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Testimonio de Bárbara Sánchez quien cuidara de niño a Alejandro García Caturla. Descendiente de esclavos, Abibe, como todos la llamaban, nació y se crió en el hogar de la distinguida familia  remediana. Su vínculo permanente con el singular músico le permitió, a los 85 años de edad, revelar por primera vez aspectos pocos conocidos de la vida del también abogado y juez, nacido el 7 de marzo de 1906.  

Por Mercedes Rodríguez García 

Cuando el tiempo pasa y se pega a la piel secándola o arrugándola, al periodista le quedan pequeños o grandes privilegios, muchos de ellos guardados —también aparentemente olvidados— en una especie de archivo natural al que van a parar agendas usadas, fotos no utilizadas, alguna más que otra cinta magnetofónica, transcripciones, versiones, entre un río crecido de papeles y documentos que, por algún motivo no devolvió o prefirió quedárselos para posteriores trabajos, o como prueba del hecho descubierto o narrado. Por estas razones, hace unos días, hallé la copia dela transcripción del testimonio que me ofreciera, en 1975, Bárbara Sánchez (Abibe), hija de esclava, pero nacida y criada libre en casa de los abuelos y madre de Alejandro Evelio García Caturla, en Remedios. Hasta la entonces anciana de 85 años[1] llegué una mañana gracias a colaboración de mi amigo Miguel Martín Farto, compañero de andanzas literarias, parrandero fanático, estudiante de Medicina y ferviente colaborador de Feijóo, ese viejo y zorro Samuel siempre a la caza de colaboradores entusiastas para su grupo y sui géneris revista Signos, y ¿culpable? del ¿extravío? de la valiosísima grabación que en aquella oportunidad le hice a quien cuidara del primogénito Caturla durante su niñez. No cuentan en esta oportunidad pormenores que ambienten la entrevista. (Descripciones, gestos, caracterización del personaje, etc.) No los consigna la copia de la transcripción ni tampoco existen rastros en los vericuetos de mi memoria. Obligada me veo a prescindir de tales elementos que sin duda  enriquecen la situación y matizan el diálogo. Además, las características de esta revista, no me permiten reproducir detalles que quedaron impresos en el periódico Vanguardia, cuando prácticamente me entrenaba en los quehaceres reporteriles, ya convertida en víctima de la síntesis, en tirana del adjetivo y en mártir del apremiante cierre nocturno de la edición diaria.[2] Dejo pues a Bárbara dueña absoluta de la historia y del espacio. Solo breves e imprescindibles acotaciones. «Cuando mataron a Alejandrito se acabó la casa de los Caturla, allí nunca más sonrió nadie no se volvió a escuchar el piano.» Fueron las primeras palabras de la anciana que, luego del casamiento de doña Diana y don Silvino, el 24 de marzo de 1905, fuera a residir al nuevo hogar de la pareja, en la calle José A. Peña No. 35. «Casi al año exacto de casados, doña Diana dio a luz a Alejandrito[3], que fue el primero de cuatro hermanos. Yo tenía 16 años y me había acostumbrado mucho a la señorita de la casa, por eso cuando mi señora se casó yo me dije: 'voy a extrañar a la señorita porque ahora se va a vivir sola. Tengo que hacer algo.' Y con mucho respeto, por todo el cariño y distingo que le tenía, se lo pedí. Entonces me respondió: 'Está bien, es buena idea, pero antes hay que contar con papá, si está de acuerdo, te vas con nosotros.' Por eso es que vi crecer a Alejandrito. «A él lo amamantaron Teotista, Andrea y Lucía, tres negras de la antigua dotación, pero no esclavas, porque hacía más de veinte años que se les había dado la libertad y ya se les pagaba un salario[4]. Yo nací en la casona que era de sus abuelos y luego de sus padres, en la calle General Carrillo[5]. Se puede decir muy bien que vivió allí, porque fue en ese lugar donde pasó los mejores ratos de su infancia y adolescencia, incluso, allí sentó su despacho de abogado. «Yo lo ví muy bonito, casi recién nacido, con su pelo muy negro. Le ponían unos mamelucos preciosos, de género muy fino, todo de blanco, con cintas y encajes. Yo me bañaba hasta dos veces en el día para estar siempre limpia cuando lo cargaba. Mientras lo dormía le cantaba rondas y nanas muy lindas, y ya de dos años más o menos, cuando por alguna razón me callaba, él me decía: 'Canta, Abibe, canta'. Entonces continuaba con sonsonetes o alguna canción de cuna africana hasta que se quedaba rendido. «Todos lo mimaban. De niño no le faltó nada. Fíjate, le daban unas cajitas llenas de monedas de oro para que se entretuviera. Él las sacaba y las regaba por el piso, las ponía en fila o en pila según el tamaño, se acostaba en el suelo y, desde esa posición, las contemplaba alelado. ¡No! No le daba manotazos ni nada de eso. Yo creo que él imaginaba cosas, ¡vaya usted a saber qué cosas! «Casi toda la familia por parte de doña Diana tocaba el piano y, chiquitico, de tres o cuatro años más o menos, se sentaba a tocarlo, digo, a sonarlo, porque sus deditos iban de un lado a otro de las teclas, sin notas pensadas. Yo le decía que se bajara, que lo iba a desafinar, pero no me hacía caso porque la familia se lo consentía todo. Después sí, una maestra de aquí de Remedios, le dio clases de música.[6] «También le gustaba hacerse pasar por director de teatro. Se reunía con sus primos y amiguitos del barrio e improvisaban actuaciones. Ponían una sábana como telón de fondo, el repetía lo que debían decir, tocaba algo al piano y los demás cantaban y bailaban. «Ese muchachito era tremendo, se pasaba la vida cantando, yo creía que en vez de músico iba a ser cantante o actor de teatro, y ya ve usted, fue hasta juez. ¡Y qué clase de juez! Ya crecidito me decía: 'Tú veras, Abibe, deja que yo sea grande, todo el mundo va a hablar de mí.' Óigame, y así mismito fue. «Alejandrito casi siempre jugaba en la casa, pero a veces lo dejaban ir a un solar cerquita donde se juntaba con un montón de negritos. Debe haber sido por allí donde lo interesaron en los bembés y cabildos de nación. Yo creo que por ahí le entró el gusto por lo africano, a tal punto que tuvo 11 hijos en dos matrimonios con negras. Fundó dos familias, como se decía entonces, de color. Pero para que usted vea, fue un padre muy preocupado, joven, pero muy preocupado. «También fue muy buen hijo. La madre se desvivía por él y él también la adoraba. Doña