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Por Mercedes Rodríguez García

Hace poco el fundador de Microsoft,  durante una conferencia que impartía en el salón de Tecnología, Entretenimiento y Diseño (TED) en Long Beach,  California, soltó un enjambre de mosquitos para sensibilizar sobre la malaria al auditorio compuesto por zares tecnológicos, políticos y estrellas de Hollywood.

 

«Los dejaré volar por aquí porque no se justifica que se infecte sólo la gente pobre», dijo liberando a los insectos. Y esperó cerca de un minuto antes de garantizarle a la audiencia que «los bichitos»no eran transmisores de la fiebre palúdica.

Curiosa filantropía de una de los hombres más influyentes de la industria informática, catalogado entre los hombres más ricos del mundo y últimamente muy ocupado en la fundación Bill y Melinda Gates, la cual donó168 millones de dólares para combatir la temible enfermedad.

Sin embargo, la malaria (http://www.elcastellano.org/palabra.php?q=malaria) y otras pandemias no asoman como las únicas dolencias que afectan a los pobres de este mundo, inmerso en una crisis económica que, si bien no ha acariciado el fondo del barril, su profundidad, extensión y duración resultan imposibles definir. Existen otros peligros que, sin constituir en sí una patología del cuerpo,  ponen en peligro la existencia misma del ser humano.

Se trata de que aquellos que puedan emanar del descontrol y el desenfreno en el manejo de la ciencia y la técnica, donde cada vez las brechas entre ricos y pobres se muestran muy bien delimitadas,  y los beneficios, nada recíprocos.  

Y aunque la crisis general del capitalismo tocará de algún modo a todos los habitantes de la Tierra,  no aparecerán los ricos entre los más perjudicados, al decir del escritor británico Ray Hammond, quien predice para el 2030 «una sociedad envejecida, atendida por robots y acosada por desastres climáticos.»

Sin embargo su visión no parece del todo catastrófica. Según el profesor del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, autor de El mundo en 2030 -una atrevida visión de cómo la tecnología transformará la sociedad-,  el Planeta  será sin duda un lugar mucho mejor «porque disfrutaremos de mayor prosperidad, al obtener una productividad inmensa de robots y ordenadores superinteligentes, y nos beneficiaremos de una medicina muchísimo más poderosa [...], al menos para la gente que viva en los países ricos.»

Y al hablar de robots Hammond soslaya lo expuesto por Peter Singer, un investigador que compartió el mismo salón californiano con Bill Gates,  y quien  aseveró que los robot, en caso de que la ciencia se ponga al día con la ficción, «formarán los ejércitos del futuro», aunque en la misma medida que usarlos en las batallas salvará la vida del personal militar, «endurecerá el carácter de las guerras porque se desplegarán máquinas sin corazón encargadas de hacer el trabajo sucio.»

Singer concluyó su exposición planteando lo que calificó, muy a lo estadounidense, una fortaleza pero a la vez una amenaza: «No tienes que convencer a un robot diciéndole que estará con 72 vírgenes cuando muera para conseguir que se haga explotar.» (Aplausos y risas). Siempre el fantasma del terrorismo recorriendo el mundo.

Mientras tanto tropas israelitas, armadas y asesoradas por la nación norteamericana,  utilizan despiadadamente aviones teledirigidos y robots portadores de bombas, algo ya común para miles de civiles palestinos, afganos, iraquíes...

¿Para qué entonces combatir la malaria?

Defiendo las obras de caridad y las campañas de bien público, y no niego que analizar las tendencias futuras con un buen fundamento científico y tecnológico constituye un magnífico ejercicio para estimular nuevas ideas.

¡Pero qué divertido y excitante hablar de futuro a lo Ray Hammond o Peter Singer! Al menos el primero le asiste el crédito de reconocer que el espléndido futuro al que se refiere no será nunca el de los desposeídos.

Por ejemplo. A la doble pregunta ¿qué futuro nos espera en el ámbito de la salud y hasta dónde va a llegar la ingeniería genética y la medicina regenerativa basada en células madres?, responde:

«Para la fecha que propongo en mi libro, al menos en los países ricos, la gente tendrá acceso a órganos de repuesto, desarrollados a partir de su propio ADN y conservados en un banco de tejidos. La ingeniería genética nos va a permitir potenciar nuestro físico y nuestro intelecto, y los padres recurrirán a ella para tener hijos más sanos y listos.»

