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14/05/2011 10:44:59

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

A partir de este mes de mayo, me he propuesto dejar de tomar el café de la cuota normada con destino a la población. Y no es que haya renunciado al «néctar negro de los dioses blancos», epíteto racista, cuyo origen confieso desconocer. He declinado, sencillamente, porque no me agrada la mezcla actual del aromático grano.

 

Ya sé que las dificultades económicas por las que atraviesa el país obligan a retomar aquellas mixturas que hicieron histórico al chícharo, lo cual no constituye un «secreto de estado». Sin embargo, prefiero las bondades de la bebida pura, dada nuestra tradición e idiosincrasia, y también por resultar menos dañina a la hora de unirse con los jugos gástricos.

La decisión responde a los bajos índices de producción nacional y al incremento del precio, que hoy se compra a mil 740 dólares en el mercado internacional, un 69 % más alto que el año anterior. 

Han caído los volúmenes de las cosechas y los rendimientos, según los investigadores, debido a la combinación de factores relacionados con suelo y el clima, y a otros sociales, tecnológicos y económicos. Desde hace años el tema preocupa a la palestra pública, constituye motivo de análisis de los economistas e inquieta a los productores.

En cuanto al chícharo, el precio también aumentó, pero en menor cuantía. Ante esta coyuntura, se determinó vender la bolsa de café de cuatro onzas (115 gramos) a 4,00 pesos en moneda nacional, para respaldar las entregas a la población. También, por acuerdo del Ministerio de Comercio Interior, se suprime la cuota normada a los consumidores de 0 a 6 años.

El café mezclado, está compuesto por un 50 % de café robusta y el otro 50 % de chícharo, para lo cual está garantizada la materia prima… ¡aunque no me estómago ni mi vieja cafetera italiana!

Mas, para que no haya problemas a la hora de preparar la infusión, el sobre trae impreso el modo de usar la cafetera. Se recomienda que el agua no sobrepase la válvula. El café añadido al colector o gorro no debe ser comprimido ni llenado completamente; mientras que la cafetera se colocará en la hornilla, preferentemente a fuego lento.

Tal vez la decisión me ayude a alejarme un poco de esas reconfortantes tazas que van y vienen de la cocina a mi mesa de trabajo mientras escribo, y que en exceso han acelerado mi músculo cardíaco al punto de infarto.

Entiendo y comprendo la coyuntura. ¡Pero jamás!—como me han sugerido en broma algunos de mis lectores y coterráneos—, le pondré a mi «Tecla con Café», el apellido de «¡Mezclado!», que no es lo mismo ni se escribe (se toma) igual.

¡Ah!, y lo del chícharo es cubano-cubanísimo. Al menos, no encontré el «guisantico salvador» en las listas de sucedáneos del café o de otras plantas cuyas semillas se han torrefactado, digamos: algarrobo, altramuz, bálanos, cebada o malta (cereal), soja, mistol, achicoria centeno, raíz de diente de león…

A juzgar por los nombrecitos y mis precarios conocimientos de granos y semillas, me quedo con los chícharos a lo cubano. Ya lo dice el refrán: «vale más malo conocido que bueno por conocer».

 

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