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Por Lorgio Batard Martínez


La Física en Cuba al igual que la Matemática y la Química, estuvo sumamente desatendida tanto en la etapa colonial como republicana, al punto de que prácticamente no había investigaciones científicas en estos campos antes del triunfo de la revolución. En el presente trabajo se muestran los principales hechos relacionados con la Física antes del triunfo de la Revolución, tanto en el ámbito de la investigación como en el de la enseñanza.

La era de la llamada Física Clásica comenzó con Galileo, quien murió en 1642, el mismo año en que nació Isaac Newton, continuador y superador de su obra. Las Leyes de la Mecánica y la Gravitación Universal abrieron un nuevo campo en la investigación y experimentación científica de la Física. Iba quedando atrás el atraso secular de la Edad Media, para entrar en una nueva etapa de florecimiento cultural, iniciada en la Matemática del siglo XVI, y en el caso de la Física en el siglo XVII.

La Física en la etapa colonial

Nunca el gobierno colonial español se interesó por el estudio y el avance de la ciencia en Cuba; las excepciones aisladas en este campo se debieron al esfuerzo de ilustres cubanos. Tal fue el caso del Padre Juan Chacón, varias veces Rector de la Universidad, quien en 1761 quiso reformar la enseñanza de la Física y la Matemática, reclamando al gobierno español la autorización para el establecimiento de una Cátedra de Física Experimental, que era como se denominaba entonces a la Física Clásica, y dos de Matemáticas Superiores.

A pesar de haber sido aceptada la propuesta por el claustro universitario, la solicitud tenía que ser sometida a la aprobación del gobierno monárquico de Madrid. Finalmente, el 25 de noviembre de 1767, es decir, 6 años después, una Real Cédula de Carlos III denegó la autorización en lo relacionado con la Física y dio el permiso para que se creara una sola Cátedra de Matemática.

Esta negativa no amilanó al destacado intelectual cubano. Los datos históricos revelan que Chacón hizo adquirir, no sin grandes esfuerzos, unos pocos aparatos para la experimentación en el campo de la Física y se declaró a favor de que se diera alguna atención a la enseñanza de la Física Clásica en el marco de la Cátedra de Filosofía, aunque siempre preocupado por una posible sanción de la Corona, al violar lo establecido en la Real Cédula. Lo más importante es destacar que fue precisamente un cubano el que presentó esta lucha frontal por la enseñanza de la Física en Cuba. El progreso científico le estaba vedado a Cuba 50 años después de la muerte de Newton y cuando la mayoría de las naciones europeas, las trece colonias norteamericanas y alguna que otra colonia española, como México, ya transitaban por este camino.

Mientras que en la Universidad se ponían obstáculos oficiales a la enseñanza de la Física, por el esfuerzo e iniciativa de un insigne santiaguero, el obispo Echeverría, se establecía que en el benemérito Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la enseñanza de la Filosofía debía abarcar tres disciplinas: la Lógica, la Metafísica y la Física Experimental. Sin embargo, las limitaciones para el ingreso eran tantas, que esta posibilidad de estudio de la Física Clásica solamente llegaba a un sector muy reducido de la juventud habanera.

Para tener una idea precisa del atraso existente en el país basta con señalar que en 1799 dos redactores del importante Papel Periódico de La Habana, confesaban públicamente que no sabían lo que era un metro, cuando en la mayoría de los países de Europa ya se trabajaba con las ventajas del sistema métrico decimal.

En este significativo avance del Seminario de San Carlos estuvo presente la influencia decisiva del trío de sabios de la primera mitad del siglo XIX: Varela, Luz y Caballero y Saco, quienes en su lucha contra el escolasticismo imperante, echaron sobre sus hombros la colosal tarea de enseñar una Física Experimental de avanzada, que estuviera a la altura de los adelantos científicos del mundo y de los planes de estudio de las principales universidades europeas. Es admirable que con el esfuerzo de ellos y el de otros cubanos notables como Domingo del Monte, se consiguieron modernos aparatos en Londres, París, Madrid y otras capitales del mundo desarrollado, con destino al gabinete de Física Experimental del Seminario.

