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Por Mercedes Rodríguez García

Luego de explicarle a mis alumnos de segundo año Periodismo que la corrección lingüística consiste en escribir artículos que todo el mundo entienda, y que el idioma es muy dinámico y la gramática muy lenta, uno me pregunta: « ¿Es por eso, profe, que veces los diccionarios no incluyen las palabras que empleamos localmente sino vocablos de uso casi exclusivo de España?

El aula se vuelve un avispero, ¡ha lanzado la Manzana de la Discordia! Y sin darme tiempo a que les responda, me lanzan más interrogantes, reproches y comentarios:

«La profe de Gramática nos dijo que lo correcto es escribir ‘concienciar' y no ‘concientizar', y eso en Cuba nadie lo va entender». «Ese tipo de corrección es la antítesis del periodismo». Pues yo escribo como hablo, usted misma nos dice que usemos un lenguaje contemporáneo, ¿no es así?...»

Y cómo sé que a liberales y reformadores nadie les gana, enseguida llamo a capítulo, y reitero: «La obligación del periodista es comunicar, transmitir el mensaje de manera tal que quien lo reciba lo entienda rápido y claro. Y tanto el diccionario como la normativa resultan soportes útiles y deben ser utilizados con el cuidado de que sirvan a la comunicación. No podemos hacer lo opuesto, poner la comunicación al servicio de la normativa.

Pero la Manzana sigue rodando. «Profe, entonces para referirnos al periférico de las computadoras ¿escribimos ‘mouse' o ‘ratón'?» «Tenemos que conservar la pureza del idioma; en español decimos ratón y no mouse, ¿no es así, profe?...»

Pues no precisamente. En ninguna lengua existe idioma prístino, sin máculas. Los idiomas son impuros, promiscuos, intercambian palabras entre unos y otros. La «pureza» es un vocablo que no se aplica a la lingüística, porque es una condición innata de la comunicación humana...

«Verdad, profe, la gente no habla pensando en reglas gramaticales, simplemente habla y se comunica, la normativa viene después... ¿no es eso lo que quiere decir...? »

Como siempre, han tomado el rábano por las hojas, y me preparo para el chiste que vendrá: «A ver, profe, para que existe la H, si es muda? Y Por qué si los cubanos no pronunciamos la Z tenemos que escribirla...?»

Me río por no desentonar. La ortografía es otra cosa, les aclaro. Y para todo existen las normas, de no ser así cada cual escribiría como le viniera en ganas y al final reinaría el caos. ¡Ni los de la misma lengua nos entenderíamos!

Retomando el hilo de la clase les insisto en que un periodista no puede descuidar el lenguaje, por el contrario, habrá de esmerarse para escoger los términos en que se dirige a los lectores, porque la lengua constituye su principal herramienta de trabajo y su uso profesional acarrea una gran responsabilidad. El periodista transmite normas lingüísticas y ortográficas en sus textos, y si lo hace mal, estará transfiriendo errores que muchos lectores podrán tomar por correctos.

Silencio. Parece que los convencí. El aula vuelve a la «normalidad». Tanto silencio me molesta. Entonces pregunto: ¿Cuántos de ustedes leen el diccionario como si fuera un libro de cuentos o una novela? ¿Conocen la historia del hombre que lee diccionarios?  Se llama Ammon Shea, un ex empleado de una empresa de mudanzas de Nueva York, y dedica entre 8 y 10 horas diarias a leer el diccionario. Dice la nota de la BBC que pasó 12 meses conquistando lo que él describe como «el Everest» de los diccionarios, el Oxford English Dictionary (OED), abriéndose camino entre los 20 volúmenes que pesan un total de 62,14 kilogramos...

«¡Qué exageración, profe! Padecerá daños a la vista y dolores de cabeza, en la espalda, el cuello...?» «¿Y Para qué lo hace?»

Bueno, el disfruta esa lectura porque las estima mucho más interesantes de lo que la gente cree. En cuanto a los perjuicios, no creo sean menos lastimosos que aquellos que sufrirán ustedes en un par de años como consecuencia de permanecer muchas más horas que él frente a la PC, la tele, o los vídeos.

«¡Ah, profe, que no se diga...!, la tecnología es la tecnología. Ese es un psicópata, un loco que quiere aparecer en el libro de récord».

Y hablando de libros, ¿qué saben de la Nueva Gramática de la Lengua Española? Otro chiste: «Que tiene más de 500 años y acaba de ser desempolvada.»

Pues miren, ha sido catalogada por los expertos como «mapa» del habla, como obra «polifónica y coral», como «hazaña monumental» que pone al Español a la cabeza de las lenguas modernas. Y como ya les dije, el idioma es muy dinámico pero su gramática cambia muy lentamente, la manera en que se presenta esa gramática sí puede ser objeto de actualizaciones.

Hace 11 años, los expertos decidieron actualizar la última gramática de la lengua, que databa de 1931, y tras trabajo arduo coordinado a ambas orillas del océano Atlántico, ahora presentan los primeros tomos de una obra preparada por la Real Academia Española y la asociación de las 22 Academias de la Lengua Española que integra a todos los países que hablan el idioma de Cervantes.

Agotada la mitad del turno de clases, decidí ponerles un ejercicio para «medir fuerzas». En solo 10 minutos confeccionar tres columnas con 50 términos cada una y con cierta relación. En la primera, verbos; en la segunda, adjetivos y en la tercera, sustantivos. ¿Resultado? Solo una muchacha logró escribir 15.

Para la semana siguiente les dejé de tarea redactar un comentario de 20 líneas con el tema la corrección lingüística, la gramática, y los diccionarios, vinculados a la noticia que generó la uruguaya María Virginia Ambrosoni, de 18 años, mostró su conocimiento impecable del modo de escribir decenas de palabras y se proclamó campeona del X Concurso Hispanoamericano de Ortografía, celebrado en el Instituto Preuniversitario «José Martí», en La Habana. El representante cubano Yadián Guerra, estudiante de duodécimo grado del preuniversitario de Ciencias Exactas Carlos Marx, de Matanzas, terminó en la cuarta posición del certamen... ¡Sigan el ejemplo!