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Por Mercedes Rodríguez García

Cuentan que los rebeldes lo invitaron a continuar con ellos toda la marcha triunfal hasta La Habana, dado su Interés en conocer la ciudad liberada por el Che. Pero Santa Clara le quedaba muy lejos y eso retardaría su regreso a los estados Unidos. Así que Errol Flynn —como algunos creían—, no estuvo el 6 de enero de 1959 en la capital villaclareña.

Eso sí, luego de permanecer cinco días con Fidel en la Sierra Maestra, entró a Santiago de Cuba junto con los barbudos victoriosos. De ello el conocido actor de cine norteamericano dejó constancia en un relato personal que tituló «Castro y yo» y que apareció en la revista Bohemia, meses más tarde. 

Con estilo recio y jocoso el también periodista nacido en Irlanda, narró sus experiencias. Ha escrito un voluminosos cuaderno y las agencias noticiosas de todo el mundo especularon sobre la «aventura» real del Capitán Blood en el escenario de una verdadera revolución. 

Hacia las montañas

Durante varias semanas Flynn esperó en el Hotel Nacional. Mientras amigos de él y de Fidel Castro arreglaban el encuentro, visitó a Batista en su residencia de la finca Kukines. «Pude ver al tirano —escribe— bien ligerito de ropas y envuelto en una tohalla resbaladiza», aunque esperaba le que lo recibiera «enmedallado en su uniforme.» 

Fue el 23 de diciembre de 1958 cuando le dieron las instrucciones precisas para viajar a Oriente. Con su inseparable maletín de cuero repleto de vodka, naranjas y mandarinas, sale Errol, la mañana del 24, hacia el aeropuerto habanero. Ese mismo día llega a Camagüey, donde le espera un contacto. La ciudad de los tinajones está sitiada y los rebeldes dominan el acceso a esta. El 25 por la tarde lo recoge una avioneta Cessna, plateada y roja.

«Pronto estuvimos en el aire —apunta—, con un piloto silencioso, sobrepasando cordilleras y montañas [...] tenía un revólver a su lado y me dijo: ΄Está cargado y con una bala en el directo; es para mí en caso de caer prisionero΄»   Apenas dos horas después de dejar al actor en territorio libre, el conductor del aeroplano cae prisionero. Una ametralladora de mano lo hizo pedazos, agujereándole el cuerpo de arriba abajo. 

Los guardias batistianos esperaban el regreso de Flynn, que viajaban al interior del país con el pretexto de buscar locaciones para el rodaje de una película. «En realidad —refiere—, esto era cierto en parte porque yo originalmente había pensado en entrevistarme con Castro con vistas a un filme sobre él y su Movimiento.»

¿Le llamo señor o comandante? 

El 27 de diciembre se encuentran. «Castro estaba sentado en una cama. No pude distinguirle la cara muy bien. Se le enmarcaba la barba y estaba ocupado: tenía los oídos pegados a la pequeña bocina de un receptor de radio. Sobre una mesa, a menos de medio metro de él, un revólver belga, un arma de pavoroso aspecto», escribe. Un intérprete los ayuda en la conversación:

 ¿Debo llamarle Comandante, señor Castro o qué?

 Llámeme como todo el mundo me llama, Fidel. Tiene libertad de hacer lo que quiera hable con quien lo desee, tome todas las fotos que le venga en gana...

¿Puedo tomar su fotografía...?

La mía, la de mi secretaria, la de todo el mundo. Tiene usted completa libertad de prensa. En un limitado español Flynn pregunta a Fidel si tiene algún inconveniente en que, de cuando en cuan do, se toque con un trago de ron cubano.

«No objetó —relata—, pero en lo que a él respecta no gusta de licores de ninguna especie. Deduje, por la forma en expuso sus objeciones, que estaba tratando de darme a entender que padecía, en verdad, de alergia al alcohol. Entonces le dije: Yo padezco lo mismo, pero gracias a mi gran disciplina he logrado vencer esa alergia.» 

De recorrido con Fidel

En un jeep se mueven por caminos poco confortables. «este remolino con Castro —expresa—, fue de los varios recorridos que hice por las poblaciones vecinas, visitando lugares liberados [...] Creo que la gente lo conocerá, a la gente les alegrará saber que alguien en los estados Unidos, a quien tal vez han visto en la pantalla, se interesa bastante para venir de tan lejos a verlos, me dijo Fidel. Creí que yo le cansaría cuando en realidad fue él quien por poco me desencuaderna durante varios días de viaje por aquellos caminos polvorientos.» 

Esto se está poniendo peliagudo

A Errol y a su fotógrafo lo despiertan de modo precipitado. El tirado ha huido. Los rebeldes entrarán pronto a Santiago. Es muy peligro, le advierten. Pero de todas formas llega el 1ro. de enero; el 2, se combate en la ciudad. En las mañanas del 3 y el 4, inquieta la frecuencia del tiroteo. «Hay que irse, esto se está poniendo peliagudo», saca el actor sus propias conclusiones. Ambos son los únicos huéspedes del hotel Casa Granda. El panorama resultaba poco agradable, y distaba mucho de la escenificación de un combate planeado por Mike Curtiz.

Flynn tomaba notas constantemente. «Era el único corresponsal de guerra norteamericano con Castro y a ningún otro de los estados Unidos le permitían estar con él», confiesa en su reportaje. Tenía Errol en su poder una valiosa información si se apresuraba a dársela a los periódicos.. ¡Pero no existía comunicación con La Habana! La aventura del gran «fanfarrón de Hollywood» quedó para la historia, escrita de su puño y letra. Fue su «última payasada», como la concibieron algunos caricaturistas y editorialistas de entonces. «Lo cierto es —recalcó con orgullo— , que estuve muy cerca de Fidel durante cinco días». 

Eso no se lo perdonarían. A juzgar por el extenso relato que hace en la revista cubana, Errol Flynn quedó emocionado y marcado profundamente. Sin conseguir pasaje de regreso a la Capital cubana, con tres días de adelanto a todo el mundo en las noticias, con una rozadura de metralla en la pantorrilla, el famoso actor, valiéndose de su atractivo personal, sube a un avión que trajo desde Venezuela hasta Santiago de Cuba a un numeroso grupo de exiliados cubanos. 

Cuando Fidel llegó a Santa Clara, el 6 de enero de 1959, Errol Flynn ya descansaba en Nueva York... Al cabo de 10 meses, en manifiesto declive físico, dejaría de existir, a los 50 años de edad.

Bromista consigo mismo, Errol nunca soportó las irónicas bromas de los colegas y solumnistas norteamericanos, y mucho menos las relaciones con su estancia junto a los rebeldes en la Sierra Maestra. «Mucha gente dice que yo no fui a nada a Cuba. Se dejó entrever que yo me había batido en el Hotel Nacional, dirigiendo la Brigada de los Daiquiríes... y ello era una ofensa, algo que no podía admitir», declaró a la prensa de su país. http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-232-2002-06-16.html