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Por Mercedes Rodríguez García

Estuve cerca de él en más de una oportunidad. La primera hace ya muchos años, recién triunfada la Revolución. Vivía yo en Anderson número 14, una calle de 24 casas a la que, sin serlo, todo el mundo anteponía los sustantivos «pasaje» y «callejón», definiciones impropias por su doble salida y doble tránsito hacia las calles Síndico y Caridad, en Santa Clara.

Pues hasta allí, en un auto negro cuyo modelo y marcha he olvidado, venía con cierta regularidad Almeida. El carro lo parqueaban frente a mi casa. Sin mucho alboroto descendían completamente vestidos de verde olivo tres o cuatro rebeldes, que supongo formaban parte de la escolta. Mientras Almeida visitaba al negro Joseph, en la acera de enfrente, el otro militar con grados de comandante, Belarmino Castilla, corría a casa de su novia, Martica Arbona, en la cuadra inmediata, a la izquierda, loma arriba.

Tenía yo siete años y no sabía nada de la jerarquía militar de los visitantes, al no ser por mis dos tías treintañeras y demás vecinas jovencitas, tras cuya algarabía salíamos a dar la mano a los barbudos y a pedirles collares de santajuana, peonías, pojas y otras semillas que abundaban en la Sierra Maestra, con los cuales adornaban sus cuellos.

En casa de Josehp, casado con una señora gruesa, blanca y «bigotuda», pasaba como media hora encerrado. Cuando salía, le esperaba un tumulto de gente llegadas de las cuadras aledañas. La chiquillería siempre salía ganando. Él nos ponía a un lado, nos hacía preguntas sobre la escuela, si leíamos muñequitos de Supermán y si nos gustaba coleccionar postalitas de animales y vehículos.

Recuerdo cuando me puso amabas manos en los hombros y me dijo que estaba muy flaquita. Luego tiró de una de mis «motonetas» y, dándome unos coscorrones en la cabeza, me mandó a comer mucha harina y boniato para que engordara.

Nunca se me olvidó aquel negrito que con el tiempo se convirtió en una de las figuras más representativas de la Revolución. Con el paso del tiempo, ya ejerciendo el periodismo, volvimos a encontrarnos en dos o tres coberturas de prensa, entre ellas la tribuna abierta en Cifuentes, en junio del 2004.

Intenté entrevistarle. Pero, a decir verdad, no tuve suerte. Tal vez porque fui demasiado disciplinada ante las medidas protocolares por parte de los funcionarios que organizan a la prensa provincial en actos de primer nivel; o porque, en última instancia, no apliqué la técnica del «abordajes kamikaze», que en otras ocasiones, incluso con el Comandante en Jefe, me había dado buenos resultados.

Con Almeida tenía varios intereses, el principal, que me identificara el día y lugar de una foto que me regalaron en Manicaragua, procedente de los archivos de un famoso y recién fallecido fotógrafo de la localidad, cuya obra gráfica era revisada para «salvar» lo que en realidad no pudo ser salvado, incluso, centenares de negativos en cristal. La imagen, curiosa porque la imprimieron al revés, aparece él, de pie, en una presidencia junto a Camilo Cienfuegos, detrás de una bandera norteamericana, y con cara de pocos amigos, además de otros personajes de cuello y corbata que me imagino funcionarios de la embajada yanqui.

La historia, narrada por Almeida, hubiera terminado en una interesante crónica. Ya la doy por perdida.

Otro de mis interrogantes se relacionaba con la letra de dos de sus canciones: La Lupe y Dame un traguito, sobre las que el folklore popular ha tejido varios relatos de amores y cantinas, nada extraordinarios por tratarse de las experiencias de un hombre y no de un Dios ajeno a las diversiones y pasiones terrenales que tantas veces suelen omitir biógrafos y periodistas dando de ese modo una imagen estereotipada irreal de los héroes. Y eso los hace increíbles, distantes, extraños... 

Porque el legado de Juan Almeida Bosque va más allá de la lucha revolucionaria. Su nombre se inscribe en la literatura, como escritor, y en la música como compositor. De su autoría se conocen más de trescientas canciones, de las cuales se han hecho varias producciones discográficas. Y que yo recuerde, los siguientes títulos: Presidio, Exilio, Desembarco, La Sierra, Por las faldas del Turquino, Contra el Agua y el Viento (Premio Casa de las Américas 1985), La Única Ciudadana, El General en Jefe Máximo Gómez, ¡Atención! ¡Recuento!, La Sierra Maestra y más Allá, Algo nuevo en el desierto, La Aurora de los héroes...

De Almeida todos recordamos su «¡Aquí no se rinde nadie!», que con ¡Carajo! o sin él, pronunció para levantar el ánimo de cierto combatiente en aquel bautismo de fuego que resultó para los expedicionarios del Granma Alegría de Pío.

Se trata de uno de esos hombres excepcionales, que desde las privaciones de su cuna humilde, en el reparto Los Pinos de La Habana, creció y se formó con los más altos valores de un hijo que desea y lucha por ver su patria libre. El propio hogar con su numerosa familia -los padres como guía- y la vida misma del pueblo, le enseñaron que solo había un camino, el de la lucha.

Hombre de sensibilidad muy especial, afirmó en una entrevista que solo con el corazón se puede hacer poesía y viajar con la imaginación cuando los avatares de la lucha y la vida nos llevan de prisa por los años.

Lo recuerdo ante las cámaras de televisión en una conversación con la colega Marta Moreno, a propósito del aniversario 42 del triunfo de la Revolución, cuando Raúl Castro se refiere a las características del cubano, a su alegría permanente, y lo pone de ejemplo: «Ni Almeida ha dejado nunca de hacer canciones desde una Lupita allá por México hasta la última. ¿Cuál es?» Y Almeida, riéndose con picardía le responde: «El toro negro de Pachi»

Murió el viernes, a los 82 años, corazón y los pulmones en huelga desde hacía meses. A otros dejo los amplios detalles de su rica y fiel trayectoria revolucionaria, sus fotos a color, sus discursos.  Me apeno por su abandono físico definitivo, por los que irremediablemente se sucederán entre los de su estirpe y generación. Así es la vida. Nadie nos salva el cuerpo, solo queda la obra, aunque algunos traten de empañarla con blasfemias y aún parte de su sangre lo denigre.

No habrá exequias, él lo pidió. Como los hombres auténticos y sencillos, sus restos no serán expuestos, pero sí   enterrados con honores militares en el Mausoleo del III Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, en fecha aún no precisa.

No quiero sumarme al laconismo de la nota oficial, ni siquiera a la expectación que ha causado la noticia del fallecimiento de Juan Almeida Bosque. En definitiva la muerte no deja de ser un estado natural de la vida, por paradójico que pueda parecer. Almeida, además del respetado Comandante de la Revolución, fue siempre para mí un artista cuyas canciones y testimonios escritos, escucho, leo y disfruto siempre que tengo la ocasión.

Ahora siento sus coscorrones, el tirón dado a mis motonetas. Sigo flaquita pues no seguí nunca su consejo de comer harina con boniato. Quiero dejarlo así en mi memoria, algo barbudo y sonriente, bajándose del auto frente a mi casa de la calle Anderson 14. ¿Con un sombrero? Sí, pero en la mano derecha, golpeándolo contra un muslo; pistola a la cintura, sin escolta, saliendo de casa de Joseph, el único negro renegro de la cuadra, con el que de seguro salió a encontrarse para cantarle a La Lupe y a su cantinerito...