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12/01/2011 4:22:51

La muerte alcanzó a Celia Sánchez Manduley un día como hoy. Han transcurrido 31 años, y aún permanece fresco su recuerdo. A veces me pregunto por qué personas como ella no logran sobrevivir para gozar en plenitud la obra a la que dedicó su vida, en este caso la Revolución. Ha ella contribuyó con su sacrificio, con su lucha y con su esfuerzo.

«En Celia  —apunta Pedro Álvarez Tabío en su libro Celia, ensayo para una biografía— cobró carne la gracia inigualable de la mujer cubana, la frescura proletaria y campesina de nuestros trabajadores, la alegría vita de nuestros niños, la firmeza y el valor de nuestros combatientes. Todo eso permite recordarla para siempre, viva y vigente, presente y activa, como lo fue y será en el recuerdo de todos los cubanos: la más hermosa y autóctona flor de la Revolución, su fibra más íntima y querida, la más cabal imagen del pueblo.»

Celia era mujer presumida para su arreglo personal. Si andaba en traje de campaña, cuidaba siempre de lucir algún detalle que disminuyera la dureza del uniforme: una flor en el pelo, un asomo de color en los labios. Prestaba especial atención a su cabello lacio y bien peinado.

Su manera de vestir respondía a su personalidad de mujer cubana y sencilla. Jamás ostentó. Prefería la ropa de lienzo, las prendas de loneta. Fue Celia quien introdujo el uso de las prendas confeccionadas con saco de harina. Decía que nuestras telas estaban acordes con el clima del país y que eran parte de la identidad nacional.

Con frecuencia usaba calzado del conocido como corte bajo, y también alpargatas, bordadas o lisas. Decía que la alpargata era un calzado cómodo y fresco, que evitaba la formación de callosidades, y no se las quitaba porque tuviera que recibir a alguna personalidad. Celia, como decía Martí, llevaba la belleza dentro.

Sentía inclinación por el malva y el morado obispo, aunque tenía una especialidad exquisita para las combinaciones. El color era siempre una de sus preocupaciones fundamentales, ya fuera a la hora de seleccionar un tono para un uniforme escolar o de alguna otra actividad, o decidir de qué color pintar una obra. Prefería las paredes blancas y combinadas con el fuego de los techos de teja criolla.

Era conversadora, bromista, narradora y amena, al estudiar era enemiga de la hojarasca y empleaba un método muy personal: leía la materia y hacía una síntesis del tema, la estudiaba y la volvía a extractar, y hasta que no le dejaba reducido a sus aspectos esenciales, no pasaba a otro asunto. A las preguntas respondía de manera concisa, casi lacónica.

Fumaba un cigarrillo tras otro, trabajaba sin descanso y se alimentaba poco. En 1977 adelgazaba por día. Sus más allegados le aconsejaban que se hiciera un chequeo médico, escuchaba con atención, pero nunca hallaba tiempo.

En pocas ocasiones anteriores había debido interrumpir su ritmo de trabajo por razones de salud. Una, cuando se operó del tabique nasal. Otra, cuando sufrió serias lesiones en las córneas como resultado de un error en la aplicación de un colirio. Y una tercera, más seria, cuando perdió el oído derecho como consecuencia del golpe que recibió durante una jornada de trabajo voluntario.

Pero su férrea voluntad desbarató los pronósticos de los galenos, quienes le anunciaron que tardaría casi un año en recobrar completamente el sentido del equilibrio. A base de tesón y constantes ejercicios, no pasó un mes antes de que Celia caminara de nuevo normalmente. La virtual sordera de ese oído, sin embargo, la irritaba.

El 20 de julio de ese año comenzó a sentirse mal, le costaba respirar. Acudió a la sala de emergencia del hospital «Calixto García». Una «sombra en los pulmones», y dos días después, a operar de inmediato. Salió de su casa serena y dueña de sí, a someterse a una intervención que sabía muy riesgosa. Le extirparon un pulmón completo.

Cursaba entonces la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Escuela Superior del Partido «Ñico López», de ahí que, a solo seis días de ingreso convocara al equipo de estudio junto a su cama de convaleciente. Se sentía optimista. Les habló de su estado de salud y del éxito de la operación.

En agosto, reinició los estudios e hizo proyectos para volver a sus actividades habituales. Ni por un momento pasó por su mente abandonar o reducir su trabajo a causa de su estado de salud. Tampoco abandonó los estudios. A lo largo de 1978 participó en 34 clases y encuentros con los profesores, asistió a 20 exámenes y pruebas y se reunió 180 veces con el equipo de estudio, sin desatender sus demás obligaciones.

En 1979 parecía haberse recuperado totalmente. Recobró sus energías, dinamismo y disposición habituales. Recuperó los atrasos en la escuela, y participa o sigue de cerca acontecimientos muy importantes como la Conferencia Cumbre de los Países No Alineados, en La Habana, y el viaje de Fidel a la ONU, en el que ella integró la delegación. El 30 de noviembre toma parte en las actividades conmemorativas del levantamiento de Santiago. Fue su última aparición en público. Ya mostraba una sonrisa cansada.

La lucha de su espíritu contra la enfermedad, cuyo avance indefectible no había podido ser contenido a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia, entraba en su fase final. El desenlace fatal sobrevino a las 11:50 de la mañana del viernes 11 de enero de 1980.