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24/10/2010/ 09:34:30 

Opina la periodista española Rosa María Calaf, quien trabajó en TVE 37 años y fue su corresponsal más veterana hasta que salió de la cadena pública, el 1 de enero de 2009, por la aplicación de un polémico expediente de regulación de empleo (ERE).

Esta es una entrevista que recomiendo leer —salvando las distancias—, a aquellos directivos de los medios de prensa en Cuba, que aún no saben aprovechar el talento y la pericia de sus periodistas de mayor edad, por no hablar del amor y el apego que sienten por su profesión, algo que todavía les queda por aprender a las nuevas generaciones de colegas. Se publicó en el sitio web Cubaperiodistas, el 20 de octubre pasado.

Rosa María Calaf (Barcelona, 1945), es Licenciada en Derecho, titulada en Periodismo, Doctora Honoris causa por dos universidades. Ha cubierto algunos de los últimos grandes acontecimientos internacionales: de Moscú a Nueva York, de Roma a Pekín.

Les paso el texto completo:

—¿El periodista se jubila o, más bien, lo jubilan?

—Ni una cosa ni otra. No me parece que uno pueda jubilarse jamás del periodismo, del hecho de ser periodista, que es una forma de vida. Uno no puede dejar de ser como es; lo que ocurre es que ya no estás en la primera línea, porque ahí, sobre todo si haces televisión, no puedes estar por tu cuenta.

—Usted ha denunciado, en alguna ocasión, cómo las empresas, al prescindir de los periodistas veteranos, apagan, también, la memoria de la profesión. Nada bueno para el oficio.

—Sí. Mi queja, y no sólo mía ya que empieza a ser una percepción general, es que prescindir de la experiencia es malgastar la inversión hecha en la formación de esas personas. En los países más serios, y en cualquier profesión, procuran establecer enlaces entre las generaciones que llegan y las que están en activo; nadie nace enseñado. Hay que compartir lo que uno aprende por el camino, y no aprovechar esa experiencia me parece poco inteligente. Es más, en el caso de la televisión pública, me parece una malversación. El aprendizaje sólo se consigue haciendo camino, con el gerundio, y desperdiciar todo eso es muy poco inteligente si lo que se quiere es hacer buen periodismo. Ahora bien, si sólo se pretende entretener y convertir al espectador —en el caso de la televisión— en un ser no pensante, pues entonces mejor contar menos cosas.

—Le he leído que empezó con crónicas televisivas de tres minutos y que, en su última etapa, lograr un minuto era todo un éxito.

—Así es, se quiere un periodismo de titulares, muy efímero, con el que se busca impactar y nada más. La gente se acostumbra a ese lenguaje con el que no es necesario pensar y, claro, una crónica de tres minutos les parece, ya de mano, algo tremendamente aburrido. Pero la información no tiene que ser divertida, sino reflejar la verdad, y ser honesta y necesaria.

—¿Es el triunfo de la trivialización?

—Sí, sí, totalmente. Es eso, no gastar tiempo en asuntos importantes y, a ser posible, pasar por encima, tener entretenida a la gente.

—¿El periodismo riguroso ha cedido espacio al espectáculo?

—Así lo creo. Hay un diseño general y las empresas periodísticas están cambiando su objetivo, que ya no es la excelencia informativa, sino ganar dinero, simplemente. Se sacrifican los contenidos para hacer negocio.

—¿Quiénes son los responsables de esa situación: los periodistas, las empresas, los lectores, los espectadores?...

—Es una responsabilidad compartida, pero cuanto más poder de decisión se tiene, pues más responsabilidad hay, lógicamente. Los medios lo hacen, los políticos lo amparan, los profesionales nos adaptamos y la sociedad mira para otro lado con apatía e indiferencia. El resultado es obra de todos.

—¿Qué peligros deben enfrentar y evitar los profesionales del periodismo?

—Todo esto que estamos comentando. Tenemos que luchar para que el periodismo no se convierta en otra cosa, para que sea lo que debe ser y pueda ofrecer los elementos necesarios que necesita una opinión pública sana y bien informada. No otra es la clave para que la sociedad pueda tomar decisiones adecuadas; lo probable es que con una mala información tomemos decisiones inadecuadas. La opinión es libre, pero los hechos son sagrados.

—Sus crónicas destacaban por una perfecta elocución y un uso correcto del castellano. ¿Los profesionales que se han incorporado a la televisión en los últimos años tienen un registro lingüístico más pobre?

—Es un fenómeno que está relacionado con esa devaluación de la calidad. Es muy peligroso aceptar que todo vale: cedemos con el lenguaje y podemos continuar con otras cosas muy serias. Está claro que no se cuida el lenguaje, pero es que no se cuida ya en la escuela.

(Fuente: Cubaperiodistas / lne.es)