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Por Mercedes Rodríguez García 

Más de medio millar de quemadenses marcaron su espacio en el parque de la localidad cabecera la mañana del lunes 30 de octubre, cuando coterráneos, familiares y amigos intelectuales de faenas y andanzas decidieron resucitar a Enrique Nuñez Rodríguez.La primera edición del Concurso de crónicas que lleva su nombre, resultó el pretexto para que el gran cultor del género hiciera acto de presencia, y con su lema preferido: «¡al carajo la gota que hoy es un día muy especial!», continuara todo el tiempo dando muestras de lo poco que le interesaba el descanso eterno, ante placeres tan terrenales como el añejo, la carne de cerdo y las muchachas bonitas.

«Sé que andas por ahí, Enrique, indagando por tus amigos», dijo Pedro Méndez, caricaturista, www.lakodorniz.com

en sui géneris plática de apertura con el socio de recalo permanente, durante los viajes de Ciudad Habana a Villa Clara, rumbo al terruño que lo vio nacer el 13 de mayo de 1923. A los 79 años, el 28 de noviembre de 2002, dejó de existir. Ahora lo volvemos a encontrar en breves entrevistas a sus amigos de siempre.

«ENRIQUE, UNA AUSENCIA QUE SE EXTRAÑA»(Abel Prieto Jiménez, Ministro de Cultura) 

Primero se niega, ya ha dado varias declaraciones a la prensa. Insisto. Una, dos, tres… «Mire, yo fui la única que logró una entrevista suya cuando presentó El vuelo del gato en Santa Clara...» El recurso surte efecto. Sonríe, y me acerca a él con su largo brazo sobre mi hombro: «Está bien, pero no me chantajees... Es una broma, pregúntame.»

—¿Podías asumir como Ministro frente a Enrique Nuñez Rodríguez?

—Con Enrique, impensable, inimaginable. Éramos muy amigos, hermanos, además. Aquí lo he estado sintiendo todo el tiempo. Enrique es una ausencia que se extraña; al menos yo, de manera permanente. Fue una persona que hizo conmigo y con muchos otros coetáneos míos, un tipo de relación que saltaba las barreras generacionales. Gente extraordinaria, llena de amor a la vida, impregnaba todo lo que hacía con un sentido del humor maravilloso. Hombre tremendamente optimista, jamás lo vi deprimido, o en baja, como decimos los cubanos. Yo no me las doy de Ministro con nadie, pero con un tipo como él asumir una posición almidonada, ¡qué va!»

«LA MUSICA FUE UNA DE LAS COSAS QUE NOS UNIÓ»(Silvio Rodríguez Domínguez, cantautor) http://www.silviorodriguez.org/index.cfm

Contrario a lo que pensaba, acepta con afabilidad responder a mis preguntas. Luego de un breve comentario que me viene a la memoria, penetro el coro que lo rodea: 

—¿Cierto que Enrique escribió la letra de una canción y se la dio para que la musicalizara,  que le respondió que no servía, y que mejor continuara cultivando la crónica..?

 —No, no, no, él era muy inventor. Si eso hubiese sucedido alguna vez, seguramente lo que fallaría era la música que yo le hubiese puesto a la canción.

—¿Y no siente el compromiso de componer algo para Enrique?

A lo mejor quizá lo mencione, de seguro cuando se me aparezca, hace rato que lo estoy esperando.

—¿Alguna anécdota jocosa con él? 

—Muchas, pero el de las anécdotas era Enrique. Yo soy el de las canciones.

—¿Nunca lo puso en ridículo?

—Muchas veces, pero siempre con extremo cariño y con esa manera tan peculiar de entablar conversación.

—Enrique era el primero en asumir el ridículo para con él mismo. 

Sí, entonces ya uno no se sentía mal cuando él lo mencionaba o hacía un cuento, un chiste a costilla de uno.

—Hace un rato catalogabas de entrañable la amistad entre ustedes…

Se trata de una amistad de muchos años, desde que yo daba mis primeros pasos en la Nueva Trova. Fue una de las primeras personas que me acogió en su hogar como amigo. Él me llevó a conocer a otros trovadores, estuvimos juntos en muchas peñas.

—Por ejemplo, ¿en Guanabacoa...?

—Íbamos a veces a Guanabacoa, a casa de Juan Arrondo, autor de tantos y magníficos boleros. La música fue una de las cosas que nos unió. También conocí a Guyún, uno de los trovadores tradicionales más grandes que he conocido, gracias a Enrique.

—¿Y el vínculo con la literatura...?

El vínculo común con la literatura era, además,  la preocupación por la realidad nacional, aspecto que analizábamos bastante y que constantemente nos mantenía, nos renovaba. Porque nunca nos faltó algo nuevo que comentar acerca de Cuba, de nuestro acontecer, de las cosas que pasaban.

—¿Una relación perdurable aún?

—Una relación que cultivamos y  perduró hasta sus últimos días en que lo fui a visitar, y que perdurará por ese vínculo, es ese cariño que le tengo y siempre le tendré.

—Silvio, usted nunca había estado en Quemado ¿Se le parece en algo este pueblito a Enrique?

—Se me parece por lo acogedor y alegre que me ha resultado. Mientras viajábamos hacia acá yo le decía a la gente: «Tengo que ver el parque.» Y bueno, aquí estoy, en el escenario de tantos cuentos y anécdotas de Enrique, figurándome al gran protagonista de todos esos relatos maravillosos. Y sí, lo veo aquí porque seguramente su espíritu nos ronda, presto ha jugarnos una de sus bromas.»