Diana era muy aconsejadora cuando él salía del pueblo: 'Alejandrito, no vayas a sacar la mano cuando vas por la carretera; no te acuestes tarde, no dejes de comer ni te agotes tanto trabajando.' Cosas de madre, porque Alejandrito era lo más responsable que usted pueda encontrar. «Él me decía: 'Abibe, es que mamá se cree que yo soy un niño.'Y para mí nunca dejó de serlo. Si me lo hubiera permitido hubiera sido hasta su guardaespaldas, que por cierto, nunca quiso tener. «Se llevaba muy bien con sus hermanos. Él llegaba a la casa y se sentaba al piano y a veces su hermana Laudelina cogía la guitarra y se ponían a tocar los dos. ¡No, mi hija, qué me voy a acordar de la melodía! Eran muchas, a veces hasta inventadas en el momento. Alejandrito tocaba también la viola, el violín y creo que el clarinete y otros más de viento. «Como abogado era muy bueno y, como juez, muy recto. Bueno, de esta parte no le puedo contar muchas cuestiones porque no hablábamos de esos asuntos. Tal vez Catana[7] pueda contarle más en particular. Lo que si sé es que Alejandrito nunca dejó de escuchar a nadie que fuera a verlo. Hasta su casa iba la gente a pedir justicia, y él los escuchaba muy atento, sin reproches, sin un gesto de desagrado. «Todo el pueblo lo quería, digo, toda la gente buena de este pueblo. Porque Alejandrito también tenía enemigos. Sí, politiqueros unos y delincuentes otros. Los primeros querían administrarlo cuando él hacía justicia. El no diferenciaba a los acusados ricos de aquellos que nada poseían. Multaba o metía preso a todo el que no cumpliera con las leyes. «Una vez hizo dormir en la misma celda a un comerciante que tenía mucho dinero aquí. Los familiares del rico querían llevarle una cama con colchón para que durmiera, y Alejandrito dijo que no, que ahí todos tenían que dormir igual. Eso lo recuerdo porque levantó mucha polvareda y lo incomodó tanto que lo hizo soltar hasta una palabrota, no tan fuerte como las que grita cualquiera ahora, pero sí un '¡Caramba! ¿Qué se ha creído? ¿Que el dinero diferencia los huesos de los ricos y los huesos de los pobres?'. Tenía fama de hombre incorruptible, y así fue hasta su muerte. «Otra vez, en un pleito grande, Alejandrito ya tenía todas las pruebas para condenar a un asesino, pero con muchas influencias políticas. Bueno, por todas partes que pasaba Alejandrito buscando pruebas y más pruebas, lo que encontraba era chanchullos, mentiras y amenazas. Un día llegó a la casa y me dijo: 'Abibe, lo peor es que yo sé lo que hay y me quieren hacer el bobo'. Esa fue una de las pocas veces que lo vi triste y muy serio. «Sí, sí, era muy pulcro en el vestir, siempre de traje y sombrero, se veía muy buen mozo. Los zapatos siempre le brillaban cuando salía de casa, pero muchas veces regresaban empolvados o enfangados cuando hacía las gestiones a pie.  «Tenía todo muy ordenado y no gustaba que nadie le tocara sus libros y mucho menos sus papeles. Aunque tenía quien le hiciera las gestiones, por ejemplo ir al correo, él personalmente  buscaba la correspondencia. Decía que para dar un paseíto y estirar las piernas.  «Era lo que se dice un hombre metódico. Se levantaba muy temprano y trabajaba hasta eso de las doce del día. Regresaba a la casa, se aseaba, almorzaba, reposaba, merendaba algún jugo, jugaba un tiempo con sus hijos, y luego se iba a casa de sus padres que era donde tenía el piano, y entonces se ponía a tocar. Por la noche se ponía a estudiar algún caso o una partitura. A las once más o menos ya iba y se acostaba. «La muerte de Alejandrito fue un golpe muy grande. Había que ver el entierro, una verdadera manifestación, y aunque la comparación no es la mejor, tan grande como en las fiestas de los Siete Juanes. «Detrás de su muerte había muchos. Una vez dos de mis hijas llegaron a un central, creo que al Adela, y en una tribuna improvisada había encaramado uno de aquellos politiqueros de la época. Cuando se bajó alguien se le acercó —que mis hijas lo escucharon muy bien— y le dijo que a Caturla lo habían matado. ¿Y sabes lo que respondió?: 'No ahora, a ese lo debían haber matado diez años atrás'. ¡Qué hombre tan desvergonzado!  «Un día que regresaba de Placetas, Alejandrito me dijo que Catana lo había advertido que no cogiera siempre por el mismo lugar, porque ya una vez, en Palma Soriano le había hecho un atentado. No lo mataron por puro milagro. Los enemigos le salían por todas partes, por Ranchuelo, por Buena Vista, por Remedios mismo. Yo creo que él sabía que lo iban a matar porque preparó el testamento para que sus hijos no se quedaran sin nada. Yo no sé como se enteró doña Diana, pero un día, de mandada que era cuando se trataba de Alejandrito se fue hasta la mismita mansión de Gómez Gómez, en Santa Clara, para pedirle que a su hijo no podía pasarle nada. «Pero Alejandrito era algo así como maniático, rebelde, jorocú. Por aquí, decía, y por aquí cogía. No por terquedad en cuestiones de justicia. En lo demás, no tenía prejuicios, vivía su vida: él era muy él mismo. 'Yo no tengo que huir ni esconderme de nadie, Abibe, yo no soy un bandido, soy un hombre leal a la ley'.  Así me contestaba siempre que yo también le tiraba de los pelos por lo despreocupado que andaba de pueblo en pueblo. «En el museo están el traje que traía puesto el día[8] que lo mataron; el sombrero, todo aplastado, y los espejuelos con los cristales rajados. «No, mi hija, ¡qué va!, ¿yo al museo? En realidad no me gusta ir, si algún día no me queda más remedio, tal vez. Tampoco me gustan las conversaciones. Uno dice cosas y después ponen otra, por eso nunca doy entrevistas. A usted, por lo que es, por Martín Farto, que es su amigo, y remediano muy querido en este pueblo. «No sé cómo he hablado tanto. Es que usted pregunta mucho y a veces me dice palabras muy delicadas de responder, cosas que no fueron como la gente dice, la gente inventa mucho. Yo no sé usted. Pero no le he dicho nada que de cierta manera no lo haya hablado por ahí, con otros, tal vez no periodistas, pero gente al fin, claro, usted lo anota todo y afianza con mi voz en ese aparato moderno. «¿Qué de qué me lamento? ¡Vaya, caray: de nada! Porque ni de negra ni de vieja, que negra y vieja voy a ser por mucho rato. Siempre ando así, con calma, sin molestarme, limpia por fuera y por dentro porque de nada tengo que arrepentirme.  

