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Por Yandrey Lay Fabregat

Manuel de Feria, fotógrafo del periódico Vanguardia, de Villa Clara, conoció de cerca al Che. Casi cincuenta años después ofrece su testimonio.     

A mí no me gusta hablar mucho de esas cosas que la gente no piense que me estoy dando «bombo y platillos». Pero sí, yo conocí al Che. Un tipo de hombre de los que vienen pocos, a veces cada dos o tres siglos.

Era una gente en extremo como decimos nosotros «recta». No le gustaban las peroratas, ni las justificaciones. Mucho menos la adulonería. En las reuniones ponía el reloj pulsera sobre la mesa. Se paraban las personas que venían a rendir cuentas. El Che les decía: «Tienes tres minutos». A los tres minutos ya no podías seguir hablando porque se te había acabado el tiempo.

Toda la historia viene de un concuño mío, Manuel Marzoa Malbesado, que había pertenecido al Pelotón Suicida. Terminó la guerra con los grados de capitán y lo ubicaron en una dependencia del Ministerio de Industrias, bajo los órdenes del Che. Manolo me llamó porque necesitaban jóvenes revolucionarios. Fui para La Habana. Allí estuve como dos años. Veía al Comandante Guevara cada cierto tiempo, en una que otra reunión.

Atendí la parte de servicios internos en la Industria Química Básica: comunicaciones, cartas, despachos. Trabajaban conmigo dos viejitos casi en edad de retirarse. A menudo se equivocaban al entregar los documentos. Mandaban para personal lo que debía ir para servicio, para producción los documentos de transporte. Tremendos líos que se armaban.

Puse eso en un informe que iba para el Ministerio. El Che vino al análisis del documento. En un momento determinado leyó mi parte en el informe. Luego preguntó: «¿Quién atiende aquí servicios internos?»

Por esa época yo tenía veintidós años. Al ver mi edad, dijo: «Pero vós sos el único que no puede hablar de los viejitos --él siempre hablaba de vos--. Vós seguro sos el más joven del departamento, ¿no? Pues si hay algún problema vós lo tenés que resolver.» Esa lección no la olvidé jamás.

Así eran las cosas con el Che. Una vez invitó a unos compañeros a una reunión en su oficina. Los citó para los dos de la mañana y dijo que tenía una sorpresa. Todo el mundo estaba embulladísimo por la reunión. Cuando llegaron allí se enteraron que era para un trabajo voluntario.

Tenía tiempo para trabajar hasta las madrugadas. Citaba a los subordinados para esas horas. Los domingos trabajaba voluntario. Jugaba ajedrez, atendía a su familia. No perdía el tiempo.

Iba a las reuniones a resolver los problemas, no a discutirlos. En la capital había una planta que se dedicaba a producir quesos. Un compañero se paró en un consejo y le preguntó al Ministro qué estaba pasando con el queso. El producto estaba perdido de la ciudad.

«Nada, que yo sepa», contestó el Che. Después explicó que él comía queso con bastante frecuencia. El hombre le dijo: «Usted tiene queso porque es el Che Guevara y se lo llevan a su casa». El Che se puso rojo y le contestó: «Mira, ahora yo no tengo razones para explicarte, pero la semana que viene te voy a dar respuesta».

Efectivamente, pasaron siete días. Antes de comenzar el encuentro, el Comandante se paró y le dijo al compañero: «Es verdad lo que tú decías. Me llevaban el queso unos guatacones, para congraciarse conmigo. Ese problema se analizó y tomamos las medidas pertinentes. Tú verás como el queso no va a faltar más.»

Al Che le gustaban los tabacos. Los aprovechaba hasta el fin. Parecía que se iba a quemar los dedos. Fumaba tabacos «desechables», porque decía que los «buenos» eran para la exportación. Si no quería fumar más, apagaba el tabaco contra el borde del jacket verdeolivo y guardaba el pedacito en la chaqueta. Después lo sacaba de nuevo.

Una vez vino a una reunión en Santa Clara. Le entran ganas de fumar y saca un mochito de aquellos. Había un dirigente que tenía en el bolsillo dos habanos enteros y le ofreció uno. El Che lo miró con una cara tremenda. Así, de abajo hacia arriba, y siguió con su mochito. El hombre aquel se puso blanco.

El Che nos enseñó que en nosotros mismos está la solución para nuestros problemas.

Más tarde yo decidí regresar a Santa Clara. Quería casarme, fundar una familia. La mujer que me gustaba vivía aquí. Dejé de ver al Che. En una ocasión voy subiendo la escalera del local donde ahora se ubica la delegación de MINAZ, en pleno boulevard, y veo un hombre de uniforme que pasa por al lado mío.

Me pregunta: «¿Vós que hacés aquí? ¿Dónde dejaste a Marzoa?». Era el Che que se interesaba por mi concuño. Yo sabía que él mismo lo había mandado a una misión en el exterior. Se lo dije. «Ya lo sé, ya lo sé», susurró con el tono irónico que siempre tenía a flor de labios.

Enseguida me reconoció. Hacía un año y pico que yo no lo veía. Además no fui un colaborador cercano suyo. Tenía una memoria gigantesca.

Fue la despedida. Después vino el Congo, Bolivia. Y la noticia terrible de que lo habían matado. Tres o cuatro veces hablé con el Che. Tuvo tiempo de halarme las orejas. Con él aprendí, en todo caso, que nuestros problemas tenemos que resolverlos nosotros mismos.