«ENRIQUE ERA UN VACILÓN»(Víctor Bordón Machado, Comandante del Ejército Rebelde)

Terminado el acto anda rápido y cruza la calle por frente al hotelito. Le doy alcance. «Comandante, ¿puede atenderme un momento? ¿Lleva prisa? Solo un par de preguntas sobre Núñez Rodríguez. ¿Pudiera contestármelas?» «¡Claro, arriba!»

En este momento, en este lugar, ¿algún recuerdo en específico para Enrique?

—Toda la vida, aquí y en todas partes, pero aquí más, se trata de la patria chica de ambos.

—¿Su condición de Comandante de la Revolución constituyó una limitante para las bromas con él?

—Mi hija, él era un vacilón, no reconocía fronteras, una gente divina que me ponía al rojo vivo... 

—Dicen que usted es el encargado de cumplir un gran deseo de Enrique para con los quemadenses.

—¿Síii? ¡Ah, ya sé!, la emisora de radio. En el primer semestre del año próximo quedará completa. Así que no va a venir a buscarme para pasarme la cuenta.

«UNA PRESENCIA SIEMPRE PATERNAL»(Marilyn Bobes León, poetisa y narradora)www.lajiribilla.cu

Sentada, inhala y exhala con furia el humo de un cigarrillo con filtro. Suavemente me coloco a su lado y le doy las buenas tardes. Sin pedirle permiso, aprieto el play de la grabadora. El chasquido le hace voltear la cabeza, los cuatro ojos se reconocen. «¿Qué tal amiga?».

—Háblame de tu relación con Enrique. 

—Ya sabes, compartíamos el vicio del cigarro, que a él lo mató y a nosotras terminará matándonos también. Nos picábamos constantemente el uno al otro. Cuando me sentía deprimida, y él se hallaba por mis alrededores, su simple sombra me quitaba los malos ánimos.  

—Dicen que un hombre y una mujer nunca pueden ser amigos...

—Tonterías. Enrique era un tío, una presencia paternal siempre en mi vida. Una amistad entre un hombre un poquito mayor, y una mujer, no tan joven pero tampoco tan vieja, una relación que guardaré entre las cosas más lindas que me han ocurrido en la vida. 

—¿Te hizo confesiones de tipo profesional?

—Lo entrevisté una vez y le preguntas muy fuertes, confesó cosas y cosas. Pero nada prohibido, nada que no pudiera contarse. Enrique era un artista, un hombre de pensamiento abierto, un revolucionario excepcional.

—¿Qué fue lo que ocurrió que te hizo decidir de una vez el viaje hasta aquí?

—Algo muy extraño. Registraba una caja con papeles viejos cuando me llaman por teléfono para invitarme. De momento me excusé, ya sabes,  mamá está muy viejita y temo dejarla sola. Pues bien, cuando regreso a la caja, abro un papelito: era un mensaje de Enrique, quien mantenía la costumbre de felicitarme por escrito siempre que yo ganaba un premio. «Se trata de una señal», me dije,  y ya ves, aquí estoy.

«ERA UN BUEN HOMBRE, MEJOR, UN HOMBRE BUENO»(Miguel Barnet Laza, escritor, etnólogo, poeta) www.fundacionfernandoortiz.org

Intencionalmente lo dejo para el final pues Miguelito, como me advirtieron, era lo que se dice un verdadero cómplice de Núñez Rodríguez. La entrevista tomaba un curso muy revelador, pero ya el tiempo —como ahora el espacio— conspiraba como enemigo.

«Enrique y yo logramos una alianza de complicidad por muchas razones. Él me hablaba de sus amores y yo a él de los míos, y por ahí empezó todo. Luego, el trabajo en la UNEAC, en la que por largo tiempo compartimos la misma oficina. Era un individuo de mucha simpatía, con una actitud de comprensión para con los demás muy difícil de encontrar; mucho más culto de lo que la gente piensa, leía cuanto libro caía en sus manos. Poseía una gran habilidad para contar.

—Con Enrique la broma circulaba ágil, también establecer un diálogo. ¿Cómo era discutiendo?

—A veces no compartíamos la misma opinión. Yo me juzgaba más flexible que él en algunas cosas, y él creía que tenía la razón. Entonces discutíamos, pero de manera sana, la sangre nunca llegó al río. Siempre muy fiel a sus principios, muy consecuente con sus ideas.

—Algún recuerdo de Enrique que le haya conmovido.

—Ya enfermo, muy enfermo, durante una sesión de la Asamblea Nacional. Alguien hizo un elogio de él. ¿Y qué crees que hizo? Se levantó y, con la voz totalmente apagada, dijo: «¡Viva Fidel!» Y eso me conmovió mucho y me alentó para siempre. Sé que lo dijo desde el fondo de su corazón.

—¿Dignidades comunes, Barnet?

El concepto de cubanía, de arraigo por lo nuestro. Independientemente de eso, él tenía criterios estéticos que yo no compartía, pero en la diversidad también se encuentra la unidad, y en ese sentido entre nosotros existía una fuerte corriente empática. 

—Además de excelente humorista, escritor, periodista, qué otras cualidades de Enrique usted resaltaría?

Enrique fue un gran patriota, lo que se llama —y lo digo con fuerza y seguridad— un buen hombre. O mejor, un hombre bueno. Por eso nos entendimos tanto, porque quizás yo no soy tan bueno y él me hizo mejor.