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Por Mercedes Rodríguez García

Reconozco que el deporte no es mi fuerte y que solo me motivan los topes donde se miden los «gigantes», en cualesquiera de la disciplinas. Tampoco me incluyo entre los millones de fanáticos que en el Planeta se echan a «pelear» por tal o más cual equipo. Sin embargo, como buena cubana al fin, tratándose de béisbol de alta calidad, suelo tirar mis «canitas al aire» lo que pudiera traducirse como atrevidos pronósticos sin muchas pretensiones periodísticas.

Por el campeón del recién finalizado Clásico Mundial de Béisbol debo confesar que me mantuve escéptica -no reservada-, más allá de mis deseos de que ganara Cuba, algo que no podía descartarse. Sin embargo, la lectura interpretativa de decenas de informaciones que escribían mis colegas en distintos medios de prensa me facilitaban elementos para jugarme la última carta al ¡Cuba campeón!

Doloroso, pero cierto. Las lecciones del último Clásico no las saqué yo, sino los entendidos. Amén de las arbitrariedades cometidas por el comité organizador del torneo, algo estaba fallando. O tal vez la metodología sofisticada de preparación y el rigor coreanos, por ejemplo, resultaba el patrón por el que medíamos a nuestros jugadores.

Soy de las que no les gusta perder, me enloquece el sabor del triunfo, el aire de la cima, el toque de las nubes aunque sea con la punta de los dedos... ¡Pero qué caray! Nos tocó la de Plata. ¿A quién culpar? 

Toca ahora sacar conclusiones y apartarnos de ciertos chovinismos que matan. El camino para restablecer de nuevo la primacía de Cuba en esa actividad deportiva se torna cada vez más arduo. De cada tope hay que sacar lecciones y arribar a conclusiones.

Sufro: Cuba obtuvo la medalla de plata en la Copa del Mundo de Béisbol, que se desarrolló en varias ciudades europeas, al caer en la final ante Estados Unidos 10 carreras por 5.

Por poco me sobreviene el infarto: Un gran racimo de seis carreras sentenció el juego y el torneo, en un inning en el cual cuatro lanzadores cubanos desfilaron por el box sin que los tres primeros pudieran controlar a la artillería rival.

Ilusiones: Cuba amenazó en el cierre del noveno, cuando llenó las almohadillas con dos outs, pero el taponero Nate Field se encargó de sacar el último out sobre el propio Despaigne.

No son conclusiones de experta. Nadie cuestionaría que los cubanos somos muy rápidos, pero solo con velocidad no se le gana en la pelota.

Por primera vez perdimos un título disputado en Italia y la segunda de ocho finales ante los norteamericanos. Al beisbol de los corajudos y amados coterráneos, le falta algo. Y es hora de encontrarlo... más allá del dulcísimo hecho de que Cuba acumula 25 títulos en 39 ediciones de las copas mundiales.