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Por Mercedes Rodríguez García (Por favor, leer hasta el final)

Cada día confirmo un poquito más que este mundo sometido a tantos desafueros capitalistas, ya no tiene remedio. Resulta que ahora los sepultureros belgas han propuesto un método para acabar con los costosos funerales y las cremaciones contaminantes. Nada más y nada menos que disolver el cuerpo sin vida en una solución cáustica y tratar el «producto de la misma forma en que se tratan las aguas residuales de una ciudad.»

Según ellos «se acaba el espacio para cementerios en las ciudades y la cremación de un cadáver entraña un costo ecológico», así que resulta mucho más práctico presurizar el contenedor con el fallecido «y, en poco menos de dos horas, sólo quedan cenizas minerales y líquido.»

Los expertos, sin embargo, insisten en que las cenizas no presentan dificultad para su reciclaje en los sistemas de aguas servidas, pero, si se prefiere, éstas pueden ser entregadas a los familiares para su custodia. Una especie de viaje al más allá a través de las alcantarillas y desagües hasta su destino final: el reciclaje en las plantas de tratamientos de aguas.

Naturalmente que el proceso desmiente la admonición bíblica de que «polvo eres y en polvo te convertirás», línea en la que se inscriben quienes critican la propuesta, apuntando a un presunto «mal gusto» y a una «falta de respeto» para con el fallecido.

La propuesta está siendo estudiada por la Unión Europea y, de contar con su aprobación, el procedimiento podría adoptarse en todo ese territorio y tal vez en otros allende el mar, pues ya los estados norteamericanos de Maryland, Oregón, Maine, Colorado, Florida y Minnesota aprobaron una ley que autoriza la puesta en práctica del procedimiento.

En Bélgica, los sondeos de opinión no han sido amables con quienes han propuesto la iniciativa. Las encuestas se han realizado solo entre los vivos, y delatan un rechazo general a la ecológica iniciativa.

A mi, particularmente, me da lo mismo. Primero, porque no vivo ni en Bélgica ni Estados Unidos. Segundo, porque después de muerta poco me importa lo que hagan con mi cuerpo que, si de cenizas se trata, cabe en un frasco de penicilina. ¡Pero eso de que me disuelvan dentro de un contenedor, no me gusta ni un poquito, mucho menos lo de viajar entre aguas pútridas para terminar reciclada junto a las inmundicias.

Doy mi voto por la cremación, mucho menos traumática, higiénica y hasta «elegante». No creo que su costo ecológico sea tan elevado comparado con la quema indiscriminada de los bosques y los residuales que escapan por las chimeneas de las grandes fábricas o flotan en mares, ríos y lagunas.

En Cuba, los funerales son gratuitos, los sepultureros más humanos, y aunque la cremación no se ha generalizado, sí es aceptada por la mayoría de la población. Yo la prefiero a la tumba fría y sucia donde pasado dos años irán a buscarme para trasladar mi osamenta a una pequeña cajita de mármol o metal llamada osario. Así que desde ya cuenten con mi voto por si la cremación se convierte en ley…

¡Ah!, y en caso de fallecimiento lo dejo digitalmente escrito: que me quemen, por herética residente, como a Juana de Arco,  en una hoguera; o como a Indira Gandhi, sobre un pira de sándalo. Luego, que lancen mis cenizas desde la azotea del edificio de doce plantas donde vivo, o de cualquier otro entorno al Parque Vidal de mi querida ciudad de Santa Clara.

De no ser posible por desacostumbrado, o por la escasez de de combustible diesel para los hornos, tendré que ir a la tumba fría donde yacen mis familiares de quienes heredé la única y verdadera propiedad que disfrutaré para siempre en esta criollísima y patriótica vida cubana.