Por Mercedes Rodríguez García

Pepe arribó de los primeros; De Feria, años más tarde. Pero ambos, después que Luanda atravesara el Atlántico metida en cajas donde los portugueses empacaron muebles, neveras, cocinas, floreros, alfombras, gobelinos, ropa interior y todo tipo de trastos acumulados en sus lindas mansiones durante años de ocupación, según narra Kapuscinski.

Salieron huyéndole a la guerra. Así que, literalmente, montaron la ciudad en barcos y se la llevaron a Lisboa, Río de Janeiro y Ciudad del Cabo.

Había comenzado un cruel y devastador conflicto. La grave amenaza surgida en 1975, se conjuró en marzo de 1976. Un mes antes, cuando los combates se libraban a las puertas mismas de la capital angolana, José Hernández Mesa desembarcaba por Lobito. Equipaje personal:  mochila, AKM, abundante cigarrillos, dos cámaras fotográficas de las mismas que se utilizaban en Vanguardia, y un fardo con insumos e instrumentos de laboratorio.

Como miliciano ya se había probado en las montañas del Escambray, tras los alzados. Ahora le tocaba funcionar como corresponsal de guerra. Sin embargo, para Pepe, resultaba lo mismo. «En estos trances nada más parecido que una cámara y un fusil: con ninguno se podía fallar».

Pero la guerra es la guerra, y a él le correspondió tirar desde adentro. Y aunque dice que nunca sintió miedo, sí concibió el cosquilleo del nerviosismo que produce la proximidad de las balas. «Aunque el afán de protegernos a veces impidió que estuviera en la primera línea de combate».

De aquí para allá, de allá para acá. Cabinda, Quifangondo, Cangamba, Sumbe, Ruacaná, Calueque, Cuito Cuanavale, Huambo... Junto a tanquistas, infantes, artilleros, tropas ingenieras, zapadores, pilotos, tropas especiales, los corresponsales de guerra hicieron de la cámara fotográfica un arma certera. Avanzaba la operación «Carlota». Se extendía la leyenda de la esclava mambisa, descuartizada por los verdugos que lograron apresarla en su segunda intentona rebelde contra España.

Una veces en la vanguardia, otras en la retaguardia, pero las más codo a codo con los que mandaban balas y cañonazos contra el enemigo, José. Ese Pepe campechano y bravucón que ahora se sienta a recordar:

«Nos las pasábamos inventando cómo revelar e imprimir. Hasta que, en la ciudad de Bie, la contrainteligencia nos facilitó la casa-estudio de un portugués. Al principio andábamos con la química en sacos y la ampliadora a cuesta. No duró mucho porque, en el mismo Lobito, entramos a una ferretería abandonada. ¡Y qué suerte!, hallamos revelador y fijador Kodak en paqueticos, así que cargamos con ellos».

A Manuel, que aterrizó en marzo de 1983 como corresponsal del periódico Verde Olivo, no le faltaron quimicales ni equipos. Un año de fotorreportero en Angola le permitió la cobertura de centenares de sucesos heroicos y actividades singulares, algunos muy distantes de la redacción, ubicada en el edificio Inverno Sol.

En viaje de una provincia a otra, disfrutaba observando como la pradera terminaba abruptamente y, sin transición alguna, cedía su dominio a la muralla verde. Unas veces por aire, otras por tierra, la selva, majestuosa y enigmática, lo hechizaba con su belleza. Tal vez por eso quiso un día tragárselo en un beso mortal. Mas, un golpe de suerte le salvó la vida.

«Por la insistencia de mis compañeros del predio, decido cancelar el boleto de partida hacia Lubamgo. Antes de aterrizar, el avión explotó. Hubo 135 muertos. Fue un sabotaje de la UNITA. Angola era un riesgo diario, aunque se estuviera como civil. Como fotorreportero andaba siempre delante del suceso y nunca detrás: en una caravana, en un recorrido, en una emboscada, en una evacuación, siempre corríamos peligro».

Para Pepe y De Feria Angola permanecerá al borde del camino, junto a sus árboles, sus malezas y sus quimbos, sus hombres y sus mujeres. Angola, ya sin las minas que herían los caminos y la carne. Angola, ya sin los puentes destruidos por la naturaleza o la metralla. «El avance de la vida en campaña, el fragor de la guerra, de la solidaridad y el amor a nuestros semejantes, nos convirtió en mejores seres humanos, profesionales y revolucionarios», coinciden ambos.

Como latinoafricanos, los cubanos  saldaron una deuda con África.

Pepe y De Feria portaron pistola y metralleta, vistieron permanentemente el uniforme de las FAR. Pero en aquella oportunidad el blanco fue la imagen. En esa oportunidad les tocó disparar el obturador para atrapar historia»,