Estos dignos cubanos, que no eran ricos, aprovechaban las ocasiones de sus viajes por el mundo para luchar por el desarrollo de una cultura científica cubana, a pesar de la hostilidad permanente del gobierno español.

Es notable, por ejemplo, que el Padre Félix Varela llegó incluso a fabricar algunos equipos con sus propias manos. Entre los primeros escritos sobre Física en Cuba estuvieron el Tratado elemental publicado por José Antonio Saco en 1823, que incluía temas tales como meteorología, electricidad y un estudio químico de los gases; y el Estudio sobre el magnetismo terrestre de José de la Luz y Caballero, que tuvo un gran impacto en la comunidad científica nacional. También Félix Varela en sus Lecciones de Filosofía, dedicaba los dos últimos tomos al estudio de la Física clásica.

En su Colección de papeles Saco señalaba que ya en el curso 1823-24, en el período de exámenes, los alumnos del Seminario de San Carlos tuvieron que realizar exámenes de Física y de Electricidad, haciendo énfasis en esta diferenciación.

Con la secularización de la Universidad de La Habana en 1840 se incluyó un profesor de Física Clásica en los estudios de alto nivel, aunque las lecciones de Física se siguieron impartiendo dentro de la Facultad de Filosofía.

Así la Universidad de La Habana comenzaba a recuperar su papel protagónico en la enseñanza de las Ciencias, pues el Seminario de San Carlos, por las persecuciones políticas de la época, decaía notablemente.

Mientras tanto el otro Seminario importante del país, el San Basilio Magno de Santiago de Cuba, enseñaba Física desde los albores del siglo XIX, pero sólo en un nivel secundario elemental.

Por esta época los avances en la navegación a vapor, así como la construcción en Cuba del primer ferrocarril iberoamericano, que se inauguró en 1837, crearon la necesidad de que existiera en Cuba una especie de técnicos en mecánica, que requerían ciertos conocimientos de Física Clásica y como no podían matricular en los centros de enseñanza superior, se formaban de manera autodidacta o recurrían a profesores particulares.

Algunos de éstos llegaron a tener cierto renombre como el profesor Eugenio de la Plaza, quien por varios años a partir de 1804 impartió clases de Física Clásica en su propia casa, situada en la calle Acosta número 77 en la ciudad de La Habana.

Se comprendió entonces el enorme beneficio que había representado para el desarrollo de la economía y el progreso de Cuba, el que hombres como el Obispo Espada, Luz y Caballero, y el Padre Varela, hubieran logrado, en lucha abierta con el oscurantismo reinante, que los cubanos conocieran Mecánica, Electricidad, Hidráulica y otras ramas de la Ciencia.

Con estos antecedentes históricos, las novedades científicas del siglo XIX, como el telégrafo, creado por Samuel Morse en 1836; la ley de conservación de la energía, presentada por primera vez en 1847 por el físico alemán Herman Ludwig Von Helmholtz; la dinamita inventada por Alfredo Nobel en Clerk Maxwell, desarrollados con la mayor exquisitez matemática entre los años 1864 y 1873; o la invención del teléfono por Alexander Bell en 1875; no eran ajenas a los científicos cubanos de la época, la mayoría de los cuales eran miembros ilustres de la Academia de Ciencias Médicas, Física y Naturales de La Habana. Incluso uno de estos hombres de ciencias cubanos, el ingeniero E. Carvajal, fue consultado por el inventor Tomás Alva Edison cuando preparaba su bombilla eléctrica. También el ilustre cubano Enrique H. Touceda hizo notables aportes a la industria del acero en Estados Unidos desde su cátedra en el Rensselaer Polytechnic Institute.

