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16/10/2011 12:00:53 AM

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Esta vez el mensaje en «cadena», por correo electrónico, me puso a pensar. No se trataba de una oración a algún santo patrono, tampoco de una rogativa por la salud de alguien,  ni de uno de esos chistes que circulan en diapositivas para que usted lo reenvíe a su lista de conocidos. Se trataba, nada más ni nada menos, que de un mensaje publicitario, muy breve, instándome a regalar una bandera cubana a mis amigos.

 

«Desde ya puedes comprar la bandera de mesa de Cuba. Para comprar la bandera de mesa de Cuba pulse el siguiente enlace: bandera de mesa de Cuba»: http://www.flagsonline.it/asp/bandera-de-mesa.asp/bandera_Cuba/Cuba.html

A un solo clic de distancia y a varios minutos de conexión ya estaba en una página europea. Y en ella, tentadoramente lumínico, el icono tricolor de la insignia nacional, «100 % hechas en Italia»,  en poliéster naútico,  en diferentes medidas y precios. La más pequeña (14 x 21 cm) 4,00 Euros. La más grande (300x450 cm) 450,00 Euros.

Llevada por el interés de ¿comprar? solo una para mi casa, decidí ampliar la búsqueda. Entonces fui a parar a un foro, en México. La pregunta: «¿Dónde puedo comprar una bandera cubana?». La respuesta: «Lo más cerca posible en Huamantla».

¡Ah!, el llamado pueblo mágico, una de las zonas turísticas más importantes ciudad de México, cabecera del municipio homónimo y capital del estado de Tlaxcala. Y pensé en una ironía del forista, que más adelante acotó: «Tal vez en una tienda de textiles te la hagan».

Y así «navegando» de aquí para allá y de allá para acá por la red de redes, hallé más de cinco sitios —todos fuera de mi país—donde conseguir esa hermosa «banderita»  que debiera adquirirse en cualquier establecimiento o punto apropiado y a un precio asequible al bolsillo de cualquier ciudadano con medianos ingresos.

Lo mismo pudiera  sugerir con el busto de José Martí, a veces omitido en sitiales claves, otros penosamente deteriorados en uno de esos llamados rincones martianos ubicados en cuadras o CDR, y los más limitados al patio escolar, cuando debería compartir la mesa de todo maestro o profesor.

Ello ayuda a fomentar el amor, el respeto y honor hacia la historia, las tradiciones, las instituciones, el idioma, los símbolos. Y en particular, esa insignia tricolor, hace crecer  el amor, que es también orgullo y razón. Por eso ha de sembrarse en el día a día, en lo cercano y perenne, y no en lo fortuito o legislado.

No digo ya al punto de los nacionalismos extremos que llevan a países como Estados Unidos a exhibir su blasón en no sé cuántos de los fotogramas de cualquier film. Eso es mejor llamarlo patrioterismo, egoísmo disfrazado de patriotismo, ensalzamiento desordenado a la patria. Digo tener mi bandera, tener mi Martí para acostumbrarme a ellos, para necesitar de ellos.

¿Por qué los artesanos no empiezan de inmediato a fabricarlos del mismo modo que cualquier tipo de pieza decorativa, urnas, útiles domésticos, íconos religiosos, llaveros, postales, etc., etc., etc.?

Sé de una investigación de mercado para conocer las motivaciones y preferencias de los clientes hacia un grupo de productos artesanales que oferta el Fondo Cubano de Bienes Culturales (FCBC) de Villa Clara,  elemento fundamental en el nuevo negocio, pues le facilita la información clave para la planificación de aspectos técnicos y económicos de la empresa.

Incluso, existe una división de ARTEX S.A., que comercializa una gran diversidad de productos culturales, específicamente souvenirs y reproducciones de artes plásticas, entre muchos otros productos.

Nuestros artífices, muchos de los cuales son egresados del Sistema de enseñanza artística, poseen una sólida formación técnica, enriquecida con el permanente ejercicio de la innovación y la inventiva.

Ellos están haciendo florecer muchos oficios y creando verdaderas joyas artesanales, donde la identidad cobra un nuevo rostro con las influencias que se proyectan desde las artes plásticas y el diseño contemporáneo, en cualquiera de sus manifestaciones, sean fibras, madera, metales, cerámica, vidrio, papel, piel, textiles, calzado, muebles…

Y concluyo para no tener que encargar mi bandera a Italia, ni a México, ni a ninguna otra parte del mundo. En el mío, aunque falten recursos, sobra ingenio.

Un país palpita con sus símbolos. Crece con ellos, diariamente y sin forcejeos, sin imposiciones, sin recetas… Y también con música. ¿Acaso no recuerdan aquello de «Quiero un sombrero/ De guano, una bandera/ Quiero una guayabera/ Y un son para bailar».

Entonces, estudio y ¡manos a la obra!