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Por Mercedes Rodríguez García

Los haitianos han aprendido a resistir ante una serie de devastadores huracanes, aunque este último desastre supone un revés que pocos países, ricos o pobres, serían capaces de afrontar. « ¿Qué hizo Haití para merecer tanta desgracia junta?». «¡Oh, Dios! ¿Por qué te has ensañado con los pobres?» Hoy Haití semeja un espejo ante el cual el drama humano destella sin misericordia. Pero ningún Fin de la Tierra, ninguna maldición. Desde siglos antes la agobian penurias económicas, degradación ambiental, violencia, inestabilidad y gobiernos de facto. Ahora, de nuevo, otra catástrofe.

Desde la tarde del pasado martes 12 de enero decenas de miles de victimas del sismo en Haití, viven en la incertidumbre, el miedo la zozobra y la desesperanza. Aun con las réplicas reiteradas, 60 integrantes de la Brigada Medica cubana Henry Reeve se sumaron a los más de 300 que se encontraban allí, repartidos en los 10 Departamentos del hermano pueblo, a veces conviviendo con los haitianos en comunas prácticamente inaccesibles.

Desde el primer momento enfrentaron las consecuencias derivadas del terremoto en el más pobre de todo el Hemisferio Occidental, agobiado por el SIDA, el analfabetismo, la deforestación y décadas de violencia, inestabilidad, regímenes de facto.

No creo que valga la pena reiterar los elementos noticiosos del hecho que, gracias a la instantaneidad de Internet, saturan las portadas de los principales medios de prensa, incluyendo los weblog o páginas personales. Incluso, con las comunicaciones telefónicas colapsadas pero con algunos servicios de WWW todavía disponibles, las primeras fotos, vídeos y testimonios de lo que ocurría allí provinieron de usuarios de la red social Twitter.

En este caso un rápido «paseo» por Internet nos permite, además de conocer múltiples aristas del suceso, saber cómo piensan los públicos que acceden a los contenidos y dejan en sus opiniones, juicios y reflexiones respecto. Aún imágenes difundidas por nuestra televisión, no muestran la rudeza del desastre.

«Eso son los fines de la Tierra, que viene en el 2012», comenta un internauta que firma Eridania; otro, llamado Alex, responde: «Qué ignorancia la del hombre, es normal temblores en esta zona pues la atraviesa el cinturón de fuego del Caribe, área de temblores, terremotos, volcanes. Nada que ver con fin del mundo ni mucho menos».

Un tal Sherift se pregunta «¿Qué maldición pesa sobre Haití el país más pobre del Caribe, golpeado por una serie de tormentas y huracanes en 2008, Fay, Gustav, Hanna y Ike, los cuales dejaron cientos de muertos y millones de personas sin hogar?»

Ningún fin de la Tierra, ninguna maldición. Sí un terremoto de grandes proporciones. Y los ha habido muy poderosos, como el de Valdivia, en Chile, el mayor movimiento telúrico jamás registrado: marcó 9,5 grados en la Escala Richter y dejó más de 2.000 muertos. O el que devastó Nicaragua, sacudido 23 de diciembre de 1972 por un sismo de 7,6 y donde perdieron la vida unas 25.000 personas.

Todos eventos destructibles de la Naturaleza, pero que sufren el doble o el triple las naciones más aniquiladas del Planeta. Haití, como tantos otros países del llamado Tercer Mundo, no está equipada para responder a un desastre de tal magnitud, mucho menos en medio de la actual crisis capitalista, generalizada en los cuatros puntos cardinales del Planeta.

Haití fue la primera república negra del mundo y el primer estado en la región en lograr su independencia. Pero su orgullo histórico resultó borrado por décadas de penurias económicas, degradación ambiental, violencia, inestabilidad y gobiernos de facto. Esa ha sido su mayor desgracia, junto con la inestabilidad y la violencia de la década de los 80.

En lo adelante, continuas crisis políticas y económicas, cada vez más violenta, muertes extrajudiciales, tortura y brutalidad, confrontaciones violentas entre pandillas y grupos políticos rivales.

En la actualidad siete de cada 10 haitianos viven en niveles de pobres, y la nación ocupa la posición 150 de 177 países en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Tan sólo el 52,9% de la población está alfabetizada y, en general, se espera que un haitiano no viva más de 60 años. Esto, entre otras cosas, se explica porque apenas tres de cada 10 personas tienen acceso al sistema de salud.

No, Haití no es una tierra maldita ni maldecida. Tras la tragedia todo empeorará. Se calcula que el país necesita unos US.000 millones en ayudas desde el exterior para reactivar la economía, proveer acceso a servicios básicos y reducir la vulnerabilidad del país ante los desastres naturales.

El año pasado representantes de 40 países y agencias internacionales se reunieron para coordinar un nuevo esfuerzo. Allí se obtuvieron US4 destinados a la reconstrucción de la infraestructura dañada por el paso de cuatro huracanes consecutivos a fines de 2008.

Mas, la ausencia de una administración pública eficiente y la decadente infraestructura del país dificultan la distribución efectiva de los recursos, aseguran analistas.

Un terremoto de ese rango ¿hubiera causado tanto estrago, conmoción planetaria y víctimas, por ejemplo en Canadá o en Suiza? Aunque exiguo resulta el ser humano contra las fuerzas de la Madre Natura, ahora como nunca sentimos toda su fuerza, toda su ira, aunque hayamos sido los pobres del Planeta los más benevolentes. Bien se sabe quienes la han lacerado hasta extinguirla prácticamente en algunas áreas del Planeta.