¿Y sobre el envejecimiento? ¿Será posible frenarlo para entonces? «El que tenga dinero y quiera ser joven para siempre, podrá lograrlo. Lo que nadie sabe es si estamos psicológicamente preparados para tener 100 años y aparentar 30», afirma en su texto el titular de la Universidad de Oxford.

De las maravillas al alcance de los ricos en el 2030, Ray Hammond habla continuamente. Sin embargo, ¿cómo reaccionará toda la gente que no pueda acceder a tales privilegios?

El profesor británico es categórico... ¡a lo británico!: «Si Occidente no hace nada por reducir la brecha entre privilegiados y desposeídos, lo pagará muy caro, porque los países pobres serán nidos de terroristas que vendrán por nosotros.»  (De nuevo el fantasma del terrorismo recorriendo el mundo.)

A mí que me perdonen los escritores de ciencia ficción, los futurólogos y los genios primermundistas en cibernética, informática, robótica, telecomunicaciones, etc. Pero, ¿qué será del mundo cuando existan ordenadores más inteligentes que sus habitantes? ¿De qué valdrá llevar implantes nanotecnológicos bajo la piel conectados al cerebro, con los que podremos comunicarnos y conectarnos a internet?

¿Las diferencias entre hombres y mujeres se estrecharán o desaparecerán?  Los derechos humanos, ¿serán más respetados? Y la malnutrición, el analfabetismo y el trabajo infantil ¿reducirán los ya alarmantes índices?  ¿Crecerán las desigualdades dentro de cada nación  continuando los ricos más ricos y los pobres más pobres?

Y antes de que llegue el 2030 ¿Desaparecerán las fuentes de conflicto actuales o surgirán nuevas?  ¿Cobrarán fuerza el regionalismo y el fanatismo religioso o todo lo contrario?  China y Latinoamérica,  ¿ganarán importancia frente a Estados Unidos y Europa? Llegará a convertirse Obama en un adalid  para combatir la crisis climática?

A mi juicio, señor Ray Hammond, Fidel le tomó la delantera desde en la cumbre de Kioto, en Japón, cuando adelantó que problema medioambiental, dado los efectos del cambio climático, dejaron de ser objeto de debate para convertirse en una realidad a la que hacer frente.

En lo que respecta a ese mundo interconectado y a los impactos sociales de las llamadas nuevas tecnologías de la información y la comunicación,  augurado por Hammond cuando internet aún se encontraba en «una fase embrionaria», no menos de una decena sociólogos, antropólogos, filósofos y escritores, ya habían hablado muy en serio sobre los efectos idiotizantes de la televisión, y otros no menos dañinos provocados por la lluvia de publicidad en los medios de prensa.

Lo cierto es que en medio de este maremágnum científico-tecnológico, aún cuando un alto por ciento de los cubanos no posean una computadora conectada a internet ni lleven en los bolsillos un teléfono celular, me siento bastante segura  en esta pequeña isla del Caribe, llena de escuelas, dotada un capital humano invaluable,  para nada «desenchufada» de las infocomunicaciones, no ajenas a alianzas internacionales, y por supuesto, libre de malaria y otras muchas enfermedades.

Así que con todo el respeto que merece Ray Hammond -sin dudas un best seller en dos pies y un Nostradamus  contemporáneo - le ruego que medite menos «comercialmente» sobre el desarrollo de la humanidad y la estrecha relación que este guarda con las estructuras socio-políticas encargadas de potenciar y socializar la ciencia y la técnica.

Y me refiero una estructura  que semeja una fotografía global de la Tierra: de un lado, los hombres más ricos y consumidores; del otro, los que venden su fuerza de trabajo para dejar de ser pobres, y un tercero, los «desenganchados», que malviven de las migajas de ese Primer Mundo «caritativo» a lo Bill Gates, y sin más salida que enfrentar  el dilema: ¿Desarrollo o esclavitud tecnológica?

Ojalá  el complejo entramado del futuro mundial pudiera cambiarse con unas cuantas predicciones sobre el impacto que va a tener la ciencia y la tecnología en la vida humana, o la malaria desapareciera echando a volar inofensivos mosquitos entre un público muy especializado, pero ignorante de los 3 mil 300 millones de personas que la padecen en el mundo.