El ansia de libertad del pueblo cubano, volcado en la heroica guerra independentista iniciaba en 1868, mermó considerablemente la matrícula en la enseñanza superior e interrumpió este incipiente progreso en el desarrollo de las Ciencias. Aunque después de 1868 hubo algunos progresos en campos como la Medicina, la Ingeniería Civil, la Meteorología y la Agronomía, entre otros, esa no fue la suerte de las Ciencias Físicas.

LA FÍSICA EN LA SEUDORREPÚBLICA

Si el gobierno español constituyó un freno constante al desarrollo de las Ciencias en Cuba, la intervención norteamericana y los gobiernos títeres de la seudorrepública, mantuvieron esta desfavorable situación.

Los grandes descubrimientos de las postrimerías del siglo XIX, como los rayos X, la radioactividad, la aviación, la radio, la refrigeración, los descubrimientos en mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, no lograron sensibilizar a los gobernantes de turno, que estaban más interesados en desfalcar el fondo público que en crear un clima favorable para elevar la cultura del pueblo.

En esta etapa de oro, de los inicios de la Física Cuántica y Relativista, prácticamente no había Físicos en Cuba. Solamente destellos aislados aparecieron en el oscuro firmamento de las Ciencias Físicas cubanas de la primera mitad del siglo XIX. Por ejemplo, es sorprendente conocer que un cubano natural de Cárdenas, el ingeniero Bermúdez Caldewel, figuró entre los especialistas norteamericanos, italianos y daneses que construyeron los primeros artefactos nucleares. Sin embargo, posteriormente fue a prestar sus servicios en las investigaciones nucleares de Brasil. También es notable el caso del profesor cubano Alonso Roca, quien, tras varios años de estudio en cuestiones nucleares, abandonó nuestro país para radicarse en Washington como consultor en temas científicos de las Organización de Estados Americanos.

Mientras que Argentina, Brasil, Chile, México y Venezuela, ya contaban con Centros de Investigación para utilizar la energía nuclear con fines pacíficos, en los años 50 del siglo pasado, destacados físicos cubanos como el ingeniero Bermúdez o el profesor Alonso Roca, tenían que ofertar sus conocimientos en otras latitudes, ante el lamentable estado de la ciencia cubana de la época.

Ni siquiera después de renovada la enseñanza universitaria con el denominado “Plan Varona”, la enseñanza de la Física recibió la atención debida por parte de las autoridades educacionales de la república mediatizada.

En 1923 ingresa al claustro de la Universidad de La Habana, como profesor interino, el Doctor Manuel Francisco Gran Gilledo. De origen humilde, trabajó como obrero de la construcción para poder realizar sus estudios de nivel medio en la Escuela de Artes y Oficios. En la Universidad de La Habana se graduó de Arquitecto (1918), Ingeniero Civil (1918), Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas (1922) y Doctor en Ciencias Físico-Químicas (1925).

Manuel Francisco Gran Guilledo (1893-1962).

Nació en El Cano (La Habana), el 28 de octubre de 1893. Fue la figura cimera de la Física en Cuba en la primer mitad del siglo XX. En 1925 ya había ganado por oposición el nombramiento de Profesor Auxiliar, y dos años después ya era Profesor Titular.
Entre 1923 y 1956 ejerció la docencia de los cursos básicos de física en las carreras de Ciencias Físico-Matemáticas, Ciencias Físico-Químicas e Ingeniería de la Universidad de La Habana. Publicó en imprenta y en mimeógrafo gran parte del material de estudio para sus cursos universitarios de Física Superior, que se estabilizaron hacia 1929. Entre los manuales de física, matemática y otros que publicó con fines docentes, se destaca su obra titulada Elementos de Física General y Experimental, en dos tomos (1939-1940), reeditados posteriormente.

Con Gran comenzó la enseñanza científica de la Física en la Enseñanza Superior. Hombre de vasta cultura y excepcionales dotes como pedagogo en los dos volúmenes de sus Elementos de Física, logró recoger los adelantos más significativos de las Ciencias Físicas de la época, de una manera clara y precisa. Muchas generaciones de profesionales y científicos cubanos se iniciaron en el estudio de la Física con sus textos.

