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¿La escritura puede hacer que algo cambie? A propósito de los festivales de la prensa que tienen lugar en toda Cuba, y culminarán con el evento nacional en diciembre próximo, en Ciudad de La Habana. En todos los celebrados hasta la fecha ha sido exhortación general buscar nuevas maneras de decir mediante la palabra, a partir de la incorporación de antecedentes y causas, el contraste de fuentes y el uso de titulares más atractivos.Debemos escribir pensando en nuestros lectores, cuyos ojos no vemos ni corazones sabemos, independientemente de lo que nos digan algunos dirigentes y directivos o unos cuantos conocidos o amigos con quienes nos tropezamos en la calle.

Por Mercedes Rodríguez García

Desde hace 36 años soy una periodista de la prensa diaria. Desde que comencé mi vida laboral no he conocido más felicidad ni más sufrimiento que el proporcionado por la letra impresa. Como mismo entendía Ryszard Kapuscinski, yo también creo en la fuerza de la palabra escrita.

La reacción a la palabra escrita es más bien mediata. En el primer momento puede ser incluso invisible, indetectable. Se necesita tiempo para llegar a la conciencia de los lectores, para empezar a formarle o cambiarle esa conciencia, e influir actitudes y acciones.

Ante el reto de las nuevas tecnologías y la era televisiva, me siento en franca desventaja. Pero ambas no compiten con el valor y la pujanza de la palabra escrita y sobre la cual el autor de un texto no tiene mayor influencia.

Según Kapuscinski «el que la escritura produzca cambios no lo deciden sólo los autores, sino sobre todo los lectores: su sensibilidad y confianza en la palabra, su prontitud y deseo para reaccionar a la palabra recibida. Es también importante el contexto, el ambiente, el estado de una cultura imperante en que esa palabra cae y es recibida.»

No obstante estoy segura de que escribir puede provocar cambios. Y lo digo con base en la experiencia, y sobre todo la de algunos colegas que han fungido como corresponsales de guerra, aunque en tales misiones llevadas a cabo en Angola y Etiopía siempre se les haya tratado de proteger lo más posible.

Pero no seré yo quien ponga el humilde ejemplo. Dejaré que el periodista y escritor polaco que tanto admiro lo refiera.

«Desde 1959 Ruanda fue un país de masacres entre tribus y castas que se repetían en forma sistemática. El mundo lo ignoraba. Durante decenios ese país no dejó entrar a periodistas. Yo mismo, viviendo en la vecina Tanzania, traté en varias ocasiones, sin resultado alguno, de cruzar la frontera. Fue hasta que se escribió sobre las masacres de 1994 que la opinión mundial despertó. Y a partir de ese año Ruanda, por primera vez en su historia, dejó de ser lugar de sangrientos y masivos ajustes de cuentas internas.»

Fue precisamente la escritura «desenmascaradora y acusadora, y a menudo simplemente informativa», la que tuvo una importante papel en el conocimiento de los Gulags y de los campos de concentración, así como en el derrumbe de muchos regímenes criminales, de dictaduras del tipo de Pol Pot, Mobutu, Amin o Duvalier.

De ahí, apunta Kapuscinski, la prensa escrita haya «provocado durante siglos el temor de todo poder autoritario que la ha combatido mediante diversos métodos. De ahí la colocación de libros en los índices eclesiásticos, de ahí la quema libros en las piras, de ahí obligar a los escritores al exilio, de condenarlos a muerte...»

En el fondo dice, «no podemos imaginarnos un libro de texto de la historia universal que no tuviera un capítulo de cómo la palabra escrita en forma de volantes, escritos secretos, prensa clandestina y editoriales irregulares influyeron en el resultado de luchas sociales y políticas.»

¿La escritura puede hacer que algo cambie?

Sí, la escritura puede lograr volver la hoja del status quo, aunque la mayoría de las veces pensamos que se trata de un cambio positivo, dirigido a lograr determinadas mejorías. Pero también, según Kapuscinski «puede conseguirse un efecto contrario, es decir, a aumentar el mal, el odio y la agresión. Tal función la cumple cuando se escribe en el tono del fanatismo y la xenofobia, del fundamentalismo y el racismo.» Por ejemplo, los libros al estilo de Mi lucha, de Hitler.

Autor de una veintena de libros que se caracterizan por una estructura originalísima, Kapuscinski fue nombrado en 1999 como «el mejor reportero del siglo XX», manteniéndose eterno candidato al Nobel de Literatura.

Pienso que la pregunta sobre cuál es el carácter de la relación entre la escritura y el cambio debió hacérsela inspirado en algún suceso en concreto y relacionado con sus múltiples denuncias. Por su importancia y actualidad en estos días de Festival de la Prensa Escrita en todas las provincias, la interrogante cobra importancia y actualidad.

