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07/04/2012 0:15:25

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

El 1º de febrero de 1967, la guerrilla boliviana emprendió su camino hacia el norte en busca del teatro de operaciones. El día 26 el Che escribió en su diario: «En medio de la lluvia llegó Pedro conduciendo a Coco y tres reclutas nuevos: Benjamín, Eusebio y Walter. El primero, que viene de Cuba y va a la vanguardia. […] De los 3 nuevos, 2 parecen firmes y conscientes». La apreciación del jefe resultó certera. 

 

En lo adelante, más escollos sumamente difíciles de superar, marchas y contramarchas, fatigosas jornadas machete en mano para abrir caminos por donde adentrarse en la tupida y ignota vegetación; avances hacia zonas más altas, de espinoso y obligatorio acceso, cubrirían el avance del grupo guerrillero a través de las montañas.

Benjamín Coronado Córdova el maestro boliviano, sobresaldría por la firmeza de carácter y un inquieto espíritu emprendedor que sólo tenía como limitante su complexión endeble, poco capacitada para soportar tensiones físicas extremas. 

Magro de carnes sí, pero nunca de los flojos. Benjamín jamás pertenecería a esa estirpe que tantas veces recriminó el Che a cierto tipo de guerrilleros caracterizados por apelar a «métodos torcidos» para abandonar el grupo, que ya sufría los rigores del hambre y de las prolongadas e infructuosas caminatas. Si estaba en la guerrilla nada le detendría. Estaba allí por convicción y no porque nadie lo hubiera embullado ni seducido.

Pero el destino no le favorecería. Veinticinco días más tarde, se convertiría en el protagonista de un suceso, muy doloroso para la columna rebelde que prácticamente acababa de iniciar su vida en campaña. Al respecto el Che anotaría en su Diario:

«...Seguimos caminando, tratando de alcanzar el Río Grande, para seguir por él. Lo logramos y se pudo seguir durante un poco más de 1 km., pero hubo que volver a subir pues el río no daba paso en un farallón. Benjamín se había quedado atrás, por dificultades en su mochila y agotamiento físico; cuando llegó a nuestro lado le di órdenes de que siguiera y así lo hizo, caminó unos 50 ms. y perdió el trillo de subida, poniéndose a buscarlo arriba de una laja [...] hizo un movimiento brusco y cayó al agua.

«No sabía nadar. La corriente era intensa y lo fue arrastrando mientras hizo pie, corrimos a tratar de auxiliarlo y cuando nos quitábamos las ropas desapareció en un remanso. Rolando nadó hacia allí y trató de bucear, pero la corriente lo arrastró lejos. A los cinco minutos renunciamos a toda esperanza. Era un muchacho débil [...] pero con una gran voluntad de vencer, la prueba fue más fuerte que él [...] tenemos ahora nuestro bautismo de muerte a orillas del Río Grande, de una manera absurda. Acampamos sin llegar al Rosita a las cinco de la tarde. Nos comimos la última ración de frijoles».

Eliseo Reyes dejó también constancia del hecho en su diario: « [...] A las 16:00 tuvo lugar un accidente muy lamentable y doloroso  [...] saltamos al agua pero fue imposible encontrarlo. La corriente me llevó por unos 600 metros, mientras estaba buscando, en menos de 10 minutos. Ello da una idea de la rapidez de la corriente en este punto y la profundidad era enorme [...]».

El cuerpo del joven guerrillero nunca se encontró.

Nacido el jueves 30 de enero de 1941en la ciudad de Potosí, capital del departamento del mismo nombre, Benjamín se educó en La Paz y mostró desde pequeño insatisfacciones por la situación de su pueblo. En la Escuela Normal estudió magisterio y se integró a la lucha por reivindicaciones sociales y políticas.

«En esa época comenzó su lucha. En una opor­tunidad llegó un compañero y me dijo: “A su hijo le han tomado preso”. Estaba encarcelado junto a Inti, Guido Álvaro Peredo Leigue. Después vino la militancia en la Juventud y el Partido. […] Era inquieto, cariñoso, muy chistoso y buen hijo», recuerda su madre, Geraldine Córdova.

De su matrimonio con Hortensia Lira Cazón, nacieron Ninoska, Zoya e Iván. Benjamín es recordado con gran respeto y cariño por su esposa, colegas y alumnos de los poblados mineros de Machacamarca y Coro, donde junto con su compañera ejerció como maestro.

Al libro Seguidores de un sueño, de la periodista Elsa Blaquier Ascaño pertenecen los siguientes pasajes testimoniales:

«Era un hombre muy preparado, culto, le gustaba bailar, evitaba tomar, pero nunca faltaba en su mano un cigarrillo. Leía mucho, al extremo que cuando cogía un libro interesante no dormía, yo a veces despertaba al ama­necer y lo veía a mi lado leyendo, cuando le decía que debía descansar, respondía que no podía dejar el libro», relata la esposa.

«A fines de 1963 decidió estudiar Derecho, que era su gran ambición. Hasta 1965 fue un constante ir y venir a congresos, conferencias del Partido, del cual era uno de los más jóvenes miembros, pues por edad le correspondía estar en la Juventud Comunista boliviana, pero sus méritos le llevaron pronto a integrar una célula del PCB.

Desde los tiempos de estudiante ella conocía sus inquietudes políticas, lo admiraba por su decisión y la entrega que demos­traba hasta cuando salía por las calles junto a Inti a vender el periódico Unidad, de circulación clandestina, y sin amilanarse pregonaba las noticias.

«Por ese entonces recibió un telegrama de Inti llamándolo con urgencia y, no obstante sus deseos de estar junto a los peque­ños, cumplió el pedido del compañero, comunicándole a la madre y la esposa que iría a estudiar mediante una beca.

Hortensia Lira recuerda que meses después le envió noticias y unos regalos para ella y los muchachos, junto a una nota donde decía que estaba luchando por una patria mejor. A Ninoska, Zoya e Iván, que en aquel entonces contaban con tres años, dos años y siete meses, respectivamente, dejaba el siguiente legado: «Yo siempre los voy a querer a ustedes, y si en el trayecto algo me pasa, tomen mi fusil y sigan mis pasos».

En 2010 Ninoska estuvo en Cuba y fue entrevistada por Arnaldo Vargas Castro para Radio Angulo, en Holguín. Refiere el colega que como su padre «Ninoska también estudió en Cuba. En la tierra de Martí y de Fidel ella se hizo médico, y actualmente presta servicios en el sureño departamento de Talija, donde reside». Cuando su padre se perdió en las aguas arremolinadas era muy pequeñita:

«Crecí sin su presencia física, pero sí espiritual y tomé su legado, porque fue un hombre bueno y no podía ser de otra manera. Me sumé a la lucha por nuestra causa y aprendí mucho de Cuba, un pueblo al cual amo, apoyo y por el cual daría mi vida.»

La primera pérdida de un compañero golpeó a todos. Su muerte hermanó en el dolor al heroico destacamento de combatientes cubanos y bolivianos.