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Por Mercedes Rodríguez García

Los Anido. Familia raigal, cuyos rizomas vienen de lo profundo, donde corren las aguas subterráneas e imperan ciertas piedrecillas, grises y rojizas de origen ígneo. 

Raíces luengas, vitales, surgidas de semilla superior. Raíces fieles, genuinas, auténticas, perdurables. Santaclareños de pura cepa, probables descendientes de aquellas aproximadamente 177 personas que dieron origen a la villa de Santa Clara, fundada el 15 de julio de 1689, entre los ríos del monte y la sabana. 

Y aunque nunca constaron legajos, botijas con doblones, ni cofres llenos de cartas, ni crucifijos adiamantados, ni bitácoras con precisiones del viaje, don Agustín Anido Pérez de Alejo y doña Mercedes Estrada Hurtado de Mendoza constituyen los antecedentes más próximos y ciertos del un arcano tronco primigenio escapado de San Juan de los Remedios, y asentado en tierras del Hato de Antonio Díaz.

Después, llamaríanse Los Dos Cayos, villa Nueva de Santa Clara del Cayo, Pueblo Nuevo de Antonio Díaz, hasta que al cabo de muchos años vino a fijarse su verdadera denominación con el nombre de Santa Clara,  dado por Real Orden, en la que se nombra a Nuestra Señora Santa Clara de Asís, patrona y abogada del nuevo sitio poblacional. 

DEL ABUELO MAMBÍ 

Pues uno de los descendientes de aquel Anido fundador, Agustín Anido Estrada (abuelo Papatín), contrajo matrimonio con Amparo Artiles Alemán (abuela Mamía). Uno detrás del otro les nacieron siete hijos: Arturo (abogado), Agustín (médico humano), Alfredo (médico laboratorista), Alberto (estomatólogo), Armando (doctor en Ciencias Comerciales), Merceditas (profesora de piano) y Clara Amparo (maestra de Kindergarten) 

Cada cual por su camino, pero siempre en Santa Clara, encontraron pareja, y constituyeron hogar y familia continuadora de profesiones, y heredera del talento, la vocación, la educación y la cultura que siempre los distinguió y sostienen los Anido que sobreviven.   

Y como  la Gloriosa Santa Clara anda de cumpleaños  317 años, nadie mejor para evocarla que cuatro emblemáticos santaclareños de linaje: Marta Anido Gómez, Esther Lilia Anido Valdés, Alberto y Freyda Anido Pacheco. Primos y hermanos que sobreviven de una familia numerosa que llegó a congregar bajo techos aledaños, en la década de 1940, a casi tres decenas de miembros. 

Del abuelo Papatín, notario de profesión, recuerda Marta: «Era un hombre meticuloso, de mucho temple, integrante de la directiva del Club Juan Bruno Zayas, constituido en Santa Clara, por encargo de José Martí. Como conspirador actuó bajo los seudónimos Agente Oeste y Agente Capiro.  

«Cuando el general Monteagudo planificó tomar la ciudad, concibió, entre otras acciones ocasionar un corto circuito y echar abajo el alumbrado eléctrico, que en 1894-1895 fue establecido gracias a Marta Abreu. Para esa acción se brindó el abuelo junto con Silvio Lubián. En casa de nuestra familia se guardaron los instrumentos con que sería ejecutada la operación, con el objetivo de que parte de las fuerzas entraran por las calles entonces nombradas Santa Rosalía entre Carmen y San José, hoy Martí entre Máximo Gómez y Villuendas.  

«Un suceso inesperado destruyó aquellos planes, pues el General Monteagudo fue llamado urgentemente por Máximo Gómez, pues los Estados Unidos habían firmado la Resolución Conjunta y se esperaba una intervención en Cuba», concluye Marta, la que hubiera sido bailarina y a quien su fabulosa memoria le ganó definitivamente asiento de primera fila en la historia y la cultura local. 

retadores del tiempo 

«De niños, durante las vacaciones, nos congregábamos en el chalet de la quinta Los Cocos, propiedad de mis abuelos, en la carretera a Camajuaní, casi frente a lo que hoy es la Escuela de Arte Samuel Feijóo. Un lugar fresco, limpio y claro, con muchos árboles frutales, flores silvestres, pájaros y mariposas. Iban mis seis tíos y todos sus hijos. La vida transcurría tranquila, entonces los chiquillos no dábamos tanto dolores de cabeza, había mucho respeto por los mayores y, sin muchas explicaciones, le obedecíamos», cuenta Esther Lilia, pedagoga jubilada, doctora en Filosofía y Letras. 

