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24/02/2012 17:58:20

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

(Este texto constituye la presentación de un CD-R que será promocionado el domingo 26 de febrero como parte de las actividades de clausura de la XXI Feria Internacional del Libro, en Santa Clara).


El humor gráfico, como la música, puede considerarse también el más universal de los lenguajes, y aunque a veces requiere sus «globitos», a la inmensa mayoría de los humanos no le cuesta mucho trabajo decodificar el mensaje.  

Al humor le han etiquetado la frase «arma de doble filo». Y lo es, tanto como una inyección letal que pone en tensión —de solo exponerse a la jeringa— al más confiable de los amigos y al más subversivo de los enemigos. De ahí su capacidad para provocar la risa, la sonrisa, la carcajada... o la mueca. 

Como en una clase, el humor también puede llevar a la meditación y a la reflexión, y cuando se trata del bueno-bueno, es capaz de incomodar, hacer llorar (de rabia) y hasta matar de un infarto al más flemático de los miocardios.

Respecto a los humoristas suele decirse que son todos unos jodedores muy serios, razón por la cual siempre caen simpáticos y el pueblo les admira y respeta.

Ellos constituyen una especie de galenos del alma, y a la vez de galanes verdugos, capaces de guillotinar al pinto de la paloma.

Verdaderos equilibristas andan y desandan de extremo a extremo —con o sin vara— la cuerda floja de la sociedad, escrutándola desde alturas imprudentes, sin miedo y sin temores.

Los humoristas son  capaces de dislocar la pasividad y despedazar las rutinas; enloquecer a los burócratas y trucidar a los corruptos; atemorizar a los atrevidos y desvitaminizar a los políticos.

Y por si fueran pocas tan saludables misiones, están aptos para crucificar mediocres y desbrozar de mala hierba las oficinas de ejecutivos y empresarios, amén de otros incensurables privilegios como caricaturizar a artistas y celebridades con solo exagerar orejas, labios, narices, frentes, barbillas, dientes, calvas y demás partes visibles e invisibles del «corpus vital» de personajes y personeros, sin importarles muchos sus joyas, sus bolsas e influencias.

En todo esto yace la causa del efecto de gracia del humor más allá de sus modos, géneros, expresiones y manifestaciones, y que en el caso de los humoristas gráficos se cuentan tantos como estilos y firmas se conocen, llámense Celia, Pedro, Roland, Linares o Martirena, responsables de darle vida y animar Melaíto, suplemento humorístico que vio la luz cuando Villa Clara era Las Villas y toda Cuba un enorme y laborioso panal de hombres y mujeres dispuestos a alcanzar en 1970 los diez millones de toneladas de azúcar.

Fue una rara concepción bajo el signo de las ideas e intenciones propulsoras. Sin que ni  astrólogos ni científicos hayan podido determinar el día exacto en que lo gestaron, allá por julio de 1968.

Sin embargo, fue en una reunión donde el entonces primer secretario del partido en Las Villas, Arnaldo Milián Castro, planteó la idea de incorporarles dibujos al suplemento «100 días», que circulaba cada sábado junto con el periódico Vanguardia. Compuesto fundamentalmente por fotorreportajes de Jesús Hernández Santana, este anexo estaba dedicado íntegramente a las contiendas azucareras de cada año.

No se hablaba aún de humorismo, sino de «aligerar» aquellas páginas, con anécdotas jocosas sobre un tema  de gran incidencia en la provincia y no menos repercusión nacional dada la cantidad de centrales existentes en el territorio central.

Así que del dicho al hecho. Alfredo Nieto Dopico, director del diario; Nelson Pérez Portal (Chispa), diseñador de páginas; y Pedro Méndez Suárez, por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y en el futuro máximo responsable de la pandilla, pusieron de inmediato manos a la obra.

Confiesa Pedro que él solo hacía «muñequitos», que no sabía nada de plumillas ni tinta china, pero que hacía falta gente dispuesta y por eso aceptó la tarea. “Lo que hacía falta era mucho entusiasmo y vocación”, afirma.

De ahí que se dieran a la tarea de captar sobre la marcha, pero sobre todo, escudriñando en los murales para contactar con quien hacía el cartelito o el chiste para los murales en los centros de trabajo que visitaban.

