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05/10/2012 13:59:06

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Dicen que antes de cumplir la orden los soldados « echaron a la surte» quién sería el encargado de «fusilar» a Fernando, el jefe guerrillero que tanto quehacer dio al ejército boliviano, y a los Rangers entrenados por la CIA. Herido en una pierna, con su carabina inutilizada y agotada las balas de su pistola, «al fin» pudieron capturar al Che Guevara, el  8 de octubre de 1967.

 

El día antes había escrito la última página de su Diario:  

«Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente; hasta las 12.30 hora en que una vieja, pastoreando sus chivas entró en el cañón en que habíamos acampado y  hubo que apresarla. […] de resultados del informe de la vieja se desprende que estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey y unas 2 de Pucará. […] se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla a pesar de sus promesas… […]».

Caída la noche, salieron los guerrilleros. En lo alto, «una luna muy pequeña» aseguraba la marcha, que resultó «muy fatigosa». En el camino, un cañón «que no tiene casas cerca, pero sí sembradíos de papa regados por acequias del mismo arroyo», se amontonaban las pisadas. A las 2 de la madrugada pararon a descansar, «pues ya era inútil seguir avanzando. El Chino [Juan Pablo Chang-Navarro Lévano] se convierte en una verdadera carga cuando hay que caminar de noche», anotó. Luego dilucida acerca de una «rara información» del Ejército, que ubica «la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro». La noticia le «parece diversionista». Están a 2 mil metros de altura.

Para entonces el ejército mostraba más efectividad en sus acciones, los campesinos actuaban como delatores, y los más flojos desertaban y daban declaraciones, como es el caso de Camba (Orlando Jiménez Bazán) y León (Antonio Rodríguez Flores), quienes luego de abandonar la guerrilla a finales de septiembre, fueron apresados. Conminados a hablar dieron «abundantes noticias de Fernando, su enfermedad y todo lo demás, sin contar lo que habrán hablado y no se publica», según anotaciones que hace el Che el día 3 de octubre.

Por si fuera poco, la pérdida de Miguel (Manuel Hernández Osorio), Coco (Roberto Peredo Leigue) y Julio (Mario Gutiérrez Ardaya). «malogró todo y luego hemos quedado en una posición peligrosa». Los días que restan se presentarán angustiosos y difíciles para el mermado grupo de 17 guerrilleros, prácticamente sin vanguardia. Se acerca  la etapa más «angustiosa y difícil».

En su libro «Seguidores de un sueño» —Casa Editorial Verde Olivo, 2007— la colega Elsa Blaquier Ascano (esposa de René Martínez Tamayo), relata lo acontecido luego las dos horas perdidas en el descanso nocturno:

Sobre las cuatro «continuaron el avance hasta la unión de las quebradas del Yuro y San Antonio. Poco después detectan la presencia del ejército que comien­za el cerco, situación que lleva al Che a recoger las exploracio­nes e internarse en la Quebrada del Yuro para evitar ser detectados durante el día, pues en ese instante se encontraban a 200 metros de la cima de una elevación, y si los soldados no lo detectaban podían ganar el firme en las primeras horas de la noche y romper el cerco».

De acuerdo con el testimonio del hoy general de brigada Harry Villegas Martínez, en su libro «Pombo, un hombre de la guerrilla del Che» el Guerrillero Heroico estableció la defensa «sin dejar nada al azar»: Antonio (Orlando Pantoja Tamayo), Chapaco (Jaime Arana Campero), Arturo (René Martínez Tamayo) y Willy (Simeón Cuba Sanabria), a la entrada de la quebrada.  Benigno (Dariel Alarcón Ramírez), Inti (Guido Peredo Leigue) y Darío (David Adriazola Veizaga ) en el flanco izquierdo «para garantizar la entrada y asegurar una posible retirada por el lugar». Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca) en el flanco derecho —en una especie de puesto de observación—, y Urbano (Leonardo Tamayo Núñez ) y él [Pombo], en el extremo superior.  « […] También tuvo en cuenta un primer lugar donde encontrarse de entrar en combate, otro para reagruparse estratégicamente y hacia que zona debían ir si se dispersaban».

Pasada la una de la tarde —cuando el Che envió a Ñato (Julio Luis Méndez Krone), y Aniceto (Aniceto Reinaga Gordillo) para que relevaran a Urbano y a Pombo—el ejército los detecta, generalizándose el tiro­teo. Las fuerzas enemigas ocupan una altura similar a la de Pombo y Urbano y dominan una parte del lecho de la quebrada por la que los guerrilleros se ven impedidos a pasar. Ante la situación, Pombo hace señas a Aniceto para que busque instruc­ciones del Che. Al regreso informa a Nato que ya no estaba y cuando intenta llegar hasta donde están los dos guerrilleros cubanos, Aniceto es herido en un ojo, y muere de inmediato.

Durante más de dos horas se escucha el ruido ensordecedor de las ametralladoras, bazucas, morteros y granadas hasta que el tiroteo se va alejando quebrada abajo. Cuenta Pombo que junto a Urbano y Ñato llegan al punto donde está el puesto de mando, pero ya el Che se ha retirado, llevándose el radio de la mochila de Inti, y dólares y documentos, de la de Pombo. La pregunta de todos es ¿dónde está el Che?