«Los paseos predilectos eran hasta el Deportivo, un club campestre en predios del actual Arco Iris, allí, en un rancho cocinábamos arroz con gris, cerdo frito y alguna vianda, la cerveza y los jugos los sumergíamos en el agua del río Ochoa para que se mantuvieran frescos. Así, el aquel ambiente rústico nos consumíamos de felicidad, relata de nuevo Marta. Íbamos en el auto tío Totó, atestado, montados hasta en el pescante, no había policía de tráfico, de lo contrario nos hubieran acribillado a multas.

«¿El parque Vidal? Una plaza muy tranquila. El sitio donde, sin falta, nos llevaban cada tarde, invariablemente de cinco a siete. Las hembras nos reuníamos alrededor de la glorieta, cantábamos y jugábamos a la rueda-rueda. Allí aprendíamos a patinar, comprábamos caramelos de pulla, barquillas, cucuruchos de maní, y luego a la casa donde nos esperaba, ya servida, la comida.» 

«A mi hermano le encantaba el 20 de Mayo, una confitería, repleta de dulces y bombones, quedaba en lo que hoy es el cine Camilo Cienfuegos, permanecía alelado frente a la vidriera», narra Freyda, la excepcional pianista, capaz de interpretar una pieza y cambiar el tono en menos de una primera mirada. Artista grande. Mujer modesta, ciudadana sencilla. 

«Sí, pero yo prefería la Boulanger, una explanada donde actualmente está el Sandino. Allí armaban sus carpas cuanto circo llegaba a Santa Clara, se realizaba la Feria Mexicana, montaban aparatos mecánicos: caballitos, estrellas, montaña rusa, jugábamos pelota y empinábamos papalotes…» reprocha Alberto, compositor, escritor, pintor, crítico de música, cine y teatro, caminador impenitente; hombre amable, conversador cuando se emociona, y francamente entretenido, al punto de no ver ni escuchar a quien le saludan porque alguna idea lo consume, dicho a su manera: «…Es que voy cabalgando sobre una nota musical.»

PREGUNTAS EN EL PRESENTE

Santa Clara, ciudad estrecha, nocturnal, mística.  Si no fuera que la vestimenta te luce desgastada, parecerías una jovencita. A fin de cuenta, ¿qué son tres siglos comparados con las milenarias civilizaciones orientales?

— Marta, ¿Te gusta el parque Vidal tal y como está?

 

—Añoro algunas cosas que lo identificaron: la pérgola, lugar alegórico de 18 columnas; su enredadera de fondo a la estatua de Marta Abreu; los canteros rodeados de sillones y sillas dispuestos para entablar amena conversación.

 

—Esther Lilian, refiéreme dos lugares de la ciudad: uno que te guste mucho y otro que te disguste bastante? Si quieres no me digas por qué.

 

—Me encanta el parque Vidal, a cualquier hora. Me causa muy mala impresión El Güije, a orillas del Cubanicay en su cruce por áreas del Sandino. El entorno es magnífico, pero me deprime ver la gente que allí se reúne solo para tomar ron.

 

—Ahora, tres lugares de la ciudad antigua que consideres simbólicos.

 

—La Estación de Ferrocarriles, los lavaderos públicos en la margen del Bélico, y el Teatro La Caridad.

 

—Marta, ¿Es posible que la ciudad tenga algún día su ballet?

 

—Se trata de un viejo anhelo que quisiera ver cumplido antes de morir. Desde 1939 Santa Clara forma bailarines, y existe un público conocedor. Si unimos voluntades e intereses, Santa Clara podrá exhibir más temprano que tarde su compañía de ballet.

 

—Esther Lilian, si de ti dependiera ¿en qué convertirías las ruinas de El Billarista?

 

—En cualquier cosa menos en un parquecito, tal vez en un hotel en moneda nacional.

 

—Freyda, ¿qué preferirías como alivio al transporte público: coches o carretones?

 

Ambos resultan útiles en estos momentos, pero rescataría los coches, existen en otros municipios, son más atractivos, cómodos y seguros.

 

—Alberto, si te doy una varita mágica para que eches a andar, ahora mismo, algo de lo que no funciona dentro del Casco Histórico de la ciudad, ¿qué tocarías?

 El reloj del antiguo Ayuntamiento o de la CMHW, como dice la gente. Para que toque sus campanadas y todos volvamos la cabeza y sintamos, junto con él, el latido de esta ciudad luminosa, familiar, entrañable… Mi gran amor de los amores.