Gran, quien dominaba varios idiomas, desarrolló en sus clases y escritos un estilo muy propio, donde se combinaba el alto nivel de su contenido con elementos que motivaban el interés y la reflexión. Dictó varias conferencias memorables, tales como: “La onda luminosa” (1929), “Félix Varela y la ciencia” (1945), y “Enseñar y educar” (1954), entre otras. Poseedor de una honestidad reconocida, mantuvo una posición liberal-progresista, aunque no radical, y fue postulado para senador de la República en las elecciones de 1948, bajo el lema: "Vergüenza contra dinero" del líder ortodoxo Eduardo Chivás.

Fue también un ciudadano ejemplar, con una trayectoria que le mereció la admiración y respeto de todos. Desde las aulas universitarias se pronunció reiteradamente contra los atropellos de la tiranía de Batista. Al triunfo de la revolución fue designado Embajador de Cuba en Francia, cargo que desempeñó desde mayo de 1959 hasta fines de 1960. Posteriormente, ocupó el cargo de representante de Cuba ante la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA). Falleció el 3 de abril de 1962, en Ciudad de La Habana a los 68 años de edad. El Dr. Juan Marinello, entonces Rector de la Universidad de La Habana, en sentidas palabras señaló que la Universidad había perdido unos de sus hijos más ilustres.

En la historia de las Ciencias Físicas cubanas un hecho excepcional ocurrió el 19 de diciembre de 1930. En la mañana de ese día numerosos periodistas, profesionales y hombres de pueblo en general, concurrieron a la bahía habanera a recibir al vapor Belgenland, donde arribaría el físico más importante del siglo XIX: Albert Einstein, acompañado de su esposa Elsa y una pequeña comitiva.

En esta breve visita de 30 horas a Cuba, Einstein asistió a un merecido homenaje en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, hoy Museo Nacional de Historia de las Ciencias “Carlos J. Finlay”, que fue auspiciado por la Sociedad de Geografía. También recibió reconocimientos de la Comunidad Hebrea de Cuba y el de la Sociedad Cubana de Ingenieros.

Siguiendo un programa de actividades muy intenso para una visita tan corta, visitó el campo de aviación, la Escuela Técnica Industrial, y quedó gratamente impresionado con la maravillosa obra del acueducto de Vento.

Sin embargo, la esperada visita a la Universidad de La Habana no pudo realizarse; por haberse convertido la alta casa de estudios en una trinchera de lucha contra el gobierno de Machado, quien decretó el cierre de sus aulas.

Albert Einstein (1879-1955)

La modestia y sencillez de Einstein se manifestaron una vez más cuando rechazó una invitación para hospedarse en el lujoso y recién inaugurado Hotel Nacional, permaneciendo en el Belgenland.

Ante su solicitud de conocer las áreas más pobres de la ciudad, recorrió el Mercado Único y los solares y cuarterías de la Calzada del Monte. De estas visitas hizo la siguiente anotación en su diario: “Clubes lujosos al lado de una pobreza atroz que afecta principalmente a las personas de color.” Partió de La Habana a la 1.00 PM del sábado 20 de diciembre de 1930.

La breve visita de Einstein sirvió para ratificar el sentimiento de admiración y respeto del pueblo cubano por tan insigne científico.

La Universidad de Oriente fue fundada en 1948 y la Universidad Central de Las Villas (http://www.uclv.edu.cu) en 1952, pero antes de 1959 ninguna de las tres universidades cubanas podía satisfacer los reclamos del impetuoso desarrollo de la ciencia y la técnica a escala mundial. En un país que en 1958 contaba con más de un millón de analfabetos y más de la mitad de sus niños en edad escolar no tenían aulas ni escuelas, no se podía pensar en una educación masiva y científica. Un cambio radical en la enseñanza e investigación dentro del campo de la Física vino con el triunfo revolucionario, asunto que abordaremos en un próximo trabajo.