Y lo digo por lo que han planteado mis colegas sobre la necesidad de revertir el facilismo y el acomodamiento entronizado en a partir de la desaparición del diarismo, del escaso seguimiento a la noticia, de la desacertada planificación de las coberturas y del desconocimiento de las necesidades comunicativas inherentes a los potenciales lectores, entre los principales factores capaces de lastrar el buen ejercicio del periodismo.

Ya no hablo de un periodismo más objetivo, sino de aquel que propicie el debate y aporte soluciones tangibles en estos tiempos de crisis internacional, que ayude a los receptores a identificar los problemas económicos, energéticos, alimentarios y de salud del mundo actual y a orientarlos sobre esa la realidad.

Debemos escribir pensando en nuestros lectores, cuyos ojos no vemos ni corazones sabemos, independientemente de lo que nos digan unos cuantos con quienes nos tropezamos en la calle.

Se cuestionaba Kapuscinski «la eficacia de nuestras acciones literarias por el valor mismo de la escritura. Porque por un lado vemos una enorme proliferación de la palabra escrita -hay cada vez más libros, revistas y periódicos- y al mismo tiempo percibimos cuánto mal hay en este mundo y como la cantidad de temores y conflictos en nuestro planeta aumenta en lugar de disminuir. De ahí el escepticismo de muchos creadores, de ahí la frecuente desconfianza e incluso la incredulidad en el sentido de nuestra escritura.»

La mente de un hombre contemporáneo es constantemente regada con un diluvio de palabras, por lo que éstas pronto pierden su valor y fuerza. Cada vez nos hablan menos y más nos desorientan, agotan y fastidian. Y sin embargo, ese exceso, esa sobreproducción no debería desanimarnos.

La literatura siempre ha asumido su responsabilidad. Desde hace miles de años ha acompañado la vida de las sucesivas generaciones, a veces cambiándolas para ser mejores. Y hoy nada la libra de esa obligación. Por el contrario, los tiempos difíciles en los que vivimos nos ordenan que, con una fuerza y fe especial, digamos: "Sí, la escritura puede cambiar algo para que sea mejor, aunque sea poco, pero puede".

Además de periodista Kapuscinski fue autor de una veintena de libros, algunos de los cuales aparecen traducidos a más de treinta idiomas. Dueño de una técnica narrativa única, Kapuscinski siempre se sintió fascinado por los rincones más exóticos del mundo y sus gentes.

La primera de sus obras fue Bus po polsku (1962), a la que siguieron libros como El Emperador (1978), una crónica sobre la decadencia del reinado de Hailé Selassié I en Etiopía; El Sha (1987), narración sobre el último sha de Irán; La guerra del fútbol (1992); El Imperio (1993), sobre la decadencia de la Unión Soviética; Ébano (1998), ensayo sobre el futuro del continente africano; y Viajes con Hero doto (2004).

No he tenido la suerte de leerlos todos. Pero siguiendo al profesor que fue este maravilloso polaco defensor del Tercer Mundo, asumo como propias muchas de sus ideas. Sí, hacen mucha falta las palabras, las que ya cuesta sacarle a la gente, a esa especie de seres humanos idiotizados ante los televisores y computadoras, incluso a mis colegas «culiatornillados» frente a la PC, indiferentes incluso al saludo mañanero de entrada a la redacción.

Necesitamos palabras, un diluvio de palabras habladas, que a veces desorientan, agotan, fastidian y sobran. (Es el caso de ciertos oradores en desafortunadas reuniones) Pero más, nos urge un diluvio de palabras escritas que nunca perderán su valor y su fuerza, aunque muchos aseguren que los periódicos desaparecerán... Y ya ese sería otro tema.

La literatura (el periodismo también lo es, aunque urgente), siempre ha asumido su responsabilidad. Desde hace miles de años ha acompañado la vida de las sucesivas generaciones, a veces cambiándolas para ser mejores.

Y hoy nada la (nos) libra de esa obligación. Por el contrario, los tiempos difíciles en los que vivimos nos ordenan, como decía mi buen amado Ryszard Kapuscinski que con una fuerza y fe especial, digamos: «Sí, la escritura puede cambiar algo para que sea mejor, aunque sea poco, pero puede».

Ryszard Kapuscinski (1934-2007) Agudo observador de la realidad, Ryszard Kapuscinski fue reconocido mundialmente por sus crónicas, reportajes y libros sobre la actualidad mundial. Kapuscinski nació el 4 de marzo de 1932 en Pinsk (Bielorrusia) y estudió Historia en la Universidad de Varsovia, donde se especializó en arte. Cuando en Cuba triunfaba la Revolución, fue que comenzó a ejercer como periodista, profesión con la que viajó por el mundo cubriendo las guerras y revoluciones más importantes del siglo XX en América, Asia y África.