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sábado, 15 de agosto de 2020
8:26:14 pm

Por Mercedes Rodríguez García

No sé, no me lo explico, no logro entender cómo un cubano en su sano juicio, medianamente inteligente, «leído y escribido» puede permanecer al margen del peligro que corre si él mismo no se cuida para no contagiarse con la COVID-19… ¡Si por ahí empieza todo, señores!, a menos de un metro de distancia, con una tos, un estornudo, unas manos mal lavadas, un toque de dedos en una superficie contaminada…

Y no creo que sean pocos los incautos, los retadores, los trastornados que habitan nuestro isleño microcosmos. Porque, llámenlo falta de percepción de riesgo, temeridad, desconocimiento o desinformación, lo que en realidad existe en estos casos es tremenda irresponsabilidad ciudadana que puede —y debería, a estas alturas— ser inhabilitada de acuerdo con el Código Penal cubano en su apartado sobre los delitos contra la salud.

Refiere lo legislado que quien «infrinja las medidas o disposiciones dictadas por las autoridades sanitarias competentes para la prevención y control de las enfermedades transmisibles, así como los programas o campañas para el control o erradicación de enfermedades o epidemias de carácter grave o peligrosas, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de 100 a 300 cuotas o ambas». Y de que los hay, los hay.

Se ha escrito, dicho, trasmitido y «navegado» por cuanta vía o medio de comunicación o soporte existe. Pero no basta con repetir «desterremos de una vez las indisciplinas», «hay que movilizar las conciencias», «hacemos un llamado a la responsabilidad individual». Y claro que sí, ¡eso también funciona! Sin embargo, la evidencia alerta, junto con la persuasión, la Ley. Se trata de la vida humana. No puede haber retrocesos.

Digamos, lo sucedido el pasado 10 julio, en Bauta, municipio de la provincia de Artemisa, en fase II pospandemia. Primero un toque de tambor, luego algunos de los asistentes frecuentaron un bar. Finalmente, 32 infectados, más de 8000 núcleos familiares de la localidad en cuarentena, y una cadena de contagio que ha complicado la situación epidemiológica que vive el país, pero fundamentalmente Artemisa y la capital cubana —muy dispersos—, y ya con 356 casos positivos, más del 50 % asintomáticos, en el occidente, centro y oriente del país. (Escribo este artículo el 14 de agosto 2020).

Desconozco a qué hora tuvo lugar el bembé, pero deben haber estado profundamente dormidos, ajenos o indiferentes los vecinos y autoridades locales para no escuchar el toque y correr a denunciar a los agentes del Orden Interior la improcedente celebración —en circunstancias excepcionales—, el potencial foco de contagio dada la cantidad de congregados. (Se les llama «supercontagiadores», personas enfermas que, en ambientes propicios como los locales cerrados y climatizados, pueden generar una alta transmisión).

Es solo un ejemplo, quizás el más «pintoresco» y «sonado» a nivel nacional, pero que disparó un crecimiento acelerado de casos que en los últimos días han puesto en tensión al país, y en la palestra pública a los responsables de hacer cumplir las medidas de rigor establecidas para que, de acuerdo con las fases por las que transitan los territorios, el verano aconteciera lo más placentero posible, luego de cuatro meses de confinamiento y distanciamiento social obligatorios.

El doctor Francisco Durán García, director nacional de epidemiología, considera que este fenómeno del rebrote por conductas irresponsables no es exclusivo de Cuba, «está pasando en el mundo entero, pero en nuestro caso hacemos cosas diferentes a lo que hace el mundo y esperamos también resultados diferentes», ha dicho ante las cámaras de la televisión nacional.

Y son tan diferentes las cosas que hacemos aquí, que para buena parte de los cubanos enfermarse no constituye una gran preocupación, pues —como he escuchado decir a unos cuantos jóvenes por ahí— «si me agarra el coronavirus, me ingresan en un hospital, me salvan la vida y no me cobran un centavo», apreciación que responde también al hecho de que en Cuba un número importante de personas se recuperan de la COVID-19 (hasta más del 80 %), algunas con muy pocos síntomas y otras sin ninguno, a tenor con Durán García.

Pero, ¡cuidado, juventud! Las estadísticas hablan por sí solas: 352 de los contagiados en toda Cuba son menores de 20 años.

¿Inmadurez, falta de información o el pensamiento egoísta de que se librarán fácilmente de la enfermedad?

No se ha publicado nunca a cuánto asciende el costo del pesquisaje masivo, de la aplicación de pruebas diagnósticas PCR, de la atención urgente, del aislamiento de los enfermos y sus contactos, de la aplicación de innovadores medicamentos, del ingreso de los pacientes hasta su total recuperación.

Esa es la realidad. Una realidad cubana en la que por cercana y cotidiana, muy pocos se detienen a pensar, y moralmente, razón mayor para reciprocar con una conducta individual y social responsable. Mucho más en estos momentos cuando, además de personal y sobresfuerzos humanos —puestos a prueba durante largos y tensos meses—, se requieren recursos de los cuales no existen «todas las disponibilidades necesarias en la situación que atraviesa el país», como informara este 10 de agosto el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, durante la habitual reunión vespertina del grupo temporal de trabajo para la prevención y control del nuevo coronavirus.