Así descubrieron a Roland, «arrebatado» de inmediato de la nómina de Planta Mecánica, a donde había ido a parar  luego de abandonar la carrera de ingeniería, porque no le «entraba el cálculo diferencial ni las matemáticas». Más adelante se sumarían Celia Farfán González, como formalista y diseñadora;  y Francisco Rodríguez Ruiz (Panchito), quien decidió dejar de una vez y para siempre las construcciones de hormigón para abrirse camino en su afición de niño: la caricatura.

De ese modo fue tomando cuerpo el niño, núcleo central que alcanzaría talla increíble con decenas de colaboradores, provenientes de otras regiones y municipios.

Maritza Ávila, por ejemplo,  sorprendió con textos enviados desde el central «Mariana Grajales»; René Batista Moreno, que además de décimas y decimistas, aportó puntas para plumillas; Ricardito Artiles, Jesús Consuegra y Joaquín Castell, con sus cuartetas chistosas; el incansable Samuel Feijóo, el animador Argelio García (Chaflán), y el venerable poeta Leoncio Llanes, quien con más de seis décadas de existencia subía reiteradamente las escaleras de Vanguardia, para enmendar espinelas ajenas, y escribir las propias. 

Semanas tras semanas la lista crecía. Y aunque puede que no aparezcan en este texto signado por la cubanísima prisa, apurillo y corre-corre melaístico multimediático, se sabe que también sumaron sus creaciones, desde tiempos fundacionales hasta los últimos años y sin «fanatismos geográficos»:

Betán, Alexis, Blanco, Lillo, Albenz, Pegón, Lema, Polo Peña, Benjamín, Feddor, Tito, Janler, y algunos más que habría que encontrar hojeando y fichando con calma, paciencia y tiempo lo que quedó de la colección de Melaíto, que un día de ceguera documentalística fuera a nutrir los fondos de Materias Primas.

Pero dejando atrás lo que ya no tiene remedio, ¡al fin!, el 20 de diciembre de 1968 este muchacho travieso con sabor a melado, salió corriendo «a millón» , para la dicha y felicidad de Milián, Nieto, Chispa, Pedro, Roland… y de un montón de trabajadores de los campos y ciudades de Santa Clara, Cienfuegos y Sancti Spíritus, volcados en los surcos donde sembraban, cortaban y apilaban la caña de azúcar, que dos años después no alcanzaría para completar las toneladas soñadas.

Qué parto en medio de las precariedades de aquellos años previos a la contienda azucarera más ambiciosa de la historia de Cuba.

Cuentan que al muchacho no hubo que palmearle los glúteos para que emitiera sonido alguno, y que en lugar de llorar salió gritando «A millón hasta los 10»,  expresión que le sirvió como primer apelativo a la publicación, y que en muy breve tiempo cambiaría, en el cada vez más popular de los bautizos por Melaíto.

Pero Melaíto no era sino Mela-ito, personaje con rasgos asiáticos concebido por Orlando Marín para ilustrar las décimas del periodista Ibrahím Pérez Gómez. Dispuesto a derribar no solo caña sino incomprensiones y cualquier actitud negativa que pudiera poner en peligro la producción de azúcar, este personaje desaparecería «físicamente» y terminaría  inscribiéndose en los registros del humor gráfico cubano cuando tuvo la mochita-símbolo que dibujó René de la Nuez, llegado desde La Habana.

Y a millón también debieron andar el taller de composición y la rotativa, pues llegaron a salir con todos los colores que permitían las tintas al mezclarse. ¿Cuántas horas de pruebas precedieron aquella primera tirada de decenas de miles ejemplares?

¿Cuántas innovaciones mecánicas y eléctricas cada vez que la máquina impresora traída del Zig-Zag, sufría los repentinos achaques de la vejez? ¿Hasta dónde reprocharles a aquellos valientes hierros, engranes y rodillos el cambio repentino de colores, las paradas a destiempo y otras trabazones?    

Y aunque ya no existe ni la sombra de los talleres ni de la rotativa, pasados 43 años del alumbramiento, se les recuerda con cariño y devoción: Esteban Díaz, y Esteban Chaviano, operadores; Yayito, electricista; Ramón Barreras, (fotograbador); José Rodríguez (el Rubio), Jorge Hernández, Jesús Pérez, cajistas.

