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Por Mercedes Rodríguez García

 

Un hombre, sobre lo grueso y bajo de estatura, anda y desanda absorto entre versos y ecuaciones la ciudad que lo habita. Lleva la guitarra enfundada, como espada de noble caballero, empuñadura en la mano. Nadie le ve por dentro y camina bajo el sol o la luna. Solo los más allegados pueden introducirse en su excepcional corazón de poeta trovador y genio distraído.

 

Sus anécdotas de olvidadizo resultan proverbiales: Los cien kilómetros que manejó contra el tránsito; el día que entró en la casa de Miguel Pino confundiéndola con la suya; las veces que ha seguido de largo en el ómnibus en lugar de bajarse cuatro o cinco paradas atrás...

 

Y otras que revelan su rebeldía ante la injusticia y el abuso para   con los más débiles. Digamos, la tarde en que defendió a una mujer embarazada de los insultos de un corpulento y violento chofer de un ómnibus de la ruta tres, quien lo agredió al punto de ser asistido en el hospital provincial.

 

O la del famoso altercado con un grupo de antisociales que ocasionaban desórdenes dentro y fuera de la guagua, caminando incluso por encima de los asientos. 

 

¿Se imagina usted a uno de aquellos desaforados jóvenes lanzando el portafolio del profesor contra la pared, y al tranquilo Morgado estampándole de inmediato una bofetada a quien de tal manera le faltó el respeto? ¿A qué temperatura se encontraría su sangre y cuán ofuscado su cerebro, que no se dio cuenta del cuchillo que esgrimía otro de aquellos descarriados?

Pero sobre todo el Dr. Eberto Morgado Morales causa admiración por su quehacer docente, educativo, investigativo y laboral por más de 50 años.

 

De todo sabe y de nada alardea, al no ser de sencillez y modestia. Conoce de ciencias, letras, gracias y artes. Es como debiera ser todo académico, pues como sentenció el, famoso endocrinólogo y escritor español Gregorio Marañón (1887-1960): «El médico que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe».

 

Sin embargo ante un discurso oficial prefiere escribir primero el texto «por miedo a que en la improvisación no pueda decir todo lo que quiero y se me vaya el tiempo», circunstancias que en clases suele ocurrirle con frecuencia.

 

«¡Cuánto amor ha desplegado a lo largo de su vida y obra!», dijo su amigo y colega -el también Dr. Lorgio Batard Martínez- en ocasión de recibir ambos, hace meses, la distinción de Profesor De Mérito de la Universidad Central «Marta Abreu» de las Villas.

«Fue para mí algo muy emotivo y de gran significación. Y aunque toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, como nos enseñó el Apóstol, siempre estimula y reconforta recibir, ya en el otoño de nuestra vida, un reconocimiento de tal índole. El recorrido ha sido extenso, pero no libre de momentos difíciles y tragos amargos», dice Morgado restándole importancia al asunto.

 

Apegado a los buenos hábitos en el vestir, el profesor de Matemática elogia la guayabera, «tan elegante y apropiada para nuestro clima». De modales corteses, detesta la chabacanería y el lenguaje grosero que «se han entronizado y generalizado, de modo que para muchos ya no existe diferencia entre palabras obscenas y otras del lenguaje cotidiano.»

 

Sus alumnos reconocen lo que deben a este profesor sabio, comunicativo y comprensivo que sabe enfocar adecuadamente las abstracciones de las asignaturas que explica para consumar así su labor didáctica, siempre de excelencia.

 En los senderos muy accidentados del Algebra Moderna obtuvo Morgado los primeros resultados relevantes.  Y aunque sus investigaciones no marcharon con suerte en los años 1980 por no hallárseles aplicaciones inmediatas, hoy adquieren inusitada relevancia.

 

Dígase la descripción del código genético mediante las estructuras algebraicas, en coordinación con el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM); y en Criptología, las aplicaciones del Algebra a la Teoría de Códigos, valioso aporte en colaboración con el Ministerio del Interior para proteger los sistemas de información del país.

 

Los matemáticos graduados en las últimas cuatro décadas lo quieren con devoción y pronuncian su nombre respetuosamente. ¿De su vida? Pueden que sepan algo, puede que sepan poco, puede que nada sepan. Por ejemplo:

 

De sus canciones y poemas revolucionarios «Retoño que vas creciendo» y «Homenaje a Salvador Allende», las campañas libradas en favor de Cuba en las Universidades que ha visitado, su participación en la lucha insurreccional, cuando era miembro de una célula del Movimiento 26 de Julio en el pueblo de Jicotea, en Ciego de Ávila, los arrestos y la furibunda golpiza a manos de los esbirros...

 

Los inicios como maestro primario en 1959; diez años después la graduación de licenciado en Matemáticas; en 1980, la conclusión del doctorado en Ucrania, y de 1980 a 1983, la misión internacionalista como profesor cooperante en la Universidad de Luanda.

 

-Usted gusta y disfruta la música, la literatura, la historia... Además de un hombre de ciencias, ¿se le puede considerar un hombre instruido en las letras humanas?

 

-Yo diría que en el arte y la poesía de la vida, aunque en el fondo nunca he dejado de ser un maestro de primaria, encumbrado ahora a la honrosa condición de Profesor De Mérito de la Educación Superior.

 

-¿Lo ha llegado a superar algún alumno, como el caso de Salieri , muy admirado en su época y recordado por su rivalidad con Wolfgang Amadeus Mozart?

 

-No, nada de rivalidades. Me asiste el orgullo de haber dado clases, cuando aún estudiaba y compartíamos la beca, al Dr. Ricardo Grau, hoy también Profesor De Mérito y Jefe del Proyecto de Investigación Bioinformática. Sin exagerar, fue uno de los mejores alumnos que he tenido en todos estos años de docencia. Tan bueno que pienso me ha sobrepasado, lo cual constituye para un educador motivo de orgullo y de satisfacción.

 

-Con frecuencia usted suele reiterar el verso de una canción muy profunda y sentida de la chilena Violeta Parra: «gracias a la vida que me ha dado tanto...»,

 

-Esta expresión goza de diferentes lecturas. Quienes me conocen de cerca saben lo que significa para mí.

 

 ¿Y a quién más daría las gracias?

 

-A mi esposa, por su apoyo y su paciencia antes mis despistes de profesor y de investigador olvidadizo; a su familia y magníficos hijos que siento como míos; a mis dos hijas, residentes en México y casadas con mexicanos, por su apoyo filial y solidario durante mis estancias de intercambio científico en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de UNAM.

 

Como en el álgebra moderna, repleta de poesía matemática, de símbolos y abstracciones, el Dr. Eberto Morgado Morales constituye una leyenda.

 

Que no se pierda su legado, ni el de tantos lúcidos académicos que habitan nuestras universidades. De nada valdrá el recuerdo sino atendemos la memoria viva. No abundan, y mucho tardan en formarse, educadores conscientes, profesores destacados, investigadores y científicos relevantes, amigos nobles solidarios,  honestos, convencidos.