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lunes, 01 de junio de 2020
5:52:07 am

Por Mercedes Rodríguez García

 A los niños de mi casa, de mi barrio, de mi país, que en medio del confinamiento social no han dejado de soñar, de imaginar, de preguntar, de inventar, de reír...   

Pensé que no resistiría.

Que no resistiría yo, ni los abuelos ni los tíos.

Que no resistiría los pelotazos en las paredes, ni la dispersión de juguetes, crayolas, libros y libretas por cuanta mesa, cama y rincón tiene la casa.

Que no resistiría el «mamá, tengo hambre», a toda hora; el tozudo «déjame salir un ratico a la calle que me aburro»; ni el ¡zas!, ¡crack!, ¡puf! ¡toc! de Minecraft, de madrugada y ¡sin audífonos!

Que no resistiría se acostaran tarde, vieran las secuelas de Disney Pixar, los «muñe», la telenovela, las películas del sábado, y hasta el NTV y la conferencia diaria del Dr. Durán García, sin respeto al reloj ni a las costumbres. De modo tan displicente y permisivo de mi parte. Sin la conflagración familiar acostumbrada contra el abuso de televisores, ordenadores, celulares y tabletas.

Pero ha tenido que ser por estos días en que cesó la escuela y las maestras son las de las teleclases; y el parque más cercano queda virtual, o muy distante. Y no hay cines abiertos, ni teatro, ni guiñol, ni biblioteca, ni estadio, ni paladares, ni helados, ni fiestas, ni visitas, ni juegos en casa de amiguitos. Y se agotan los cuentos escritos y los inventados. Y no funciona el transporte público para ir a los ríos, playas y piscinas, y el calor y la lluvia indisponen el cuerpo. Y todo como que sobra, y todo como que falta a los adultos, que no es otra cosa  que ser adulterados.   

Ellos, esos «locos bajitos» de Serrat, el cantante. Ellos, tan exquisitos, hondos, sutiles, perspicaces, creativos. Ellos, los niños de mi casa, de mi barrio, de mi país; los que en medio de este mundo desigual y despintado no han dejado de soñar, de imaginar, de preguntar, de inventar, de reír.          

Edad de encanto, de magia, de ilusión, con alas que soportan prodigiosas travesías a horizontes lejanos, más punto de arribo que de despegue, al que también pueden llegar trepando, cabalgando, corriendo, saltando. 

Ellos nos lo han enseñado.    

Por estos días lo hemos aprendido:

¡No hay infancia encerrada!