20070908015024-dsc-006299.jpg Por Mercedes Rodríguez García

Cualquier historia del verano precedente servirá para contarla este lunes en el rencuentro con los compañeros del último curso cuando, ya agotados por el calor y los avatares del transporte, en medio de las pruebas finales, la meta parecía un espejismo a decenas de metros de distancia.

Ahora otra vez a las aulas y a ¡desperezarse!, que retornan los meses de uniformes, de estudio y de trabajo.

De las ya lánguidas vacaciones sol, arena y mar resultaron los más codiciados. Las piscinas no funcionaron muy bien que digamos. Como siempre: campismo, Zoo, viajes a casas de amigos y familiares en otras ciudades y provincias, películas y  muñes en la tele, y música - ¡mucha música y baile!-; dulces caseros y galleticas, panes con cualquier cosa,  refrescos y comidas sin sometimiento a la tirana majestad de los relojes; baños bajo los chaparrones, béisbol y fútbol callejero... 

Y lo más novedoso. Dos opciones que no todos -niños, adolescentes, jóvenes y adultos-  supieron aprovechar o ganar al máximo: el acceso a los Joven Club de Computación y a las Lecturas de Verano, especie de mini ferias del libro, pues hubo ventas, acciones dirigidas y actividades colaterales.

Manuel Alberto ni siquiera se acercó a un río. Si por él hubiera sido continuaría todo el tiempo delante de la computadora en uno de esos juegos que entretienen y enseñan a la vez, aunque prefiere explorar Encarta.  «Incluso -dice- hay veces que estoy durmiendo y me despierto de pronto con la imagen de la enciclopedia en la pantalla o la de un juego que abrí por la tarde.»

Carlos Andrés conoció muchos lugares del Mundo en estas vacaciones, gracias a un Atlas Geográfico que la tía Carmen le trajo de Venezuela como regalo de cumpleaños, el 24 julio. Ella asegura que con apenas quinto grado -y desde entonces- el sobrino despierta de madruga para echarle mano al cuaderno dormido junto con él, sobre su pecho. «Le encantan los libros, pero si se trata de mapas, entonces constituyen casi una obsesión.»

Bertha, la abuela de Marcos Víctor, no para de aconsejarle al nieto de secundaria que lea, porque para ella -martiana de raíz- «la vida se hace mejor cuando se comparte con los libros. Y el chico

 -confiesa- «solo abre aquellos que le indican en la escuela (...) y a remolón no hay quien le gane.»

Laura, estudiante de preuniversitario, no conoce rivales en tales lides. La chica leyó completas este verano las fábulas y los relatos sentenciosos, con máximas y consejos, de Esopo, La Fontaine, Samaniego; Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga; El Principito, David Copperfield, e Ismaelillo.

De seguro que en próximo curso le irá mejor en las asignaturas y perfeccionará la ortografía y la redacción. Porque como dice su mamá, experta profesora de Español y Literatura: «No puede olvidarse que la lectura, además de un hábito, consiste en una actividad intelectual que se manifiesta claramente al interpretar el texto y reconstruir su significado, y eso ayuda mucho durante el aprendizaje de cualquier asignatura. Lo que más agradece un docente es un alumno con hábitos lectores."

Entonces, ojalá...

Que al curso escolar 2007-2008 en Villa Clara lo distinga la formación de hábitos lectores.

Que lo bueno y nuevo del verano no se desvanezca en las aulas de las ninguna de las mil 32 escuelas de la provincia, que ya informaron tener garantizados los recursos imprescindibles.

Que para las necesidades de educadores continúen promoviéndose alternativas, como la participación de un contingente de 230 alumnos universitarios y la reincorporación de 70 pedagogos.

Dedicado al Guerrillero Heroico, el período lectivo ya aproxima sus brisas olorosas a lápices y libretas, libros y cuadernos, mochilas y jabitas, pizarrones y tizas...

Porque en todo tiempo cubano siempre continuarán los intentos por  parecerse al Che. Como él,  en vacaciones y en clases, desde el preescolar hasta la Universidad.