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Por Mercedes Rodríguez García

El 3 de abril de 1984, día de su cumpleaños, ya el vientre de María del Carmen Hernández Carus, profesora de Control Automático en la Facultad de Automática de la Universidad Central de Las Villas, estaba a punto de eclosionar. Quince días después, el 18, no aguantó más y dio a luz a la segunda de sus tres hijos: Leticia, a la que siempre llamó «Ele», por la letra inicial del nombre.

«Ella es la persona que más extraño aquí», me escribe Leticia, desde Haití, a donde marchó casi recién egresada de la primera promoción de la carrera de Periodismo en Villa Clara, y la cual, estoy segura, pensó en viajar nunca e intempestivamente al «Infierno de este mundo», como ella misma tituló las primeras, sentidas y bien logradas crónicas, sobre la inimaginable catástrofe que sufrió, y sobrelleva aún, la nación más empobrecida del planeta.

«La realidad supera con creces las lecciones aprendidas en clases, profe.» Bien lo sé. Ningún libro explica cómo atemperar el dolor ni sobrellevar la rabia; tampoco muestran recetas para salvar las nostalgias que impone el alejamiento de los seres queridos y la tierra que nos vio nacer.

¿Recuerdas, Leticia, la noche cuando te avisaron que en la madrugada partirías para Puerto Príncipe?  Nada más que una llamada a mamá para decirle, «me voy». Y del otro lado del teléfono su voz siempre cálida: «Cuídate mucho, Ele.» Y luego, cuando te informaron que se alargaría tu estancia en Haití y de nuevo la imposibilidad de verla antes de salir ella a cumplir misión en una universidad de Mozambique. Mira como te reconforta:

 «Ele, hay otras gentes peor que tú. (...) Yo estoy contenta porque tú estás en un momento importante de tu carrera, aprendiendo del periodismo en campaña y de las miserias y bondades humanas. Un año lo pasa un sapo debajo de una piedra, cuando abras los ojos estoy de vuelta. Además lo más importante es que yo te llevo en mi corazón donde quiera que vaya.»

Fíjate, Leticia, qué atinadas sus reflexiones: « ¿Tú sabes cuánta gente se ha separado de su familia por tiempo indefinido para ser útil a otros? Piensa en los hijos de Che que no pudieron estar con él ni un poquito porque su papá estaba pensando en los hijos de otras gentes que lo necesitaba. Piensa en el presidio de Martí siendo un jovencito. Piensa en la vida que tuvieron nuestros mártires en las montañas para que tú pudieras ser lo que hoy eres. Piensa sobretodo en Jesucristo, que siendo Rey de Reyes y Señor de Señores, se humilló al extremo por todos nosotros. Esa es tu trinchera. Nosotros estamos orgullosos de ti. Estamos contigo y tú estás con nosotros, no estas sola en esto.»

Mamá es extraordinaria. Por eso te pide «no desmayes nunca. Solo los valientes alcanzan la corona. Si no nos ves pronto, nos veras más tarde, de todas formas nos verás. Escribe mucho y bien, lee, comparte con los demás que están allí, como tú. Lo mejor está por venir. Un abrazo muy fuerte mi hija querida. Ele, tu mamá, que es quien más te quiere y te añora, sabrá esperar. Hazlo tú también.»

Leticia, Me resulta gracioso como mamá te evalúa y sugiere nuevos temas. «Ele, leí el trabajo de hoy sobre la pelota, ¡verdad que hasta pelotera te has vuelto en Haití!  Te quedó bien. Estaba pensando que ya no te queda ni de que hablar. Ayer vi en la televisión que Mentepollo dice que iba para allá, ahí tienes otro tema (...) Sale a caminar por los lugares que estén menos maltrechos, visita a la gente de la Brigada de Kcho.» La recomendación viene de cerca, mas, tiene razón.

¿Y qué decirte cuando le comentaste que estuviste en el lugar más pobre que habías visto en tu vida, de lo afortunado que éramos los cubanos y que la juventud nuestra debería saber de miserias como las que viste entonces? «Hola, Ele. Me imagino lo desagradable del día de ayer, los jóvenes de este país no saben ni medianamente la miseria de este mundo, si así fuera algunos no serían tan simplones. Me alegró mucho ver algunas intervenciones en el congreso de la UJC, hay que tener esperanzas. Tú amigo, el poeta, leyó la declaración de la juventud contra el oprobio, y yo hasta lo aplaudí. Otro dijo que hay que trabajar para que a los jóvenes les importe más un libro que un jeans. Y así varios, pero es muy fuerte lo que vende el otro bando. Yo sigo haciendo lo que me toca por trasmitir lo verdaderamente importante a quienes me rodean.»

Mamá está muy orgullosa de ti. Quienes te dimos clases en Periodismo, también. Ahora más que nunca tus reportajes se pueden evaluar de cinco. Aunque María del Carmen los califica de manera muy especial, por eso no puede ocultar la satisfacción que siente cuando le dicen: «Vi a tu niña el domingo, se ve bien, pero no se paró ni habló de frente a las cámaras.»

Y ella, tan campechana como siempre, les responde: «Esa fue la misión más difícil que le dieron en Haití. Bastante hizo que habló». Supongo que ya habrás dejado atrás esa «callada manera» de comportarte que te caracteriza.

Nunca le reproches a una madre que se preocupe por un hijo. Tampoco le ocultes nada. Sigue al pie de la letra sus consejos, los primeros y últimos. Aunque sabes que detesto los lugares comunes, las madres vemos con el corazón, por eso ya se imagina « (...) los problemas que se van a formar cuando empiece a llover fuerte», y te advierte: «Cuídate mucho de que no se te mojen los pies con aguas que corran por las calles (...) Con la situación epidemiológica que hay allí no solo se coge catarro si te mojas.»

Hasta pronto, ya falta menos para que regreses a Cuba, aunque más para que lo haga María del Carmen. Cuestión de cubanos, nada más. Mis felicidades a las madres haitianas. Nadie como tú conoce de sus tristezas, agonías y dolores pero también de sus alegrías cuando alguno de nuestros médicos salvó a sus hijos.

Y para terminar le pido prestado el final a tu mamá. No encuentro otro mejor. «Esta experiencia es muy importante para ti, como periodista y como persona. Aprovéchala al máximo. Esfuérzate y sé valiente.» Tu profe.