en los entendimientos para ser capaces de amar a la familia, a la Patria, a sus raíces. La vida consiste en amar. Y el amor siempre implica tener fe, responsabilidad y respeto. En uno mismo, y en los demás.

Si no enseñamos a amar, el daño será irreparable, no importa cuantas otras cosas hagamos. Se necesitan personas que sirvan de ejemplo, que amen y demuestren con hechos. Entonces se aprenderá a tomar las dificultades de la vida como desafíos que dan fortaleza, tal y como propendía el humilde Mahatma.

¿Respecto a lo que es «bueno» y lo que es «malo»? Cada cual puede tener su apreciación de uno y otro. En mi caso, por formación e idiosincrasia, valoro mucho las acciones en función del prójimo. A Desde niña me enseñaron a no ser egoísta, pues «eso» no era bueno; a no vivir dependiendo de los demás, pues «eso» era malo; a no comportarse como una mendiga, pues «eso» de pedir a otros lo que una debe buscar con su propio esfuerzo, era «malo»; a pensar, decir y hacer consecuentemente, porque «eso» era «bueno». Me enseñaron a decir la verdad y hacer el bien, a ir a las esencias de los hechos, fenómenos y problemas para integrarlos, comprenderlos y resolverlos.

No sé si sería «buena» o «mala» esa educación. De lo que sí estoy segura  es que aprendí a que la felicidad no depende enteramente de los demás, ni del destino ni de la suerte. Aprendí  a compartir lo que somos y lo que tenemos; a ayudar con todas mis energías a que el otro crezca y así también progresar en lo personal.

Es preciso reconocer nuestra igualdad ante la naturaleza. Todos estamos expuestos a la «lotería genética», —la suerte que nos toca en nuestra conformación biológica—, y estamos expuestos también a las catástrofes naturales —como Sandy— que nos pueden dejar desprotegidos pero nunca sin voluntad para recuperar lo perdido, con la ayuda de todos los brazos que puedan levantarse, de todos los corazones que puedan abrirse y dar cabida como suyo al sufrimiento y la desgracia ajenas.

Bueno es lo que a todos concierta; malo, lo que conviene a unos pocos. La solidaridad no requiere ningún contrato, no tiene que estar convenida en ningún documento.

Y si de verdad el mundo se estuviera acabando, aprovechemos todo lo bueno que hay en el ser humano, aprovechemos el tiempo trabajando, no tomando lo que nos dan, sino lo que nos ganamos, afrontando y enfrentando las situaciones, «malas», aprovechando las «buenas», pero mediando siempre la utilidad de la virtud, por el bien común de la nación, que por estos días anda aprendiendo mucho del heroísmo de los santiagueros.