De ahí su llamado de atención a todos los ciudadanos para evitar la realización de actividades festivas que impliquen aglomeración de personas, incluso familiares, para poder seguir avanzando en la contención de la enfermedad y, según vayan ocurriendo menos casos, continuar profundizando en cada una de las fases previstas en la etapa de recuperación.

«El éxito que logremos en el actual escenario dependerá de la efectividad con que se apliquen las medidas institucionales y la manera en que cada uno de nuestros compatriotas las asuma, con un comportamiento social disciplinado, cívico y decente», expresó el mandatario.

Hay que decirlo, con pesar: a cinco meses de enfrentamiento a la COVID-19, con un nuevo brote de la enfermedad, luego de haber logrado reducir casi al mínimo las estadísticas relacionadas con la pandemia, no estamos en buen momento… Aunque nos sirva de consuelo saber que el mundo ya sobrepasó los 20 600 000 casos confirmados y suman más de 700 000 los fallecidos, ubicándose las Américas en el epicentro de la pandemia, con Brasil, EE. UU., México, Perú, Colombia y Chile a la cabeza. Es decir, en nuestra área geográfica se acumula el 54 % del total de contagiados a escala planetaria. ¡Truenos que le quitan el sueño a cualquiera!

Entonces, en medio de ese panorama para 185 naciones, la Mayor de las Antillas reporta 3229 pacientes diagnosticados con el SARS-CoV-2, y 88 fallecidos, desde aquella noche del 11 de marzo de 2020, cuando se dieron a conocer los tres primeros casos confirmados en Cuba. La temible enfermedad, que parecía distante, llegó y se asentó en nuestro territorio. Y como bien dice el proverbio: «No es lo mismo verla venir, que platicar con ella». (También la muerte).

Por suerte, para enfrentar —¿desafiar?— el nuevo coronavirus ya el país tenía un plan y todo el sistema de Salud en alerta, gracias a lo cual ni siquiera bordeamos las cifras que en la actualidad angustian al planeta, donde —sistemas políticos y malas gobernanzas de por medio— la COVID-19 continuará haciendo estragos irreversibles en las capitales superpobladas y entre los segmentos sociales menos favorecidos, dígase pobres, afrodescendientes, inmigrantes, gentes sin recursos, ¡pobres de la tierra!

¿Qué nos espera?

Los modelos matemáticos advierten que es posible revertir el curso que ha tomado la epidemia, el Gobierno continuará haciendo —como decimos— lo imposible, exigiendo para que se cumpla una estrategia muy bien trazada y delimitada. El resto corresponde a cada cubano: ¡autocuidado!

De no acatar lo establecido, la dispersión del virus es inminente. Mas, para un país que apostó a la ciencia para que el menor número de sus hijos muriera, y puso en el empeño los contados recursos materiales de que disponía, no está permitido el fracaso frente al virus. El Estado cubano, sus profesionales de la Salud y el pueblo en general no lo van a permitir.

La COVID-19 no es un simple catarro, es un mal que deja las secuelas que puede provocar el virus, entre ellas, fibrosis pulmonar y complicaciones neurológicas. Varios países —incluyendo a Cuba— trabajan en la creación de una vacuna, pero de inmediato, no la hay. Y la rusa, noticia por estos días en los medios de prensa nacionales e internacionales, no debe comenzar a implementarse hasta inicios del año 2021.

Mientras tanto, tenemos que aprender a vivir —convivir—, luchar, cazar y ganarle la pelea a un patógeno altamente contaminante, a lo que podría sumarse un grupo de enfermedades como el dengue y el zika, y otras muy propias del verano: las diarreas y las intoxicaciones alimentarias.

No será coser y cantar en medio de una crisis económica, generada por la pandemia y también por el opresivo bloqueo de EE. UU. En ese contexto internacional, tendremos que mirar y actuar mucho más adentro, donde actitudes imprudentes —e improcedentes— de trabajadores y directivos en lugares que deciden hoy el desarrollo de la nación, entrañan un daño incalculable para la economía nacional, que puede verse menoscabada, además, por fenómenos naturales como ciclones y huracanes.

Los irresponsables, los que menos cooperan —dijo hace unos días el presidente Díaz-Canel—, tienen que saber que no es un juego lo que se pierde, aquí estamos tratando con las vidas humanas.

«Pensar que se pueden cometer indisciplinas y negligencias de todo tipo, porque en Cuba se ha logrado ganar la pelea a la muerte a partir de todo el esfuerzo que han hecho nuestros científicos, médicos e instituciones, es un pensamiento irresponsable y totalmente egoísta […]. Hemos logrado atenuar al mínimo las muertes a causa de la COVID-19 y el paso de pacientes a estados graves o críticos de la enfermedad, pero eso no le da derecho a nadie a actuar de manera irresponsable y pensar que el problema es de otro», expresó categóricamente el Jefe de Estado.

No hay más opción que seguir desafiando la realidad y «echar para delante». Se trata de una batalla que solo se gana a golpe de tenacidad, orden, ley, método, disciplina, trabajo y responsabilidad.

Todos coincidimos: hasta el momento no existe mejor vacuna.