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Por Yandrey Lay Fabregat (Alumno de Periodismo)

Miguel de Unamuno decía que las palabras no son la expresión del pensamiento, sino el pensamiento mismo. Debido a eso, todo escritor o periodista, comparten los gajes del oficio, deben manejarlos con tanto virtuosismo como un músico opera su instrumento o un cirujano utiliza el bisturí. No ofrecemos recetas para escribir mejor. Sería bastante hipócrita, viniendo de alguien que no cree en ellas. Le propongo discutir algunos principios importantes acerca del arte de la palabra.

Un antiguo proverbio chino reza que la naturaleza nos dio dos ojos, dos oídos y una sola boca, para que hablásemos sólo la mitad de lo que vemos u oímos. Donde quiera colocar diez palabras, utilice cinco. Los vocablos que no le añaden a su texto, indudablemente le quitan brillo. El mismo Monterroso plantea en un brevísimo cuento: “Hoy me siento un Balzac; estoy terminando esta línea.”. Él concedía tanto valor a una simple oración como a las noventa y tantos volúmenes de la Comedia Humana. 

A nadie le gusta que le digan qué hacer ni qué pensar. Muestre los hechos y que el lector decida. Sálvese a sí mismo: usted no ha dicho nada malo, los otros han entendido mal. Tóquele la fibra sensible, pero sin exagerar. Como diciendo: “Mira, ya ves, a ti te hubiese podido suceder lo mismo”. No lo diga todo, sugiera. En cualquier caso el Código Penal aclara que el delito de insinuación siempre conlleva menos responsabilidad que el de propalar verdades cuestionables.

Niels Bohr, en su metodología científica, oponía los conceptos de claridad y verdad. “La realidad está en lo complejo; lo sencillo casi siempre resulta falso”, escribió el físico danés. Usted debe tener en cuenta de que todo artesano de la palabra es un potencial mentiroso. Le queda una oportunidad remanente: Ya que va a estafar a las personas, por lo menos hágalo con sinceridad. Hábleles claro.

La historia del ajedrez ha tenido grandes campeones. Tres de ellos son recordados con singular fervor: José Raúl Capablanca, Mikhail Talh y Robert Fischer. ¿La causa?, muy simple. Parecían ganar sin esfuerzo, como si no tuvieran oponente. La literatura es también como un deporte mágico. Los lectores no juzgan sólo una obra excelente sino también la manera en que esta se escribió. Usted podrá ser el autor de En busca del tiempo perdido, el Ulysses o La Montaña Mágica, pero la gente no apreciará su obra por la calidad que pueda tener, sino por el trabajo que le llevó terminarla. El arte verdadero reside en hacer de cada miniatura una obra monumental.  
 
Hechice al lector, pero sin que se note que usted ha echado los pulmones en el intento. Diga una frase célebre a cada paso, pero no intente explicarla. Pula cada sentencia, cada adjetivo, sin que se vea de donde saca los ases. Si es posible, use un smoking sin mangas. Hágales abrir la boca de sorpresa, maraville. Jostein Gaardner escribió que sólo los niños y los sabios nunca pierden la capacidad de asombrarse. 

Convierta a cada lector en niño y en sabio al mismo tiempo. Entonces la gente lo pondrá al lado de los grandes estilistas: Wilde, Hesse, Borges.  
Un último consejo. Walt Whitman solía decir que “el escritor es un pequeño Dios”, un demiurgo que hace y deshace mundos a su antojo. No le tenga lástima al lector. Golpéelo fuerte. Jab de izquierda al rostro, gancho al estómago. Cuando despierte del knock out, el lector se lo agradecerá. En definitiva, usted le ha hecho desmayarse de placer. “En literatura, la única regla fija es que no hay reglas fijas”.