Sin embargo es hora de ayudar, y los cubanos lo hacemos por costumbre. La esencia solidaria se reafirma y crece. Allá, bajo carpas improvisadas, nuestros cirujanos atienden sin descanso a quienes llegan heridos o mutilados. La fila es interminable, como innumerable la fila de personas en busca de atención médica. Y los hay también nativos formados en la hermana antillana Mayor.

Cientos de nuestros galenos ayudaron, entre 2001 y marzo de 2007, a devolver la vida o calmar del dolor de las 132.000 personas que quedaron sin hogar tras los desastres naturales, causantes en esa etapa de 18.000 víctimas entre muertos, heridos y desaparecidos.

No, no se extiende sobre Haití ninguna maldición, aunque con relación a los desastres naturales resulta influyente su ubicación en zonas tropicales y el medio ambiente degradado. La disminución de la producción agrícola debido a los efectos de la deforestación y la erosión, entre otros factores, impulsó una fuga masiva hacia las ciudades. Puerto Príncipe, con 2,5 millones, soporta a más de un cuarto de la población, lo que ha repercutido en la proliferación de barrios de chabolas. Y la infraestructura no da abasto.

Quienes hemos sobrevolado La Española vemos que desde las alturas se puede observar la diferencia entre los dos países: de una parte, la geografía de República Dominicana luce verde; la otra, la de Haití, completamente rapada. La deforestación contribuye a que las tormentas tropicales se tornen más devastadoras, y los analistas afirman que la raíz de los problemas de seguridad alimenticia de Haití constituye el resultado de una agricultura de quema que ha destruido el medioambiente. Cabría preguntarse: ¿Por qué cortan leña los pobres?

Y otro serio problema social, nada apreciable desde el aire, divide a la sociedad haitiana: la inequidad. La brecha entre la mayoría negra empobrecida, cuya lengua es el creole, y los mulatos francófonos, el 1% de los cuales es dueño de casi la mitad de las riquezas.

Bienvenidas ahora todas las ayudas, incluso, la «muy oportuna» de Estados Unidos, que despachó el miércoles rumbo a Haití un portaviones nuclear y tres embarcaciones anfibias.

¿Causalidad? El USS Carl Vinson ya estaba en ruta, con  un grupo anfibio que incluye el USS Bataan, un barco de 844 pies de eslora capaz de transportar a unos 2.000 infantes de marina con helicópteros, así como dos navíos más pequeños, con sus bomberos, paramédicos, especialistas en rescate, médicos de urgencia, ingenieros estructurales, técnicos en materiales peligrosos, especialistas en comunicaciones y en logística, seis perros especializados en la búsqueda de víctimas bajo los escombros y 48 toneladas de equipo de rescate.

Todo proveniente del mismo Imperio que en 2004 forzó al exilio al presidente Aristide, actualmente refugiado en Sudáfrica y convertido en el principal acusador Washington, que niega haberlo expatriado.

¿Señor, qué hizo Haití para merecer tanta desgracia junta?». «¡Oh, Dios! ¿Por qué te has ensañado con los pobres?» Son preguntas que corren en boca de miles de cristianos en el mundo, pero jamás entonadas con la carga de dolor y e impotencia de los supervientes que vagan desconcertados sobre los escombros en que se ha convertido Puerto Príncipe, la capital haitiana.

«Invito a todos a unirse en oración ante el Señor por las víctimas de esta catástrofe y por aquellos que lloran su desaparición», dijo el Papa Benedicto XVI en la catequesis de la audiencia general a la orden de los mendigos Franciscanos y Dominicanos, el pasado miércoles.

¡Pobres infortunados y siempre desamparados haitianos! El mundo entero se muestra solidario, pero la solución no puede venir a ritmo de desgracias que enrumban al alivio humanitario, pero no a resolver situaciones de fondo.

La devastadora sacudida ha trastocado los modestos indicios de progreso en el desarrollo de la empobrecida isla caribeña. En lo adelante urge un enorme y continuo esfuerzo mundial para reconstruir Haití, nación donde un nativo de la región central de Hinche asegura que comer «galletas» de fango «da fuerzas y es buena para la salud». Ineludible que todos los habitantes del Planeta miren hacia esta pequeña porción del Globo, para que no continúe sobreviviendo de crisis en crisis.

No, Haití no es una nación maldita ni maldecida, y sus hijos han aprendido a resistir ante una serie de devastadores huracanes, aunque este último desastre supone un revés que pocos países, ricos o pobres, serían capaces de afrontar.

Haití semeja un espejo ante el cual el drama humano destella sin misericordia. Mirarse el alma en el azogado cristal, de frente o de costado, equivaldría a contemplar más de las cercas del vecino ardiendo.

Como también señaló el Sumo Pontífice, vivimos en «una sociedad en la que a menudo prevalece el tener sobre el ser.» Sí, la magullada Naturaleza anda agonizando y cobrando todos los dolores sin dar señales de remordimiento. Tampoco el Imperio parece arrepentido.  Al menos que enviar un portaviones nuclear constituya su acto de constricción, que tiene más de alegoría carpenteriana... Como otro Henri Christophe de «El reino de este Mundo» finalizando ya la primera década del siglo XXI.