«¿Con respecto a Alejandrito? Haber, déjeme hacer más memoria que la que he hecho hasta ahora... Quizás de que no hubiera podido un piano con su dinero, para tenerlo en casa, con sus hijos. Me hago la idea que en uno de sus viajes a la Capital tenía visto uno. Pero ya ve, lo mataron, lo mataron antes de cumplirse el sueño. Hay sueños que no se dan, y cosas que una jamás sueña y ocurren. Así es la vida.

             


[1] Nació el 4 de diciembre de 1890. Murió en su Remedios natal, el 31 de abril de 1991, a poco de cumplir los 100 años,  en su de casa de la calle Claribel entre Franco y Subirana.
[2] Ver el  reportaje «Alejandro García Caturla: Resplandor contra todas las sombras» publicado por la autora  en el periódico Vanguardia del 15 de junio de 1975. 
[3] El 7 de marzo de 1906.
[4] La Ley del 12 de febrero de 1880 de abolición de la esclavitud, no convirtió automáticamente a los esclavos en hombres libres. En virtud de la formulación legislativa, el antiguo amo abonaría al esclavo «liberto» solamente una parte del salario que por su trabajo debiera recibir, si fuera libre, pasando la otra parte a manos del amo en calidad de indemnización, por la pérdida que representaba liberar al esclavo.
[5] Hoy Camilo Cienfuegos No. 51.
[6] Se refiere a la profesora María Montalbán.
[7] Caturla tuvo dos uniones consexuales al mismo tiempo. Bárbara se refiere a Catalina Rodríguez (Catana) con quien tuvo tres hijos. La otra fue Manuela, quien murió de tifus en 1938. Catalina falleció hace relativamente poco, en La Habana.
[8] 12 de noviembre de 1940