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Por Mercedes Rodríguez García

Sófocles, considerado hoy por muchos estudiosos como el mayor de los dramaturgos griegos, no se cansaba de repetir a quienes les elogiaban obras y suerte que sin trabajo nada prospera, sentimiento que requiere asentarse en la conciencia de muchos, y no precisamente de los economistas, contadores y auditores cubanos que el pasado 26 celebraron su día, instituido en recordación al aniversario 50 de la designación del Che como primer presidente del Banco Nacional de Cuba.

«Yo creo bastante en la suerte. Y he constatado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo», decía Thomas Jefferson, político y filósofo estadounidense, autor de la Declaración de Independencia y tercer presidente de Estados Unidos, país epicentro de la crisis económica internacional y generador del sostenido y sistemático bloqueo, que tanto ha perjudicado la vida de los cubanos, afectada como nunca antes por el exponencial aumento de los precios del combustible y de los alimentos, y ese otro bloqueo interno con tendencia a la inercia. 

Y hablo de trabajo -que según Marx hizo al hombre-, porque no podemos esperar soluciones mágicas a problemas tantas veces señalados y aún sin solucionar, solo porque los especialistas en las ciencias económicas debatan, analicen , propongan alternativas y hagan recomendaciones al Gobierno para sobrellevar, revertir y salir de la grave situación que atravesamos.

Creo en la experiencia y cultura que ha venido consolidando la Asociación de Economistas de Cuba (ANEC), ya con 30 años de existencia, bien dotada de estatutos, reglamento orgánico y demás instrumentos desde el punto de vista jurídico y económico, y que tan atinadamente ha llamado a cerrar filas entorno a un equilibrio del mundo, a esa integración de pueblos y naciones al que se refería nuestro José Martí.

Pienso que para muchos «el economista» es solo aquel que, sumergido entre cuentas y números, lleva las riendas contables de cualquier entidad. Sin embargo, el calificativo sobrepasa tal concepto si tomamos en consideración que por las manos de estas huestes transitan hoy los más diversos planes y estrategias encaminados a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, pero siempre a través de la búsqueda de la eficiencia y la eficacia en las esferas productivas.

Imposible olvidar las enormes carencias que padecimos en aquellos inicios del período especial, y mucho menos, pasar por alto las dificultades que aún subsisten al tener que enfrentar el desbalance financiero externo. Y ese es un factor que constantemente está añadiendo desembolsos e impidiendo ingresos en nuestras relaciones económicas con el exterior, bastantes torpedeadas por el imperio norteamericano, ahora matizado con la doble cara de un Obama bueno y un Obama malo, como bien lo calificara el presidente venezolano. En otras palabras: lo vendido es muy barato y lo comprado, más caro.

El país no puede avanzar más rápido por esa situación que no se resuelve de un día para otro. Debemos ir equilibrando las finanzas externas mediante el crecimiento de las exportaciones, la sustitución de importaciones y siendo más eficientes, es decir, gastando menos por cada unidad de producto creado, de manera tal que se vaya cerrando la brecha.

Como si yo fuera especialista en el tema o dispusiera de una bola de cristal, vecinos, amigos y alumnos suelen preguntarme si «lo que se avecina»superará las restricciones, carencias y vicisitudes de los años 90 del siglo pasado. Nada, cosas de cubanos que ya perdimos el miedo a pasar trabajo, siempre confiados en un Estado protector que nos mal enseñó a abrir la boca sin salir del nido. Ahora resulta que a lo que muchos temen es a doblar el lomo, a sudar la camisa, a estropearse las manos.

No acaba de aumentar la producción lo suficiente y sigue creciendo el ingreso de una parte de la población de manera notable, aunque mucho menos que meses atrás. Hay que poner en concordancia estas dos cosas. Los precios no pueden bajar si no aumenta la producción. Para lograr lo último es preciso ser más eficientes, y ahí es donde radica la clave del problema. ¿Otro? La insuficiente producción agrícola por habitante. Grandes extensiones de tierra permanecen incultivables, la fuerza productiva en el campo es insuficiente y predominan el campesinado de avanzada edad. ¿Otro más? El Perfeccionamiento Empresarial ha marchado lento; la contabilidad no está a tono con las necesidades o existen determinados problemas que no dan las capacidades de gestión supuestas. Se pudiera hacer un poco más. Por ejemplo, un empresario ineficiente frena determinada medida económica, y de esos Juanes hay cientos.

Por todas partes prolifera el llamado a «apretarnos el cinturón» y flota como un anatema la supresión de la tarjeta de abastecimiento, la dualidad peso-dólar y el bajar más los precios, entre otros asuntos estratégicos pero de interés de la población ansiosa por conocer con certeza sus destinos.

No voy a elucubrar al respecto. Pero más temprano que tarde deberán suceder ambas transformaciones, sin que queden abandonadas a su suerte las personas de más bajos ingresos. ¿Qué lo impide? La falta de productividad. Sin ello resulta imposible. El peso cubano ha de recobrar su valor productivo. Nada de será abolido por decreto.

Pues, amigos, supongo que estos y otros muchos temas vitales, candentes, urgentes, hayan sido -y continúen siendo- objeto de debate, pensamiento y reflexión para los economistas cubanos, a quienes felicito de todo corazón, y en el fondo, compadezco.

Mas, para este empeño no basta el amplio ejército de profesionales de las ciencias económicas. Cada cubano deberá convertirse en un economista. Lo cual no implica solamente poseer un dominio sobre un grupo de conocimientos y habilidades específicas de la materia, sino también desarrollar una lógica generalizada de racionalidad económica, para buscar y poner en práctica soluciones colectivas a los problemas cotidianos, incluyendo los domésticos.

Repito. No habrá remedios prodigiosos a los numerosos problemas que todavía arrastramos del período especial y a otros que sin duda surgirán en las nuevas circunstancias y en la misma medida en que trabajemos hasta enderezar la pirámide social invertida que, al cantar de los Van Van -como La Habana- ¡no aguanta más!  

Aristóteles, filósofo y científico griego planteaba que se estima lo que con más trabajo se gana. De otro modo lo esbozaba Charles Baudelaire, poeta y crítico francés: «El mejor remedio contra todos los males es el trabajo». Y ya ven, ni ellos, ni los geniales ya mencionados, eran economistas.