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Por Mercedes Rodríguez García.

«Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos.»
(Jacinto  Benavente,
dramaturgo y crítico español)

 

¿Se ha obrado con superficialidad y cometido inequidades en el proceso de revisión? ¿O fueron otorgados desde un principio privilegios indebidos?

 

Todavía recuerdo aquel 20 abril de 2005 cuando el Gobierno cubano anunció el aumento de las pensiones y un paquete de ayuda para los ciudadanos con desventaja social. Hasta los abuelitos encamados y los inválidos en sillas de ruedas, «saltaron» de alegría. Yo, delante del televisor, también me sentí feliz.

En su primera alza en más de una década, las retribuciones aumentaron hasta mensualidades de entre 150 y 300 pesos. La pensión mínima subió casi un doscientos por ciento. La medida abarcó a un millón 468 mil 641 pensionados de la Seguridad Social, y la erogación del Estado por ese concepto ascendió a 1 035 513 156 pesos anuales.

Con relación a los 257mil 038 núcleos familiares que en el país recibían asistencia social por conceptos de servicios, ayuda monetaria y especies, la pensión aumentó en 50 pesos, y el beneficio abarcó 476 mil 512 personas. Para las arcas del Estado ello significó 154 millones 222 mil 800 pesos más.

Luego de la crisis de los años 90, un segmento de la población había quedado desprotegido, precisamente el que ahora se acogía los beneficios de la Nueva Ley de Seguridad Social. El país recibía inyecciones fuertes como el alto precio del níquel y el pago de los servicios sanitarios prestados a otros países.

Sin embargo, el panorama internacional cambiaría poco a poco el rumbo de los justos propósitos, ya en marcha. Las exportaciones disminuirían y las importaciones irían cayendo más allá de los índices históricos permisibles.

En más de una ocasión me incriminaron por reiterar cierta imagen «alucinante» y «suspicaz» lanzada sin florituras, salidas del corazón a la boca: «Demasiadas gratuidades, la gente no quiere doblar el lomo (...) Este es el único país donde se le paga a la gente por no trabajar (...) De poco o nada servirá si no se elevan los niveles de eficiencia y productividad (...)  Aumentan los salarios y a la vez los precios de las mercancías y persiste la paridad monetaria (...) Las tierras sin cultivar, y por si fuera poco los ciclones, los huracanes, el doble bloqueo financiero y económico que no va a levantar Bush ni el que le siga en la Casa Blanca...»

Además de lo manisueltos que somos los cubanos para disponer del dinero del Estado, y lo proclive a irnos o por la izquierda o por la derecha sin encontrar el centro, ya asomaba de cuerpo entero el fantasma del favoritismo y otros vicios y males generados por la falta de exigencia y control sobre los recursos humanos y materiales.

Y aunque nadie puede cuestionarse la esencia humanista de la Revolución socialista y su credo básico de que nadie quede olvidado, no podría demorar la hora de ajustarse los cinturones. Como «cosa» real que lleva en sí el principio de su acción, la mano amiga y generosa del socialismo cubano no podía extenderse hasta donde anhelaba. Incluso, factores de índole demográfica, imposibles de solucionar en breves plazos, lo impedirían.

El progresivo envejecimiento de la población y la notable disminución de la natalidad y fecundidad, torpedearían enormemente las progresivas e importantes mejoras emprendidas en materia de Seguridad y Asistencia Social.

¡Y el tiempo corrió raudo y veloz!

Hoy el 16,6% de la población cubana tiene 60 o más años de edad y en 2025 los estimados poblacionales refieren unas 770 mil personas al margen de la producción de bienes y servicios.

Según datos del Anuario de la Oficina Nacional de Estadísticas, entre 2004 y 2008, las pensiones mínimas de la Seguridad y la Asistencia Social aumentaron 3,6 y 2,4 veces, respectivamente. Fue grande el esfuerzo realizado para materializar los aumentos, considerados insuficientes todavía.

El texto legal requería modificaciones de acuerdo con las nuevas circunstancias. Tras un intenso debate, en el cual participaron más de tres millones de trabajadores, el 22 de enero de 2009, entró en vigor la Ley No. 105 de Seguridad Social.

Lo dispuesto en su articulado deberá cumplirse al pie de la letra para evitar injusticias o decisiones erróneas que provoquen, más allá de demandas judiciales, malestares del alma.

Y ambos existen, sobre todo en lo concerniente a las prestaciones monetarias.  Entonces cabría preguntarse:

¿Se ha obrado con superficialidad y cometido inequidades en el proceso de revisión? ¿O fueron otorgados desde un principio privilegios indebidos?

Como «alguien» me dijo echando mano al refrán: «Hay de todo en las viñas del Señor.»

En Cuba la gente es «culta y alfabetizada», pero un amplio sector carece del hábito de leer y estudiar nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y la referida, es amplia. (100 artículos.)

De modo que en el número 98 deja bien sentado que la asistencia social puede modificarse o extinguirse «si los ingresos monetarios del núcleo familiar se incrementan o disminuyen», o cuando «cambia la composición del núcleo familiar», y si se comprueba que en la «concesión o disfrute de las pensiones concurrió error que diera origen a una pensión indebida.»

De Igual modo, «cuando se oferta empleo u otra alternativa para la solución de la situación que confronta la persona o núcleo familiar protegido y no se acepta injustificadamente», y cuando «desaparecen las causas que dieron origen a la protección.»

Más claro, ni el agua.

Y aunque en las vinas del Señor haya de todo, querido «alguien», en Cuba no caben las de la ira, sino las de la vida... Yen cada cuadra, amigo, tenemos un CDR!






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