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Por Mercedes Rodríguez García

Celia María Hart Santamaría, hija de Haydée, la Heroína del Moncada, dice:

"Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí. A veces no necesitaba palabras, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera."

La observo desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra. Me interesan sus reacciones ante las canciones que interpretan Vicente Feliú, Lázaro García y el trío Trovarroco junto a Vionaika Martínez. No persigo una lágrima, ni un suspiro. Celia María ya me había demostrado, semanas atrás, una extraña fuerza, nada temperamental. Quizás -como el Moncada para su madre-  Haydée sea para ella «un hecho biológico y espiritual», al decir de Cintio Vitier. 

De todas maneras, Celia María no es de hierro. Al menos, tararea. De perfil le hallo bastante parecido con su madre. De vez en cuando ladea a ambos lados  la cabeza, hunde la barbilla en el pecho, se acaricia las mejillas con los pétalos de dos girasoles que sostiene entre sus manos; ora cosquillea con ellos las orejas, ora los deposita en sus piernas y, con la diestra libre, surca hacia atrás el cabello rubio.

Durante el primer encuentro habló sobre su madre:

«Era muy preocupada, sobre todo porque yo fuera una persona útil y honesta. Nos sacaba la punta a los lápices, nos forraba las libretas, con el mismo cariño y energía con que nos exigía el máximo de puntuaciones. Tenía la capacidad de ser muy cariñosa y muy exigente, una mezcla que nos resultó muy difícil de enfrentar a mi hermano y a mí.»

Fue en Encrucijada, en ocasión del 75 aniversario del natalicio de Abel. Dos colegas la abordaron a boca de jarro. Una pregunta, dos preguntas, tres... Aprovecho y  grabo sus declaraciones, esta, sobre el segundo jefe del Movimiento 26 de Julio, el tío que no conoció, pero al que siempre sintió como si estuviera vivo.

«El cariño hacia él  me llegó a través de mamá, más por el sentimiento que por las descripciones o narraciones que ella pudiera hacerme de ese  que fue su hermano más chiquito y mimado, y en el que no dejó de pensar ni un solo instante.»

En carta a Benigno y Joaquina,  la propia Haydée rebela lo que a Celia María le ha costado trabajo resumir.

Ante la pérdida del hijo, no se resignan. Entonces les llama «padres privilegiados» porque tendrán un hijo que no se convertirá en un viejo feo y arrugado, sino que continuará con su cara linda y tierna. ¡Cómo entonces aceptarlo muerto! Si para ella, a quien le reprochaban que «nada más quería a Abel, que era lo único que me importaba en la familia» su hermano continuaría siendo el guía, el eterno joven rebelde y noble. A sus progenitores, venidos desde España, le pidió: «amen esta tierra donde él nació, quieran a Cuba, quieran a Fidel...»

CON LA MISMA FUERZA DE SU MUERTE

«A mí me sorprende la muerte de mamá siendo una jovencita. Lo que más recuerdo de ella es su fuego. Era muy obsesiva, por ejemplo, con las cosas de la escuela. Nos repasaba cualquier materia por tal de que saliéramos bien. Nada la detenía. Así que la recuerdo con la misma fuerza que tuvo su muerte.»

De sus años escolares, Celia María rememora:

«Yo ponía a mi papá, Armando Hart, en el sitial del dirigente que era, algo que me resultaba un poco raro. No podía pasar inadvertida. Sin embargo, cuando me preguntaban acerca de mi mamá, simplemente decía: directora de Casa de Las Américas, y va que chifla. Nada más.»

La emoción le acentúa el cansancio. Hace calor afuera. En la sala de vídeo, la atmósfera se torna más placentera. Otra interrogante:

—¿Qué significa para ti volver a Encrucijada?

—Vine una vez, creo que un Día de las Madres, a ver a mi abuela. Tendría unos 13 años. Ese solo hecho me remueve. No sé por qué la asocio con una abuela que tenía mi mamá, que ella quería mucho y por la que me pone María, no porque ese haya sido su nombre de guerra. En este aspecto de las su vida sería bueno que profundizaran, porque no hay muchas cosas en claro. ¿Qué tal era la abuela Lita? Mi tía Aida, cuenta una cosa y otra contaba mi mamá, son personas muy arraigadas. Yo creo que se trata de una familia muy especial, incluso mi tío Aldo. A veces dicen cosas que una no entiende, en el fondo, muy profundas y que a mi edad no tenían explicación, pero bueno, con esos bueyes tuvimos que arar.»

Como mujer al fin, no descubre su edad. No hace falta. Ante el grupo se muestra en extremo desenfada. Su lenguaje gestual deja en blanco muchas palabras: las manos, sobre todo, arman. Los ojos, la descubren. Las cejas, en un abrir y cerrar de abanico retador, la descubren. Por momentos adivino a su madre. Pero también a Hart, en ese ceceo inconfundible, defecto de dicción  a la mayoría de los cubanos resulta agradable:

«Mamá era muy fabuladora. Es el caso de la piedra. Habría que comprobarlo. Me contaba que un día, tal vez algún aniversario  relacionado con la República Española, mi abuelo sacó una bandera o algo parecido. Y ella, como era, le lanzó una pedrada. Bueno, tuvo que salir corriendo. Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle a mis tíos Aldo y Aida sobre el asunto. Yo pienso que es verdad, porque lo contaba con tanta vehemencia: ?No la saques, papá, que aquí solo se pone la cubana’, dice que le dijo...  ¡¿y como era ella de tremenda..!?»