La rotativa podía fallar, pero no aquel semanario nacido para convocar, criticar, hacer reflexionar. En otras palabras, «cortar bajito y de un solo tajo», como planteaba la consigna que recorría la Isla de Oriente a Occidente y de Norte a Sur, inspirando e impregnando en hombres y mujeres de los más variados oficios y profesiones, el espíritu que reclamaba la ingente batalla productiva.

Cuatro décadas y tres años acaba de cumplir esta gente  muy seria y experta a la que pesan más los premios, los libros y las exposiciones,  que los años, esa inexorable y traicionera suma de horas, días, semanas y meses sucesivos, culpable en última instancia de olvidos, desmemorias y «lapsus mentis» imperdonables.

A contrapelo de lo que cualquiera a esa edad haría (comenzar a darle marcha atrás al calendario), y con los beneficios del software y las herramientas digitales, los de Melaíto no intentan borrarse las arrugas o clonarse la calvicie con los pinceles y la varita mágica del Photoshop, si no pregúntenle a Adalberto Linares Díaz (Linares), llegado en 1973.

Y aunque los que siguen no están tan a la mano como el mulatico de arriba, pudieran dar fe asimismo Suco, Delvys Catoni, Alberto Morales (Ajubel) y Damián, quienes en diferentes etapas y circunstancias compartieron la nómina del flamante semanario, devenido mensuario luego de los rigores de la década de los 90, más conocida como Período Especial.

Todos ellos, sin olvidar a Alfredo Martirena, benjamín de la tropa y adelantado de las nuevas tecnologías, cuya mochilla de competiciones yace tan atestada de lauros como las páginas de Internet, de sus chistes y caricaturas.

De la tinta china a los recursos digitalizados, Melaíto pasó lento pero aplastante, tanto, que ganó, ya entrado del siglo XXI, la vanguardia nacional al convertirse en la primera publicación humorística cubana, totalmente concebida y editada en esa tecnología.

No, ¡nada de envidia!, porque Vangang (Santiago de Cuba), Van Van (Matanzas) y demás hermanos que vieron las luz en varias capitales de provincia, por igual época y con igual objetivo político,  no rebasaron la amarga realidad de los millones de toneladas de azúcar imposibles producirse.

Pero Melaíto superó la pesadilla, o mejor, como dijera el propio Comandante en Jefe, convirtió el revés en victoria, hasta entrar en una década de los 80, feliz y vigorizado.

Luego vendrían años difíciles en que casi casi desaparece. Sin que le amedrentaran caídas tan estrepitosas como la del muro de Berlín, y en adelante las del llamado bloque de países socialistas de Europa, Melaíto  continúo fiel a su espíritu de sobrevivencia.

Aunque fue en otros muros criollísimos de pueblos y ciudades donde Melaíto (a falta de papel y la consecuente restricción de su tirada) implantó la supervivencia del caballete colectivo para que nadie, como a Cuba, pudiera tumbarlo. Improvisados murales en vidrieras, innovadoras tintas y colores.  Para bien de aquella época redentora de lo nacional, y de las escuálidas tiendas de ropas, lúgubres calles, y semiderruidas galerías. 

Desde entonces han transcurrido algo más de dos décadas, sin que los lectores hayan dejado de saborear el popular suplemento humorístico, no obstante haber pasado de ocho a cuatro páginas y de semanario a mensuario.

Para bien de todos, a sus 43 años, Melaíto sigue vivito, coleando y gozando cada día de mejor salud.

Le queda pendiente reconstruir su historia. Para que no se pierda, ni de aquí ni de allá, que equivale a decir del corazón de los actuales villaclareños, y de ¡sabe Dios! qué otras provincias donde se les revende, y otros países a donde se les exporta en sobres y con sellos de correos.

Porque, aunque ya navega por la http://www.vanguardia.co.cu/, nada como el olor y sabor de la tinta impresa para exaltar al hombre común, al cubano de hoy y de siempre, al de la casa propia, al de la casa  de todos.

Melaíto nació para andar y desandar, de extremo a extremo, la sociedad. Por eso continúa escrutándola, sin miedo y sin temores, desde una cuerda fascinante y peculiar: el humor gráfico, un catalejo universal y perfecto.