20090108200331-susan-sontag.jpg

Por Mercedes Rodríguez García

 

El 28 de diciembre de 2008, cuatro años después de su muerte, la recordé de modo extraño. Y no soy de las que fija muchas fechas en mi ocupadísima memoria. Tal vez fuera por motivos del subconsciente, en un punto de encuentro allá por los últimos años de 1960, cuando cursaba el bachillerato.

 

Entonces Susan Sontag no era conocida en Cuba. Mucho menos aquel  texto que llegó a mis manos, escrito a máquina y reproducido en esténcil.  Lo recibí doble, con una o dos semanas de diferencia, por correo certificado, gracias a dos amigos filatélicos: uno español, el otro norteamericano. Si mal no recuerdo trataba sobre lo antinatural, artificioso y exagerado de una serie de fenómenos de la sociedad contemporánea que entonces -con solo 17 años- me preocupaban sobremanera: las guerras, las drogas y la pornografía.

Después le cogí el gusto a su estilo, por lo que concluyo  que se trataba de una magnífica traducción al español. Los artículos de Susan me dejaban boquiabierta y de mucho me sirvieron para adentrarme en el mundo de la música, el cine, la danza y el arte moderno, temas que hicieron de esta ensayista y novelista estadounidense nacida en l933, en Nueva York, una verdadera autoridad en la materia. De alguna manera creo que fue ella la «culpable» de mi temprano acercamiento a la creación literaria, del mismo modo que lo fue respecto al periodismo, Oriana Fallaci, ya bien entrado los 70.

Luego le perdí la pista. Y volví a recuperarla -sin que mediara el cartero- a través de internet, en un par de artículos en los cuales criticaba la actuación de su país tras los ataques terroristas a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Ya yo ejercía el periodismo.

Pese a los pro y a los contra que signan las ideologías, Susan Sontag continúa siendo para mí un paradigma por su obra crítica, en la que examinó diversos aspectos sociales, culturales y políticos de la sociedad contemporánea. Sus libros exploran temas tan diversos como la política, la fotografía o la enfermedad.

Entonces, ¿por qué recordé el día de su muerte y no el de su cumpleaños? Muy sencillo. Quizás, también, cuestión del subconsciente, pero a casi 40 años de distancia.

No, obstante existe un punto de contacto con la realidad: la noche antes me quedé dormida leyendo Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Y dentro del libro, manuscrita por mí -copiada de algún sitio online-, una sencilla y conmovedora crónica suscrita por el novelista, poeta y periodista portugués. Al día siguiente, falleció la última tía de las que me crió. Ella odiaba a Susan Sotang, y lo justificaba en pocas palabras: «Te convirtió en rebelde sin causa, te alejó de la tranquilidad.»

Mi tía amaba la tranquilidad, murió tranquila, consumida luego de tres años de encamamiento lúcido. Su velorio fue breve; su entierro, lluvioso y frío. En soledad la lloré, sobre el hombro de mi hermano, una hora después que le echaron la última paletada.

Sin embargo,  esa noche no soñé con mi tía sino con Susan, aunque apenas la conocí en fotos. Como Saramago la vi flotar y salir por la ventana con su melena blanca desplegada. Pero ¡horror!,  no pudo consumar el asenso. Su cabellera quedó enredada entre las persianas de aluminio. Creo que aún está ahí, atrapada, queriéndome advertir: «Mercedes, el mundo no ha cambiado mucho.»

 

BAILABA CON LOBO

Por José Saramago

No volveremos a ver la melena blanca de Susan Sontag, no escucharemos nunca más su voz fuerte y a la vez aterciopelada, no encontraremos en los periódicos los artículos de análisis, de crítica y también de protesta e indignación que nos aseguraban que la honradez intelectual seguía obstinada en no ser una mera conjunción de vocablos. Tampoco sus novelas y ensayos luminosos tendrán continuación. Ahora mismo Estados Unidos debe de estar de luto -si el luto cívico fuera, hoy por hoy, en este país, compatible con la atmósfera perversa y enrarecida que el poder da a respirar a la mentalidad de sus ciudadanos. Susan Sontag "bailaba con lobos", ella misma era una loba, y a veces ululaba de desesperación porque el dolor no se acaba en el mundo, porque la guerra no se acaba en el mundo, porque lo humano tarda en llegar y lo inhumano nos va calcando a los pies todos los días y en todos los lugares. Adiós, Susan, no volveremos a vernos. Te voy a echar de menos, te lo aseguro. Tú ya eres, según el tópico manido, una "pérdida irreparable". Mañana comenzaremos a saber mejor hasta qué punto.