 —Entonces, ¿venir aquí...?

—Me ha traído ese sentimiento por Abel que transpiraba mi mamá. Abel, su muerte... La dejó marcada de manera imborrable.

CAMBIÓ SU CUMPLEAÑOS

—¿Cómo fueron sus relaciones con los intelectuales?

—Bueno, vienen a mi mente las tortillas de papa cruda. Virarlas era todo un acontecimiento, como apagar la velitas. Participaban todos los de la Casa: Carpentier, Benedetti, el consejo de dirección en pleno, Mariano, Retamar. Mi casa era como un puerto abierto a todas las naves. Cada 312 de diciembre para mí será su cumpleaños, ella se adueñó de este día. La fiesta comenzaba desde por la mañana, aunque su fecha de nacimiento es el día 30. Yo creo que eso viene por una tradición cristiana, que a mi me gusta mucho: la celebración de la natividad, y eso limpia cualquier tristeza, quiero decir, celebrar los aniversarios de nacimiento ante los de la muerte, es el caso de nuestros héroes y mártires, como siempre se ha hecho con Martí, cada 28 de enero.

—¿Cómo recuerdas a Pablo, a Noel, a los muchachos de la Nueva Trova?

—Pablo y Silvio, muy flaquitos. Siendo yo niñita mi mamá me insistía: ’Fíjate bien, esta gente va a ser muy importante’.  Me instaba a que oyera lo que ellos tocaban. A mi juicio mamá tenía un bajo nivel escolar, sin embargo, me asombraba su juicio para distinguir la buena literatura de la mala, la pintura, la cerámica. Poseía una extraña sensibilidad. Ahora hay libros y estudios sobre la llamada inteligencia emocional, estudios de psicólogos, que yo creo que eso pudiera explicar en mucho lo de la cultura que logró alcanzar mi mamá.»

ELLA CREÍA QUE ABEL ERA LO MÁXIMO.

«Me contó que cuando estaba en el Movimiento con Abel, antes de conocer a Fidel, Abel era lo máximo. Pero un día, llegó Fidel a 25 y O, y cuando él se va ella le replica en tono inquisitovo: ’ Abel, ¿tú estás claro que el jefe es él?

—¿Nadie de la familia se te parece a Abel?

—Mi mamá decía que mi hermano. A mí no. Porque mi tío tenía los ojos muy claros, y era sí, bien parecido y portado, muy elegante. Co respecto a mi tío, no me canso de decir que  transpiró en mi hermano y en mí ese sentimiento que siempre la inundó y que la dejó marcada de manera imborrable. Cuando Trigo hablaba de Abel, directa e indirectamente me recordaba a mi mamá. Ella hablaba calladita sobre las formas y las cosas de Abel, pero siempre con un sentimiento de subordinación, que lo tuvo también para con Fidel.»

—¿Qué más recuerdas de Haydée con relación a tu tío Abel?

Que en la escuela ellos estudiaban mucho a Martí, y que era Abel, en vez de ella, quien la repasaba, porque se llevaban unos cuantos años. ’Si, mi hijita -me decía-, Abel entró a la escuela muy pequeñito, pero sabía más que yo’.  Para ella Abel era algo insuperable.

CERCANO EL CUMPLEAÑOS DE HAYDÉE

Se impone el homenaje. Encrucijada natal. Diciembre 23. El día verdadero será el lunes 30. Vicente, Lázaro  Vionaika y el trío Trovarroco , superan con la música las palabras: Si de tanto soñarte, Sueño de un despertar, Dulce abismo, Aurora de los ángeles, Créeme, Yo estaba en el otro borde, Siempre será el amor, El rey de las flores, Todo el mundo tiene su Moncada, Soneto a Yeyé... Y Yeyé, aquí y allá y en toda esta Isla.

Desde mi asiento en la fila trasera, cinco sillas más a la derecha de donde ella se encuentra Celia María, que terminado el acto, en el batey del central que lleva el nombre de Abel, se dispone a escapar...

 —Me debes una foto.

—¿Sí?

—Sí, aquí, junto a Nené Prieto, la que le enseñó a bordar a tu madre.

—¡Qué lindo bordaba mi mamá! ¡Por qué esas dotes no se heredan?
Y en el aire se queda la pregunta.

Se va junto a Vilma, la tía Aida, sus dos hijos.
 
De prisa deja un cofre a las cuidadoras del museo en el ingenio insignia. Era de Haydée. No sabe bien lo que guardaba en él.

Delante de las fotos se extasía. Han pasado 22 años. La madre sigue allí, habitando la misma casa con su energía.

Porque Haydée, la Heroína del Moncada, era como si tuviera una luz por dentro, una luz que hacía que todo se viera, una luz que nunca se ha apagado.

Nota: Los dos colegas que compartiero esta entrevista: Alberto González Rivero y Enma Rodríguez Aguilera, de la CMHW.