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Unos cayeron combatiendo por la liberación definitiva y otros permanecieron construyendo un país en permanente Revolución. Pero en algún momento las vidas de todos se cruzaron. En el tránsito por la historia de la nación, los que sobrevivieron pudieron ofrecer sus testimonios a las nuevas generaciones. Hoy, cuando sus restos se juntan para siempre en el Mausoleo Frente de Las Villas, publicamos en un solo relato, fragmentos de entrevistas que unen más allá de la muerte a seis de estos hombres: Vicente Guillermo La O Gutiérrez, Carlos Amengual García, Roberto Rodríguez Fernández (El Vaquerito), Raúl Nieves Mestre, Roberto Fleites González y Ramón González Coro.

Por Mercedes Rodríguez García

El Comandante médico Vicente Guillermo La O Gutiérrez, subió a la Sierra en los primeros días se 1958, junto con Vilma Espín y otros revolucionarios del llano. En un caserío en Los Lirios, los esperaba El Vaquerito, «que parecía un americanito, un muchachito, con pelo rubio, rizado, un gran caminador», según los describe el propio La O en un relato publicado en el periódico Granma del 1º de diciembre de 1967.

«Cuando después a la invasión, con la columna del Che, tuvimos algunos muertos y varios heridos. Después ya no estaba como médico, más bien era el suministrador de la tropa, el que salía a buscar los víveres. Cuando llegamos al Escambray, en Gavilanes, sí pusimos un pequeño hospital, donde hacíamos la misma labor de la Sierra de atender a todo el campesinado de la zona, además de tener otras misiones relativas a la Reforma Agraria...»

En el combate de Güinía de Miranda, junto con el Dr. Serafín Ruiz de Zárate, atienden heridos de ambos bandos. Durante el combate le extraen un proyectil a un soldado de la tropa de Bordón, y tratan de salvar, infructuosamente, las vidas de dos combatientes rebeldes, uno de ellos Carlos Amengual García.

Tuve la oportunidad de conversar con el Dr. Ruíz de Zárate en más de una oportunidad, siempre acerca de actividad primero en la resistencia cívica, en Cienfuegos, y luego en El Escambray, y en la Batalla de Santa Clara.

-Usted se incorporó definitivamente a columna del Che en el en Caballete de Casa...

-Figurábamos en la jefatura. Allí mi actividad de tipo médico era poca, porque viajábamos siempre con el Che, y otros compañeros como Vicente La O.

Pero tal vez el más inestimable de sus testimonios es el que refiere la muerte del Capitán Roberto Rodríguez Fernández:

«Allí, en la misma batalla de Santa Clara, estando e el parquecito que da a la Estación de Trenes, nos comunican que habían herido a El Vaquerito. (...) Era una herida en la cabeza y estaba completamente descerebrado. Prácticamente al llegar a la clínica, segundos después espiraba el compañero tan valioso.

«Era de una personalidad interesantísima, muy joven, muy bajito -prácticamente el fusil era más grande que él-, pero de un coraje extraordinario, que siempre tenía cuentos, anécdotas que referir a los demás. Muy querido por toda la tropa, por su valentía, aún a su corta edad.»

Otro episodio de la Batalla de Santa Clara, me lo narró en una ocasión el capitán Raúl Nieves Mestre, quien al frente de un grupo, cumplía la misión cercar el Escuadrón 31.

«Frente al Escuadrón había un solar yermo, casi sin posibilidades de parapeto (...) Organizamos el ataque situando a los hombres detrás de casas y edificios, hasta rodear el cuartel. Así trabamos combate. Los tanques y tanquetas que se encontraban frente a la fortaleza abrieron fuego rasante contra las avanzadas rebeldes, al tiempo que la aviación nos hostigaba con ametralladoras...»

-Hay un momento en que usted acude donde el Che para solicitarle granadas y municiones, ya llevaban varios días combatiendo y él poseía las arrebatadas en la acción al Tren Blindado.

- Me preguntó que para qué quería las balas, si para ir dejar a los soldados. Le contesté que a mí no se me iba ningún soldado, Entonces se sonrió y ordenó que me entregaran inmediatamente el parque que necesitaba. (...) Con el abundante parque recibido, la noche del 31 de diciembre, intensificamos el tiroteo. Desde la tapia de una casita que colindaba unos veinte metros con el cuartel me dirigí al jefe del Escuadrón, capitán Milián, y lo conminé a rendirse. Demoró en deponer las armas porque era un militar pundonoroso. Pero al amanecer, sobre las seis de la mañana nos encontramos en la explanada frente al cuartel y pactamos el alto al fuego. Me propuso rendirse a condición de que se le diera la libertad a él y a sus oficiales, clases y soldados. Acepté con excepción de su libertad porque eso no lo decidía yo. Estuvo de acuerdo.»

-Los soldados del 31 también recibieron refuerzos del Regimiento Leoncio Vidal, incluso con tanques, que ustedes trataban de detener junto a ciudadanos que lanzaban botellas incendiarios, los famosos «coteles molotov». ¿Es en uno de estos encuentros que cae Roberto Fleites González?

-Hay un momento en que sale un tanque del Escuadrón 31 disparando sobre el entro de operaciones del domando rebelde. Roberto disparaba su M-1 contra aquella bola de hierro imposible de detener con armas de infantería, pero Fleites continuaba disparando. »

-¿En algún monumento usted le grita que se aparte?

-Sí, pero era tremendamente osado, más allá de los límites de la elemental prudencia. Un cañonazo del tanque le dio en pleno rostro y lo mató en el acto.

-¿Qué más me puede contar de este combatiente?

-Se destacó mucho en la lucha clandestina sobre todo por su participación en el ajusticiamiento ejemplarizante del aviador que señalaba los puntos a bombardear en El Escambray y en el del un sargento torturador y asesino. También en el rescate de un revolucionario preso en la cárcel de Santa Clara, ocasión en que cayó Ramón González Coro.

Fuentes bibliográficas: Diversos artículos del archivo particular de la autora, que incluye entrevistas realizadas a los protagonistas y publicadas en el periódico Vanguardia, y otros materiales inéditos del libro en preparación «Crónicas de una Batalla»