Por su alto sentido humano y ejemplar solidaridad se llegó a la conclusión de que se había llevado a los enfermos por el lugar donde detectó no estaba cerrado el cerco.

En el libro de Blaquier Ascano, según Gary Prado —entonces capitán y jefe de una de las fuerzas que participó en el combate—, «la firme posición de bloqueo organizada por Antonio y Arturo detiene el avance de la sección del sargento Bernardino Huanca, armada de ametralladoras y bazucas, hasta que un ataque con granadas ocasiona la muerte de los dos guerrilleros», y Pacho es alcanzado por una bala. Herido, el Che continúa la marcha con Willy y El Chino, con el propósito de alcanzar la altura que les permitiría ganar la otra quebrada.

Según se ha sabido —aclara la periodista— el encuentro de los soldados Balboa, Choque y Encina con el comandante Guevara y Willy resulta casual, cuando se disponían a instalar un mortero. En ese momen­to el Che curaba su pierna herida, y «estaba desar­mado, pues su carabina quedó inutilizada por un tiro en la recámara, y la pistola carecía de cargador».

Una vez capturado —y ante la duda de que sea el buscado jefe guerrillero— Huanca avisa a Gary Prado, quien ordenó llevar los prisioneros hasta un árbol distante unos 200 metros. De inmediato notificó por radio a Valle Grande: «Prado desde Higuera, caída de Ramón confirmada, espero órdenes qué debe hacerse. Está herido».

A las cinco de la tarde, «sin brindarle ningún tipo de atención a los heridos, iniciaron la dificultosa marcha hacia el poblado de La Higuera. El Che iba al frente, con las manos amarradas y escoltado por varios soldados, detrás Willy, luego Pacho soste­nido por soldados, pues no podía mantenerse en pie, finalmente los cadáveres de Antonio y Arturo».

El propio Gary Prado, en el libro  «Cómo Capturé Al Che» (1º Ed. 1987) refiere que el ingreso a La Higuera  «constituye casi una procesión, pues se lleva a tres soldados de la Compañía “B” heridos y un muerto, en camillas improvisadas, así como a los dos guerrilleros caídos en el combate, luego vienen el Che y Willy caminando en medio de un dispositivo de seguridad y luego el resto de la tropa que combatió ese día». A las siete y media de la noche llegan a la humilde escuelita de adobe, paja y piso de tierra.

A las diez de la noche el coronel Zenteno Anaya envía una escueta orden: «Mantengan vivo a Fernando hasta mi llegada… ».

El escritor, periodista y pedagogo boliviano Víctor Montoya, en el artículo «Pasajes y personajes de la guerrilla de Ñancahuazú» relata con lujo de detalles:

«Al día siguiente, a primera hora, un helicóptero atestado de militares de alta graduación aterrizó en La Higuera. Andrés Selich fue el primero en interrogarle al Che. El militar le aventó un golpe en la cara y el Che le escupió a los ojos. Se sabe también que el general Alfredo Ovando Candia, a tiempo de dar órdenes a su subalterno, dijo: “Liquidé a los prisioneros en la forma que sea, pero liquídelos”. Seguidamente, los mismos autores de la masacre en las minas, subieron al helicóptero y se ausentaron hacia la sede de gobierno.

«Pasado el mediodía, los asesinos cumplieron las órdenes. Un cabo y un teniente entraron en el aula, donde estaban el Chino y Willy. Se plantaron cerca de la puerta y apuntaron sus M-1 respectivamente. “¡De cara a la pared!”, ordenó el teniente. “Si usted me va a matar, quiero verlo”, replicó Willy. A los contados segundos, una descarga de fuego desplomó a los guerrilleros.

El coronel Zenteno Anaya, protagonista principal del Churo, transmitió las órdenes de ejecutar lo determinado por los asesores de la CIA y poner punto final a uno de los episodios más trascendentales del foco guerrillero en América Latina».

En 1977, la revista semanal francesa Paris Match publicó el testimonio del suboficial Mario Terán, quien, borracho, ultimó al Che:

«Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden —confesó—. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: “Usted ha venido a matarme”. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: “¿Qué han dicho los otros?” Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: “¡Eran unos valientes!” Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. “¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!” Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto».

Los documentos del Che pasaron de su mochila a un cajón de zapatos, «que depositaron en la caja fuerte del Alto Mando Militar Boliviano», clasificado como «secreto militar». Su fusil, «fue a dar a manos del coronel Zenteno Anaya». Su reloj Rolex «a la muñeca del coronel Andrés Selich. Y la pipa, al bolsillo del sargento Bernardino Huanca…».

La mayoría de los protagonistas del asesinato del Che están muertos.  La gesta de Che Guevara, no fue de nadie en particular. Pasó a inscribirse en la historia universal como la del Guerrillero Heroico, quien desde entonces continúa llamando a la humanidad: ¡Hasta la Victoria Siempre!

 

Nota: Los restos de Che, Alberto, René, Orlando, Aniceto y Juan Pablo descansan, desde el17 de octubre de 1997, en el Memorial Comandante Ernesto Che Guevara, en Santa Clara.