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sábado, 23 de enero de 2021
11:10:05 pm

Por Mercedes Rodríguez García 

Fue el 28 de enero de 2020. Recuerdo el titular de Canal Caribe: Cuba, sin coronavirus pero alerta. «¡Menos mal!», dije para mis adentros, y me sentí convincente, confiada en la arquitectura de nuestro sistema de Salud, aunque dudosa ante las  indisciplinas sociales, y los errores y deficiencias achacables al arbitraje humano.

Serían problemas que con seguridad tendríamos que enfrentar. En materia de medicamentos, insumos y equipos se acrecentarían otros debido al perverso vecino del norte en sus longevos, crueles y malogrados asedios por doblegarnos.

Por esa fecha no se sabía mucho del patógeno responsable de la infección respiratoria detectada el último mes de 2019 en la ciudad de Wuhan, China, por lo que la vida en el mundo continuó su curso normal, entre ellos los cubanos que, «happy-happy», continuamos batallando por esa rara felicidad que relega los avatares del día a día a la hora de alimentarnos y transportarnos. Tranquilos, confiados y seguros salimos a la calle y fuimos cada noche a la cama, sin pensar en la gravedad de lo que se avecinaba. Como dice un refrán nicaragüense refiriéndose a la muerte: «No es lo mismo verla venir que platicar con ella».

En cuestión de meses la enfermedad —que se denominaría Covid-19— provocó confinamientos masivos y una crisis sanitaria global que removió cimientos primermundistas. En el plano nacional —corriendo marzo— se confirmaron los primeros casos: tres turistas italianos que dieron positivo al nuevo coronavirus a los cuales se sumaron, pocos días después, un cubano radicado en Villa Clara y otro en la capital.

Fue por entonces que apareció el Dr. Durán en la televisión para explicar al pueblo detalles relacionados con la identificación y el seguimiento de esos casos. Y se quedó: informando, alertando, aconsejando a diario en sus conferencias.

A familiares y amigos de los fallecidos, el director nacional de Epidemiología da sus condolencias. Con delicadeza, habla a los padres de los enfermos en edades pediátricas. Con su visión de experto revela estadísticas y las muestra en gráficos. Su hablar dulce y parsimonioso, nos lo supone imperturbable; mas su tono es contenido —y contenido él mismo—, lo que evidencia al ser humano molesto, contrariado. Sin gesticular apenas, tal vez mordiéndose los labios detrás del nasobuco, sienta que es hora de «atar al toro por los cuernos», y plantear las cosas como son. Dicho a su modo: 

«…Se violaron los protocolos, las normas higiénico-sanitarias. […] Es una enfermedad muy contagiosa, sin embargo protegiéndose  como es debido, puede evitarse la transmisión. […]  Los casos autóctonos tienen que ver con las indisciplinas, con los incumplimientos, y nos está costando un poco de trabajo controlarlos, no nos vamos a engañar. […] En todo el territorio se ha ido incrementado la tasa de incidencia de los positivos, y ello hace muy riesgosa la situación…». 

Y sí, Cuba estaba preparada y hasta julio logró mantener el control, cuando una nueva ola de contagios primero entre agosto y septiembre, y luego otra a finales de noviembre —a partir del arribo al país de viajeros enfermos con la Covid-19— hizo que la curva ascendiera y se retomaran medidas restrictivas como el regreso de varios territorios a la fase de transmisión autóctona limitada.

El país trabaja intensamente, así como todas sus estructuras políticas y de gobierno en intercambio permanente con nuestros científicos, que investigan nuevos protocolos y medicamentos para una enfermedad  de alta contagiosidad, con un elevado por ciento de personas asintomáticas, que no tiene un tratamiento de antiviral específico, que no respeta edades, que deja secuelas, y de la que aún la ciencia no lo conoce todo. 

Muy compleja se muestra la situación mundial. La pandemia no finalizará pronto. Lejos de aminorar, de nuevo se está acelerando. Y para colmo la aparición de nuevas cepas del virus incrementa las probabilidades de que se produzcan en él nuevos cambios, lo cual plantea un gran problema para los trabajadores de la Salud y los hospitales en el mundo, muchos ya colapsados.

Y aunque Cuba no ha llegado a tal situación, hay que frenar la propagación y poder contenerla. Es una realidad que tiene que preocuparnos y ocuparnos. Del cuidado de cada uno depende el destino de todos

Hasta aquí no he querido dar cifras, los números no tienen alma. 

Pienso que uno solo de nuestros ancianos fallecidos; de nuestros niños, adolescentes y jóvenes en estado crítico y grave; de nuestros vecinos, amigos o embarazadas cuyas vidas peligran en las salas de Terapia Intensiva, sea suficiente para hacernos reaccionar y, por conciencia, comportarnos disciplinadamente. No puede haber impunidad, las personas tienen que cumplir las medidas establecidas, por su salud y la de quienes les rodean.

Además, seamos agradecidos y reciproquemos todo lo que el Estado cubano ha invertido por salvarlos, y por igual razón, los esfuerzos de nuestro personal sanitario, los desvelos de nuestros científicos y técnicos laboratoristas; la información, alertas y consejos de nuestro querido y respetado Dr. Durán; el trabajo de tantos hombres y mujeres anónimos entregados en sus misiones, por muy insignificantes que parezcan.