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05/11/2010 17:08

Después de la caída del avión, de la tremenda explosión y de las llamas que parecían buscar el cielo ya no quedaba nada, sólo ese terrible olor de la carne chamuscada y el estremecimiento de la muerte. Desde el primer minuto, los guajiros serviciales del batey espirituano de Vanguardia, a apenas 2 kilómetros del lugar donde cayó el avión con 68 pasajeros, salieron corriendo, sin detenerse por las espinas del marabuzal, para tratar de para salvar a alguien, pero no pudieron.

Vecinos de Guasimal, Paredes, Mayábuna y un poco más allá llegaron también para intentar socorrer a las víctimas. El viernes, todos andaban en la calle, en los portales, entrecruzados con los corresponsales de la prensa extranjera, con las autoridades de la provincia y del país que han llegado al lugar. Los testimonios se cruzan: por momentos se contradicen, por momentos coinciden, como sucede siempre entre los testigos de una gran tragedia.

Me encaramé en un tanque y miré que todo se encendió

«Yo estaba echándole comida al caballo en esa plazoleta y sentí un ruido gordo, duro, pero miré al cielo y no veía nada porque había unas nubes. Luego lo vi, estaba plano, dio como tres vueltas, parecía que iba a caer aquí, pero empezó a dar tumbos, como un borracho, y a bajar rápidamente y se fue pegando al suelo hasta que sentí la explosión. Todo estaba en calma, no había viento, ni el molino se movía. Me encaramé en un tanque y miré que todo se encendió, sabía que allí no podía haber sobrevivientes. Entró mucha gente, pero no podían hacer nada, eso fue grimoso», contó a Escambray José Marín, vecino del lugar.

Cogió el caballo y salió rompiendo marabú por el trillo

Por su parte, Lisvanys Pérez recuerda que estaba recogiendo el ganado como a las cinco y media de la tarde y cuando escuchó la explosión cogió el caballo y salió rompiendo marabú por el trillo: «Nunca había visto una candela tan grande, llamas amarillo fuerte y después todo se ponía blanco, como si fuera de día. Se sentía el olor de la carne quemada, pero no vi ningún cadáver, sólo una maleta, con el carné del pasajero, su perfume. Regresé como a las doce de la noche y eso seguía lleno de gente».

Era una bola de candela que se veía a kilómetros de distancia

Los primeros que se acercaron al avión cuentan que después de la explosión grande se sentían otras más pequeñas y no pocos regresaron porque desconocían la procedencia y la carga de la nave. En medio de la oscuridad de la noche se abrían paso entre el marabú con los machetes y el instinto.

«Fuimos para tratar de salvar a alguien, pero aquello estaba explotando, era una bola de candela que se veía a kilómetros de distancia. No escuché nada, ni gritar a nadie», relata Jorge Luis Rosendo.

Llamó por el teléfono público para avisar del accidente

Dicen que enseguida Eneida Sánchez llamó por el teléfono público para avisar del accidente, al igual que una maestra del batey y alguien que traía un celular. No pocos salieron corriendo creyendo que la nave iba a caer sobre el poblado. Orlando, el taxista, sacó rápido su carro por si hacía falta trasladar a alguien.

Ayudó a las autoridades a llegar por los atajos

Una de las pocas mujeres que entraron hasta el lugar del siniestro y que como tantos de sus coterráneos ayudó a las autoridades a llegar por los atajos, Mirelda Borroto, muestra los rasguños de su piel por las espinas: «Vimos un pedazo de lata volar, aunque el avión nunca se encendió en el aire. Dicen que al principio se sentían gritos, tuve miedo a las explosiones y regresé».

Sólo vi un cinturón de seguridad

El joven Oisnel Sánchez, visiblemente conmovido, cuenta: «Llegamos oscureciendo, sólo vi un cinturón de seguridad. No podíamos hacer nada. Se comenta que los primeros en llegar sintieron un quejido, después todo explotó y no se escuchó nada más».

 

(Fuente: Escambray/Mary Luz Borrego)