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lunes, 18 de mayo de 2020
11:09:34 pm

Por Mercedes Rodríguez García

Dos Ríos. Diecinueve de mayo de 1895. Un hombre de dignidad extrema sale a pelear. El alma de la nueva revolución que comenzaba, cabalga impetuosa. Tiempo rápido. Por el frente, por la derecha y por la izquierda, tres disparos mortales: en el cuello y en el pecho; otro, en el muslo.

La historia se ha contado muchas veces. ¿Cuántos le dispararon? ¿Desde dónde? ¿Cayó con vida? ¿Fue rematado? ¿Suicidio? Abundan las versiones.  

Muerte de un genio, pero no buscada; tal vez, apetecida.

¿Quedarse atrás quien mucho clamó no haber peleado antes?
¿Quedarse en el campamento mientras la tropa se batía?
¿Atrás el delegado que había convocado a la guerra?
¿Atrás el mayor general recién nombrado?
¿Atrás quien por Cuba se dejaría clavar en la cruz?

No hay por qué llenar de pormenores la caída, ni destacar que vestía saco negro, pantalón claro, sombrero de castor y borceguíes. Si acaso, que en su cuerpo menudo en dimensiones iba la obra grande de su vida: la Revolución, en aras de la «República fraternal del porvenir».

En la mano solo llevaba su revólver con empuñadura de nácar, regalo de Panchito. Ni una sola bala disparada. Pero él, como bandera desmandada al toque de a degüello, salió al galope en pos del enemigo.

¿Entonces? ¡Ah!, su muerte fue divina, celeste, encandilada. De cualquier modo, muerte indócil, muerte osada. Muerte rebosante y fértil.

Muerte gloriosa, de extraña concepción en este siglo de transcurrir aciago, tan lleno de temores, asechanzas y peligros imperiales.

En fin, 125 años después, muerte martiana.

Bienaventurado él, que al combate corrió por Cuba libre, que cuanto hizo y hará fue para eso.